26 de mayo de 2007

La izquierda cuántica y los universos para lelos

 

Querido J:

Los dos formamos parte de la generación de la transición. El asunto plantea desde el inicio un cierto problema lógico, porque la pertenencia a una generación parece exigir un coto cerrado y firme; al menos como un equipo de fútbol. Pertenecer a una transición es casi una broma intelectual. Y tiene la precariedad del que se instala a vivir en un pasillo. Pero así fue. Se van a cumplir treinta años de las primeras elecciones democráticas; pero el aniversario es lo de menos. Lo importante es que algunos (no me extrañaría que, incluso, yo mismo llevado por el peor riesgo del escritor de periódicos, que es el de la inercia) dan por roto el pacto de la transición, que hoy parece definirse como la renuncia de la izquierda a pedir responsabilidades políticas a los franquistas a cambio de la organización de una democracia convencional. Creo que es por este motivo que Teresa Giménez, la presidenta de la Asociación Ciutadans de Catalunya, ha organizado esta semana en Barcelona dos mesas redondas sobre este asunto. ¿Un pacto roto? Y, a propósito, y si me lo permites: ¿ése era el pacto?

Empecemos por lo último, nosotros que somos pura paradoja. La posibilidad, muy fundada, de que ese pacto no existiera en los términos citados. Escribí a Victoria Prego preguntándole, porque en este asunto representa la clara autoridad de los hechos. Me contestó con una carta magnífica y contundente, y éste es uno de sus párrafos. “No hubo ninguna conversación ni pacto sobre ese aspecto, que yo sepa, por la sencilla razón de que en aquella época era la izquierda la que estaba deseando ser reconocida por el poder, que era el de Suárez y que era mucho en la medida en que, frente a cualquier hipotética veleidad de la oposición de izquierdas, no había más que agitar el espantapájaros de los generales y los ultras, a los que se suponía infinitamente más poder que el que tenían, y asunto terminado. Los líderes de la oposición nunca renunciaron a pedir explicaciones porque ni se les ocurría en ese momento la idea de poder pedirlas ni estaban en disposición de actuar en esos términos”. Creo que Victoria Prego tiene razón. Sólo habría que añadir la evidencia de que el único pacto que debían formalizar los herederos del franquismo, con el Rey a la cabeza, era el de la realidad. La anomalía europea de una España no democrática era inexorable y fatal, y bastaba para empujar el tanque cuesta abajo. Y de esa realidad, obviamente, también formaba parte la izquierda, fuese cual fuese su fuerza.

El pacto de la transición tiene el aspecto de ser una formulación muy posterior a los hechos y destinada a confundirlos. Se alude a la existencia del pacto para explicar el olvido, al amnesia, la desmemoria y otras tantas estupideces fenomenales de nuestro tiempo. Entre la muerte de Franco y la llegada de los socialistas al poder (a mi modo de ver: la transición en sentido estricto) se publicaron una verdadera multitud de libros y de artículos de periódicos sobre el franquismo. Recordarás la revista Interviu descubriendo fosas cada semana, sacando los topos a la luz (aquellos espeluznantes personajes que seguían escondidos porque ignoraban que la guerra civil había acabado) o biografiando sistemáticamente a los caciques. Por no aludir a Marisol. ¿Cómo puede hablar de encubrimiento un país que desnudó a la niña mimada del Régimen? ¿Es que después de aquella curva prodigiosa había algo más para descubrir? De ninguna manera. La única gran novedad de estos últimos años sobre el franquismo y la guerra civil es, sorprendentemente, los crímenes de la izquierda. No porque no hubiesen sido conocidos y descritos, sino porque su exposición yacía sepultada por la convivencia ontológica entre el franquismo y la mentira. Evidentemente era necesario rescatar en democracia los crímenes de la izquierda. Para poderlos condenar con autoridad plena.



No. La cansina y vacua alusión al olvido es sólo un eufemismo. Cualquiera sabe lo que hizo Manuel Fraga antes de ser presidente de Galicia. Nadie ha olvidado quién fue el Rey. Lo que falta es el castigo. El único problema, de tipo práctico, es que apenas queda a quién castigar. Nicolás Sartorius y Alberto Sabio acaban de publicar un libro sobre la transición. Lo titulan El final de la dictadura. Escriben en el prólogo: “Hay quien se ha empeñado en reprochar a Rodríguez Zapatero que el presidente del Gobierno no respetaba la Transición ni la hacía suya simplemente porque por edad no había sido protagonista de la misma. Este reproche no puede ser más inapropiado, pues si quienes eran adultos en aquel momento pueden sentirse legítimamente satisfechos de lo que hicieron, no pueden pretender que las generaciones posteriores tengan que tomar su conducta de aquella época como el norte por el que tienen que dirigirse”. Desde luego que el juicio de los hijos (o de los nietos) no se debe ver condicionado por el de los padres. Por esta razón, y a pesar de los continuos llamamientos, yo no obedezco a Jaume I. Pero la interpretación de Sartorius no se apea en esa estación lógica, sino que autoriza a los hijos a romper el llamado pacto de la transición, es decir, la alegre re-creación semántica de los hijos. Como de costumbre la izquierda cuántica trata de ganar todas las batallas después de acabadas. Así con la guerra civil. Y así, ahora, con la transición. Los hijos no pueden romper el (supuesto) pacto de los padres como los rojos no pueden ganar la guerra civil, a menos de que la izquierda pruebe su cada vez más evidente creencia en los universos paralelos. Manuel Fraga fue presidente de la región de Galicia. Muchos y democráticos años. Ya está. Fue. Y no será jamás de otro modo. Pero si la izquierda cuántica quiere empeñarse en batallas reales tiene todavía una oportunidad: derrocar al Rey que nombró Franco y que ahora acaba de legitimar Antena 3. La monarquía es un hecho en curso. O sea que, Zapatero y el resto de chavales, tienen la gloria al volver. Sólo les falta decidirse.

Quiero acabar in belleza, es decir con la verdad. De lo que fuera el pacto de la transición hay abundante información en un libro impagable. Así se hizo la transición, de Victoria Prego. Escaneo, querido: “Si los que entonces éramos oposición no perdiéramos la memoria histórica de aquellos momentos, nos daríamos cuenta de algo que tiene mucha trascendencia. Entonces no sólo no se planteaba la posibilidad de pedir responsabilidades a los franquistas por los desmanes de la dictadura, sino que se luchaba por garantizar la libertad de los que habían estado sometidos a las restricciones de la dictadura. Algunos locos había como esos que están enterrados en un pozo y dicen: ‘Cuando salga del pozo se va a enterar usted. Bueno, pues entonces no sale usted del pozo porque no le echo la cuerda’. Es decir, aquí había una relación de fuerzas que era absolutamente negativa para la oposición. Yo creo que en esto hay que ser absolutamente realista. Ya sé que algunos que llevaban treinta años fuera pedían responsabilidades desde Adán y Eva, pero eso no lo planteábamos en esos términos los que vivíamos aquí.”

Te llamo la atención sobre tres cosas. La entrevista es del año 1990: fíjate como reluce, y que se fijen los adanes, la expresión “memoria histórica”. Y fíjate sobre todo en el que habla: Felipe González Márquez

Sigue con salud

A.

(Recodo)

–Espasa…
–Buenos y frescos.
–He catado ampliamente lo de Sartorius. Me llama la atención el título.
–Sospecho por qué: la palabra “transición”. No les gusta. Contamina.
–Sí, pero no sólo. El título es un sálvese. Muchas de sus tesis, como la desmemoria…
–Que dicen…
–…y practican.. Digo que sólo se aguantan por qué extienden, algo artificalmente, los años del estudio. Claro: quién no diría que había desmemoria en el 70, el 71 y el 72. La transición fue otra cosa.
–Claro.
–Siguen transitando hasta la victoria final sobre el pasado.


Mi querido Fernando Santiago y el terrorismo.

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