1 de junio de 2007

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El regalo de Fernando Peregrín

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Exhibición

Las pruebas fílmicas que va ofreciéndonos el responsable de Interior en Cataluña, Joan Saura, sobre el comportamiento de sus subordinados son realmente interesantes. En estas últimas, que muestran la humillación y los golpes que sufre una detenida, se puede apreciar hasta qué punto es cierta la sentencia violeta que pronosticaba un mundo distinto cuando gobernaran las mujeres. Sólo por esta admirable pedagogía empírica ya aplaudo yo a Saura. Las chicas van a hostia limpia, y es bueno saber que no sólo en Guantánamo. En Barcelona, después de la fiesta del propio cumpleaños, alguien llega borracho y gritón a casa, discute con los vecinos, viene la policía, y acaba en un cuartucho, amoratado y vejado. O bien -como declaró el primer agredido-, se atreve a decir que la lengua le importa un carajo y que no es nacionalista y el palizón policial arrecia. El cuartucho no es Guantánamo, ok sir, pero tampoco una borrachera es el 11 de septiembre. Toute proportion gardée.También aplaudo la iniciativa en sí misma, desde luego. El vicepresidente tiene sospechas de que en su jurisdicción se infringe la ley y la moral. Y le pone el remedio de la televisión, que es mano de santo para las dos infracciones. El proceso merece observarse con atención. Unos policías informan a su jefe de los excesos que se producen en una comisaría. Y el jefe decide tender una trampa televisiva a los maltratadores. Una buena idea si el cebo no fueran tres personas (falta poco para que aparezcan las filminas de la tercera)… ¡sucesivas!. Anticiparse a las bofetadas y resolverlo sin focos habría sido más eficaz y más barato en términos de dolor humano; también cabe suponer que advertir a los policías de la instalación de cámaras ya habría sido disuasorio. Pero qué duda cabe que todo ello habría sido mucho menos transparente. La transparencia, primer objetivo político de Saura, no puede darse sin exhibición y aun sin exhibicionismo.

Éste de la policía catalana es el más asombroso caso conocido de cómo la transparencia encubre. Porque todo este ejercicio de publicidad (que me gustaría saber si ha contado, por cierto, con el asentimiento de los vejados) desvela su doble fondo al comprobar que la evidencia de un episodio de tortura (sí, amigos: «Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo») en una comisaría catalana sólo tiene como única consecuencia el apartamiento del servicio de la principal torturadora. Y ninguna consecuencia política. No sólo del consejero. Tampoco del jefe directo de la policía, diseñador de la irresponsable trampa. Jamás la hipocresía antisistema llegó tan lejos y con un éxito tan repulsivo.

(Coda: «Nunca creyó probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta inmediatamente debajo de las narices de todo el mundo, a fin de impedir que una parte de ese mundo pudiera verla». Edgar Allan Poe, La carta robada.)

(Recodo)

–Espasa…
–Venga, un abrazo
–Que no sea el del oso.

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