27 de abril de 2007
Comenta Dawkins, en El espejismo de Dios algunos de los dilemas morales que plantea Marc Hauser en Moral Minds. “Denise, situada junto a las agujas de cambio de vía, en una posición que le permite desviar el carrito hacia un lateral, y así salvar las vidas de cinco personas atrapadas un poco más adelante en la vía del tren. Desgraciadamente hay un hombre atrapado en ese lateral. Pero teniendo en cuenta que él es solo uno, superado en número por las cinco personas atrapadas en la vía principal, la mayoría de las personas están de acuerdo en que para Denise es moralmente permisible, si no obligatorio, mover el mando y salvar a los cinco, matando a uno.” Luego Dawkins (Hauser) contrapone ese caso a la posibilidad del hombre gordo. “Ned está en la vía del tren. Al contrario que Denise, que puede desviar el carrito hacia un lateral, el mando de Ned lo desvía hacia un camino lateral que se reencuentra de nuevo con la vía principal justo antes de las cinco personas. Mover el mando no ayuda: el carrito se estrellará contra los cinco de cualquier forma cuando el desvío se reencuentre con la vía principal. Sin embargo, hay un hombre extremadamente gordo en el desvío lateral que es lo suficientemente fuerte como para hacer que el carrito se pare. Aunque al precio de su muerte”. Dawkins y Hauser sostienen que en este caso la mayoría de las personas no accionarían la palanca del cambio de vías. La explicación de Dawkins, que utiliza a Kant (“el principio de que un ser racional nunca debería utilizarse como un medio no consentido para alcanzar un fin, incluso si el fin es en beneficio de otros”) no se desenvuelve, a mi juicio, con su claridad habitual. En la decisión de las personas sometidas a esos dilemas hay que añadir un imperativo lógico. Denise se ve envuelta en dos acciones (el desvío y la muerte) de la que sólo la primera es inexorable. Ned sólo dispone de una acción: la muerte del gordo. Es previsible que, a la hora de elegir, la conciencia humana se agarre a la posibilidad infima de que el hombre de Denis pudiera salvar la vida, porque no es su muerte (sino el desvío del tren) la condición imprescindible de la supervivencia de los otros. Por lo tanto el principio moral está fuertemente adherido al cálculo.
Dawkins elige bien la expresión daño colateral a la hora de juzgar el caso de Denise. Y esto es lo importante para mí, ahora. Porque en esa expresión (y en los dilemas morales interrelacionados) está la clave para aislar el terrorismo de otra acción violenta. En el terrorismo el daño colateral no existe. O sea, y en paradójica puridad, todo es daño colateral. El terrorista exige siempre la muerte del hombre gordo para que el tren sobreviva. De ahí la insoportable repugnancia moral que causa con independencia de cuál sea el tren y adónde se dirija. Es decir al margen de cuál sea la causa, que siempre será profundamente injusta.
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Lo último contra Dios, de Hitchens, en traducción exprés de Juan Carlos Castillón.
Las declaraciones de Pasqual Maragall sobre la inutilidad de la reforma estatutaria son de una gran importancia. Un desconcierto de luchador noqueado transmitió la reacción socialista. El portavoz Ferrán, que tuvo que salir, dijo del expresidente: “No es una persona hecha para las declaraciones políticas de tipo mediático”. Impresionante. Y don José Montilla anunció que no tiene interés en hacer de “historiador”. Pero son declaraciones importantes. Llevan, por ejemplo, toda la desmoralizadora negligencia de la política. Y no pueden quedar impunes, porque no forman parte de la autocrítica memorialística del político que reflexiona sobre un suceso en el que participó hace medio siglo. Por mucho que su sucesor hable bobamente de “historia”, el Estatuto no es historia sino puro y candente presente. Esas palabras no comprometen sólo al que las pronuncia, sino que incluyen a su partido y a todos los que dieron apoyo a la iniciativa más absurda y dislocada del nacionalismo catalán desde la transición política. Son una legitimación de todos los que se opusieron o se mostraron indiferentes (hasta la crueldad estadística) ante la reforma estatutaria. Es decir, (y aunque no se diga) la mayoría de los ciudadanos de Cataluña.
La prueba más evidente de que las asombrosas declaraciones no son un ejercicio de estilo está en el Tribunal Constitucional y en el próximo juicio que debe emitir sobre el Estatuto. El TC va a pronunciarse sobre una cuestión única: en qué medida el Estatuto es constitucional. Y justamente es ahí donde las palabras de Maragall adquieren su importancia política. Su núcleo argumentativo es que el texto no debió redactarse sin la reforma previa de la Constitución. Y su tácita admisión de la inconstitucionalidad del Estatuto viene detallada: “Lo que se debería hacer es añadir en este artículo 2 [de la Constitución ] el nombre de las 17 autonomías y especificar que 3 de ellas son nacionalidades históricas: Cataluña, Euskadi y Galicia”. Maragall identifica así uno de los deslices más absurdos del texto. Esta frase del preámbulo: “La Constitución española, en su artículo segundo, reconoce la realidad nacional de Cataluña como nacionalidad”. Ya se verá que las única palabras verdaderas de la frase (esencia fundacional de todo el texto) son los monosílabos.
Es probable que el TC reciba duras críticas si dictamina la inconstitucionalidad del Estatuto. Pero la gran novedad es que, en esa hipótesis, su decisión habrá tenido el apoyo del principal promotor de la reforma. Un inesperado blindaje moral.
Coda: “Ahora es el momento de darnos cuenta del valor de lo que está pasando, es el momento de comparar lo que hemos tenido con lo que tenemos y lo que tendremos, éste es el ejercicio que hemos de hacer como ciudadanos y como pueblo antes del referéndum: constatar que el nuevo Estatut es un paso de gigante en relación con el Estatut de 1979″. (Pasqual Maragall, Sant Jordi 2006)


