29 de abril de 2007
Se confirma todo y todo. El 20 de agosto del 2006 el director del diario El Mundo comenzaba así su letra dominical:
“Cuando un amigo mío le dijo hace un par de meses a Zapatero «¡cómo se nota que eres el primer presidente del Gobierno que no vivió el franquismo y que no asume los valores de la Transición sobre el respeto al pasado!», el presidente se lo tomó como un piropo.Le contestó que, en efecto, él no podía sentir respeto por una «dictadura atroz» que sumió a España en una «noche oscura» y privó de sus derechos básicos a todos los ciudadanos durante varias generaciones. Mi amigo trató entonces de poner los hechos en su contexto histórico y, palabra arriba, palabra abajo, se produjo el siguiente diálogo platónico:
-Algo de positivo tuvo que tener aquel régimen para que durante tantos años lo apoyaran o al menos lo consintieran los españoles…
-Durante el franquismo no había españoles.
-¡Qué me dices, presidente!
-Que durante el franquismo no había españoles.
-Y si no éramos españoles, ¿qué éramos entonces los que ya vivíamos aquí?
-Apátridas.
-¿Estás diciendo que en España había treinta y pico millones de apátridas?
-Exactamente eso. Sí.”
Los apátridas de Zapatero dieron juego polémico durante algunos días. Recuerdo que Rosa Díez escribió con santa indignación sobre el caso. Ahora ya sabemos que, una vez más, sólo se trataba de puro (y mero) pensamiento poético. La literatura es la única responsable de este hombre temible. El diario El Mundo publica hoy un artículo suyo. Con una vanidosa y ridícula desvergüenza este hombre lo empieza así:
“He dicho, Poeta, que ‘Ferrocarril de Matalana’ es el mejor poema que he leído”.
He dicho, dice.
“Ferrocarril de Matallana”, en su primera versión de 1960 acaba así:
España es también una tierra,
pero una tierra sólo no es un país;
un país es la tierra y sus hombres.
Y un país sólo no es una patria;
una patria es, amigos, un país con justicia
•
Ferrocarril de Matallana es un poema sin mayor interés, regurgitado, sobre la negra noche y el tiempo gris, y por si fuera poco cromo, la luz amarillenta. Se comprende que su autor haya querido escribir un nueva versión, despojándolo de las anotaciones crónicas, oscureciéndolo y eliminado, entre otros varios versos, esos sonrojantes, en los que el presidente apoya su ética, y lo que es peor, su estética. También hay algún añadido virtuoso, como el caso:
“y el río azul y silencioso
como un brazo de acero entre la nieve”
donde la hercúlea potencia de la imagen se ve, por desgracia, afectada de nuevo por el cromatismo, ese par que, en vez de sumar resta, del acero y el azul.
O alguno decididamente inesperado como:
“Éste es un tren de campesinos viejos
y de mineros jóvenes. Aquí
hay algo desconocido.
Si supiésemos qué, algunos de nosotros
sentiríamos vergüenza, y otros esperanza.”
donde la pregunta poética es cómo no se sabe qué es cuando se sabe que vergüenza y esperanza (bien repartida) procura lo que se sabe, que mira que es desconocido, jodiente y percutiente.
Bah.


