23 de junio de 2007
Eta declara que se continuó negociando después del asesinato de Estacio y Palate y la respuesta de la prensa socialdemócrata es que ya no está en el uso de la palabra.
Sobre el célebre ‘móvil del periódico’
Querido J:
Lo sabrás. El Gobierno ha mandado llamar a la prensa para que reduzca sus informaciones sobre la violencia doméstica. El Gobierno al mandar señala: la prensa es culpable de que se hayan torcido los planes mágico/gubernamentales y la violencia doméstica no haya desaparecido. El pettit Zapatero estaba seguro de acabar con ése y otros graves conflictos de la convivencia. No ha sido así. Aunque su única culpa es haberlo creído. Este asunto de la violencia doméstica es un buen ejemplo de la doble moral que exhibe a veces la política, y conviene examinarlo desde el arranque. A eso voy a dedicarme si es que no estropeo demasiado tus lunas de junio.
Una crítica muy lúcida del feminismo a la lengua dominante fue la de poner bajo sospecha la locución crímenes pasionales y descubrir hasta qué punto llevaba en sí misma un atenuante. Entre esos crímenes los había novelizables; nunca hermosos, porque este adjetivo exigiría una consulta a las víctimas; pero sí dotados de los rasgos de desespero enamorado que nutren infinidad de páginas de la literatura universal. Al margen de su carácter atenuante crimen pasional revelaba una cierta igualdad e incluso una cierta complicidad entre víctima y verdugo. El concepto de la igualdad es fundamental, porque ennoblece la sórdida realidad de la gran mayoría de esos crímenes, caracterizados por la dominación terrorífica del agresor. La mujer, último e infimo eslabón del día, acaba pagando las horas arruinadas en el alcohol, el juego, las drogas o la pereza de los varones. El móvil criminal no es el amor (aun enloquecido) sino el fracaso. Y muchas veces la eliminación física de la mujer o de los hijos no es más que la liquidación de molestos testigos.
Bastó eliminar la palabra y con ella las adherencias de la ficción sentimental para que el crimen apareciera mondo, en su mediocridad insufrible. Una nueva locución tomó el relevo: Violencia doméstica. Es un afortunado choque de trenes léxico; porque incrustrar la violencia en el domus (en la casa, en el dulce refugio) es una de las hipótesis más crueles de la vida. Además, en su apariencia técnica, casi burocrática, no admite ninguna perturbación sentimental. La locución se instaló en España a principios de los años ochenta. Curiosamente tuvo que competir con otra acepción: violencia doméstica era el nombre que se daba al terrorismo (como el irlandés o el vasco), que actuaba en su entorno próximo. Dado que ya tenían nombre emergieron muchas historias, escasamente pasionales y vaciadas de cualquier tipo de glamour. La presión feminista y la llegada de las mujeres a las redacciones de los periódicos propiciaron que se destapase la corrupción del hogar. Quizá el péndulo acabó por escorarse demasiado: desaparecieron las excepciones pasionales, se eliminó cualquier mención a los atenuantes (el alcohol, omnipresente) y se propuso, ya en el delirio, calificar estos crímenes de terrorismo, obviando que los asesinos actuaban siempre contra una persona y no contra un género de personas. Se trataba de los excesos consecuentes a la euforia del descubrimiento. El descubrimiento de que las mujeres eran sacrificadas por el mismo mecanismo del que, llevado por el poder y la ira, asesta una formidable patada a la puerta.
Los últimos años del gobierno Aznar se vieron sacudidos por una enfatización de esos crímenes. El áspero carácter de aquel presidente (agravado por su desdichada prosodia) fue el centro de una construcción política y mediática muy interesante. La invasión de Irak, el naufragio del Prestige, los accidentes de tráfico o la violencia contra las mujeres fueron subliminalmente atribuidos a aquel carácter. (Que no en vano se vio sustituido por el talante, sin que cupiera especificar de qué clase de talante se trataba, caso raro donde la variación sustantiva ha incorporado sin más formulismos la adjetiva). La matanza de Madrid refrendó trágicamente la construcción del personaje. Y la imprescriptible evidencia de que en las calles se le gritó antes asesino al presidente del Gobierno que a los terroristas no fue sólo consecuencia de la torpe reacción gubernamental ante el atentado. Fue la conclusión cantada de un largo proceso previo de demonización, donde la soberbia y el desdén del presidente fueron el imprescindible grano de arena veraz que requiere la mentira. Y que, sorprendentemente, interiorizó el mismo Partido Popular. Hay una historia enterrada de aquellos años, finales del 2002, ya con el Prestige petroleando, pero aún sin la invasión de Irak: el PP decidió suspender la mayor parte de las cenas de Navidad. Un extraño luto se había apoderado de la vida pública española. Recordarás que en la composición del paisaje la violencia doméstica tuvo un papel fundamental. Al fin y al cabo Aznar respondía al tipo macho del gobernante. Caracterizado, como repetía a menudo Zapatero, por militar en la triple A de “antiguo, autoritario y antisocial.”
Los socialistas utilizaron políticamente los crímenes contra las mujeres. Y acusaron al Gobierno de pasividad, cuando no de oscura complicidad psicológica. Anunciaron que harían una ley y que sería la primera, y que los crímenes, como tantas cosas, se iban a acabar. No te escribo para volver sobre un asunto tan hecho como el de la diferente actitud que los políticos toman ante los problemas, según estén en el gobierno o en la oposición. Aunque sea importante y una de las causas de la pérdida de calidad de las democracias. Lo que me interesa es vincular aquella actitud ante el Aznar terminal con esta propuesta del ministro Caldera de reducir informativamente los crímenes. Porque, en efecto: ¿qué es lo que permite a los políticos ir diseñando la crítica del presente, sus soluciones de gestión y su agenda de prioridades, y el impacto estadístico de los diferentes problemas ? Obviamente, el debate periodístico. Ésa es una de las razones por las que la realidad (la realidad de setenta mujeres muertas al año) no puede desaparecer de los periódicos. Cuando un político pide la desaparición del debate no sólo incurre en la falacia totalitaria de que basta con silenciar los problemas para que los problemas desaparezcan; como te he avanzado, lo que busca es eludir y limitar sus responsabilidades.

El ministro atribuye un efecto llamada a las noticias sobre crímenes. Fíjate, por cierto, cómo la metáfora revela la importancia que la inmigración juega en este asunto, importancia tan real como oficialmente negada en nombre de la corrección política. La atribución del ministro es una grosería intelectual, que se presenta sin prueba alguna. Todos los estudios que conozco sobre la relación entre la violencia y la exhibición de noticias violentas no pasan de establecer un tembloroso vínculo cronológico. Es decir: los casos aparecen agrupados en el tiempo, a modo de pequeños montones. Lo que induce a pensar que quizá el eco los agrupa. Te ahorro la descripción del salto conceptual que implica sostener que el eco los provoca. Y te ahorro también la especulación de cuántos crímenes ha evitado el conocimiento de muchos crimenes, incluso en lo relativo a los detalles del procedimiento, cuya divulgación ahora también se cuestiona. Basta con recordar las barbas del vecino, el refranero y su ajo. O a la más fina evidencia de que el saber protege.La imitación es un asunto en verdad fascinante. Muchas cosas se aprenden por imitación. (Aunque no todas: a nadie imita el niño cuando dice rompido). A matar también se aprende, desde luego, aunque como en todo aprendizaje se exige una voluntad previa. Entre las confesiones de los asesinos están algunas muy pintorescas. Pero nunca oí la del que mató porque otro lo había hecho en el periódico.
Sigue con salud
A.
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Correspondencias/Eugenia Codina
Querido Arcadi,
Por fin puedo decirte: no estoy de acuerdo contigo. No estoy de acuerdo con tu reticencia acerca de las versiones originales con subtítulos para aprender otro idioma. En Holanda se emiten todas las
series, películas y talk-shows en el lenguaje original. Los niños holandeses se familiarizan desde muy jóvenes con el inglés, si bien las series infantiles se doblan hasta que los niños están en edad de
leer. Cualquier holandés, con estudios o no, es capaz de preguntar en inglés dónde esta la playa y cuándo es happy hour. El que los holandeses sean capaces de manejarse en inglés se debe más a la
oferta televisiva y cinematográfica que al sistema educativo. Yo misma he aprendido mucho inglés al paso de los años debido a la continua y abundante oferta en este idioma. Por lo tanto, me parece
que emitir en versión original puede aumentar significativamente el nivel de inglés en Cataluña. Huelga decir, que la televisión es solo uno de los factores para introducir un idioma.
Dicho esto, entro a matizar:
- no se aprenden idiomas a través de la televisión: se aprende inglés. En Holanda se reciben las televisiones alemana, belga e inglesa. Mi alemán y mi francés ha avanzado microscópicamente en comparación con el inglés. La programación americana e inglesa domina con mucho en popularidad. La cultura popular, la cultura juvenil, es en inglés.
- los subtítulos se alejan mucho más del texto original que el doblaje. El ojo humano solo puede leer ocho palabras en los segundos que dura un plano. Los subtítulos solo resumen la lengua hablada. Se
pierde mucho en la traducción y se cometen errores de bulto, algo que no se da tanto en los doblajes.
- los holandeses hablan inglés gracias a la televisión pero hay pocos holandeses que lo hablen realmente bien. Si no hay un sistema educativo y una voluntad de aprender bien el idioma, el conocimiento
de la lengua se limita a unas cuantas palabrotas y frases hechas sacadas de las comedias y las series americanas. Es embarazoso oír a los holandeses soltar reniego en inglés durante una presentación o un
discurso en una boda porque no son capaces de hablar el inglés formal. Cómico, pero embarazoso.
- la cultura popular americana entra definitiva e irrevocablemente en la cultura del país con subtítulos. En Holanda se emiten talk-shows americanos. Aquí conocemos los mismos presentadores e invitados que ven los Estados Unidos. Se venden los mismos libros, se habla de la misma forma y se hacen los mismos gestos. En la televisión catalana y española aún hay sorpresas con formatos nuevos, en Holanda ya no, porque ya sabemos que todo lo nuevo que se hace en Europa es una copia de una copia de una copia de un show americano.
Emitir en versión original puede aportar mucho al aprendizaje del inglés pero estoy de acuerdo contigo en que, con una medida aislada, no se soluciona el tradicional y legendario atraso de los españoles
para aprender otros idiomas.
Un abrazo fuerte




