29 de mayo de 2007

Este Puras, de Navarra. Herrera le cogió querencia y antes de las elecciones lo traía cada semana a la radio para obligarle a jurar un nuevo compromiso de Santa Gadea. Consistía la jura en proclamar que Navarra es España. Puras juraba y Herrera se quedaba tranquilo, y picaba otra gamba. Hoy ha vuelto. Después de las elecciones. Ablandado. Se ve presidente. Escucha todas las ofertas. Muy puesto y muy compuesto. Sólo tiene un rapto cuando alguien le pregunta si entregará Navarra al voraz vasco en esta legislatura, y salta rápido y contundente que en esta legislatura no.

El caso particular de Puras no tiene mayor importancia. Será el próximo presidente navarro, y la servirá hasta la muerte.. Pero he vivido su fascinante antes y después político. Cuando no era nada y galleaba, y cuando lo es todo y humilla. Porque ése es el auténtico y paradójico derrotero de los políticos, y de ahí que estén tan mal vistos.

Puras, dice.



Estas maravillas lógicas de los editoriales de El País me hacen dudar a veces de que yo sea el que ha cambiado: “El fracaso del candidato socialista a la alcaldía de la capital plantea un problema clásico de la política: cómo superar la contradicción de que quien puede ser un buen alcalde sea un mal candidato”. ¿Cómo lo sabe? Un problema clásico de la lógica, el poder ser. Malo y bueno. La frase diría lo mismo así: …”la contradicción de que quien puede ser un mal alcalde…” Lo que se sabe seguro resta incólume: el señor Sebastián ha sido un mal candidato.

Otra maravilla: “Es sabido que la abstención suele ser comparativamente mayor en la comunidades más urbanas y de mayor renta”. Y cita el editorialista los casos de Cataluña y el País Vasco. No se por qué se encoge: también están los de Madrid y Valencia. Y el de París. Ganas de mostrar flancos.

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