26 de abril de 2007

 Ha muerto don Eduardo Tarragona

Venció. El 12 de octubre de 1967 fue el procurador más votado. Obtuvo 526.367 votos, 91.000 más que su gran rival, Eduardo Tarragona. El simulacro electoral había sido, en Barcelona, más interesante que en cualquier otro lugar de España. Tenía su mérito. Pero al día siguiente todo el mundo hablaba de Tarragona. Hasta los clandestinos, a la hora de ironizar, se centraban en los bigotes poujadistes del comerciante de muebles y neveras y en su eslogan de sainete, Al pa, pa, i al vi, vi. El informe del gobernador civil, don Garicano, resaltaba ante sus superiores la sorpresa dada por el paisano de Balaguer y las líneas que le dedicaba, a él, vencedor al cabo, no hacían más que resaltar el apoyo que obtuvo en las estructuras federativas del deporte.

Lo vio venir, en cierta forma. A mitad de campaña, había invitado a comer a Eduardo Tarragona en El Canari de la Garriga, frente al Ritz. Le propuso el pacto. Que sus dos nombres figuraran juntos en una sola papeleta. A Tarragona se le escapaba la satisfacción bigotes abajo, desbordante. Después de haberse pasado algunos años escribiendo en El Noticiero Universal del periodista Hernández Pardos, creando ambiente con sus artículos de carácter básicamente económico; de haber pronunciado algunas conferencias en ágoras de todo pelaje, decidió aprovechar la oportunidad y organizó la mejor campaña electoral de cuantas concurrieron en España. Pedía que un ministro del Gobierno residiera permanentemente en Cataluña y que tuviera mozos de escuadra a sus órdenes, que la discriminación de Cataluña respecto a la producción y distribución de la renta española cesara, que las cuentas y balances de las instituciones se hicieran públicas. Y pedía todo eso, y un buen número de imposibles más, con un uso estricto del bilingüismo y recorriendo, primero en un seiscientos y luego en un Morris verde —había vendido su viejo Pontiac, como parte del juego— la geografia de votantes. Nadie supo jamás si era un agente de la Compañía —cualquier compañía— destinado en una aldea remota de la Hispania. Lo cierto es que había leído y anotado un libro de técnica electoral americana J. F. Kennedy, una labor de equipo, de Santiago Galindo Herreros y que en su equipo había gente bien curiosa, desde un peligroso refugiado croata de categoría internacional hasta un joven y ambicioso periodista llamado Milián Mestre, que perdió los dientes de leche visitando barracas. Y que en El Canari, eso era del todo indiscutible, su principal adversario le estaba ofreciendo un pacto que denotaba miedo y que anticipaba su victoria moral.

Tarragona le dijo que no. Que no quería saber nada con Falange y que lo que le proponía solamente iba a confundir a los electores. Sin duda, había hecho bien en rechazarle. A la vista estaba, en los periódicos, en las emisoras de radio. Emergía un político y no era Samaranch. Como pasaría en otros momentos de turbación, en que su carrera política parecía no ser el mejor camino para acceder al poder, se diría con convicción, repitiéndoselo: «Bah, a mí lo que de verdad me interesa es el deporte.» Y así lo haría correr entre las gentes.

El deporte del poder, Jaume Boix-Arcadi Espada. Espasa 1999

En El Noticiero Universal, diario de la tarde, yo había vivido sucesos extraodinarios. Por ejemplo: yo había sacado en mis brazos del despacho del director a un viejo procurador en Cortes dormido. Así era yo. Así era mi tiempo. Me interesó conocer a aquel hombre. Se llamaba Eduardo Tarragona y había tenido una cierta importancia y popularidad durante el franquismo. Me interesó conocer a aquel hombre, porque era un vestigio, una perla rara: el nuevo régimen había disuelto todos los franquistas catalanes. En realidad, había hecho como si esos hombres no existieran y, lo que tiene mayor mérito, como si no hubieran existido nunca. He pensado a menudo en un doble y curioso fenómeno. Por un lado, los franquistas querían desaparecer del mapa para que nadie les pidiera cuentas y para reaparecer acaso, blindados por el olvido, años más tarde. Por otro lado, el catalanismo emergente necesitaba presentar la imagen de un país homogéneo. Un país empeñado en demostrarse a sí mismo que había sido bello, bueno y sagrado. Sin fisuras, sin franquistas. Un manto de silencio cubrió la nación: así se cubren las escenas o los capítulos mal resueltos.

La historiografía contribuyó: durante muchos años los historiadores, que eran casi todos de izquierdas, creyeron que su tarea consistía en preservar la memoria de los honrados luchadores de la clandestinidad, y aun antes, de los supervivientes del dorado mundo de la República. Dedicaron todos sus esfuerzos a ello. Hasta el punto de que algunos episodios o algunas vidas sólo adquirieron su sentido en el papel pautado de la historiografía resistencial. Por el contrario, merodear en la basura del franquismo no les excitó nunca. No dejaron en el fondo de cumplir así su deber de hijos, de sobrinos o de nietos: es verdad que a veces en esa basura sobresalía alguno de sus parientes. Sea por deber filial o militante –la militancia supone vivir en un mundo donde el otro no cuenta– lo cierto es que a más de veinte años del final de la dictadura no hay explicaciones verosímiles sobre lo que fue el franquismo en Cataluña, quiénes fueron sus gentes o sus bares; cuál fue su ambición, su límite o su lógica; cuáles sus vates: no hay libros por donde aparezcan el pus o la nobleza. Se trataba de la negra noche franquista y nadie ha logrado orientarse todavía en esa sospechosa oscuridad. La consecuencia de todo ello es que el señor Joan Comorera –sólo se trata de uno entre las decenas de ejemplos posibles–, dirigente del Partit Socialista Unificat de Catalunya, dispone de una biografía en tres tomos, una concienzuda biografía escrita por el señor Miquel Caminal. Pero todavía se está a la espera de que alguien decida contar la vida –un ejemplo entre decenas– del señor José María de Porcioles, el creador para bien y para mal de la Barcelona moderna.

Quienes combatieron a Porcioles deben de pensar que a qué hacer de la vida de un gusano la biografía de un gusano. Los hijos de Porcioles, que el silencio es un eco muy sofisticado de la gloria. Por eso colaboraba en sacar del despacho del director del periódico al procurador Tarragona. Conocía pocos hombres que le hubieran dado la mano al Caudillo Franco o que hubieran conversado con su confesor, el catalán Bulart. Tenía gravilla de El Pardo en los zapatos el procurador y aquello me excitaba.

El periódico, en su decadencia, tuvo muchos horarios de cierre. Pero siempre acabábamos muy tarde, de madrugada. Doménech, que era el director, marchaba el último. Me gustaban esos directores que se iban a dormir con su diario en el bolsillo. Ya no lo hace nadie. No hay bolsillos en la ropa moderna. El despacho de Doménech era un cubículo, con la puerta casi siempre abierta, y que a pesar de eso no olía bien. Digo cubículo por aproximación: nunca pude establecer sus dimensiones con certeza. Una luz azul iluminaba la mesa, sus greñas de aceite y el montón de cigarrillos que iba acumulando. Nunca pude ver más allá. Lo que allí hacía Doménech era un completo misterio. Doménech vive, se le puede preguntar. Entonces era un hombre joven, que no llegaba a los cuarenta, y que solía tener mucho frío. El frío se le manifestaba, particularmente, en las contadísimas ocasiones que salía del cubil y franqueaba la puerta de vidrio de la redacción: automáticamente se subía la cremallera del jersey y temblaba. No sé por qué, ese frío. Con el tiempo, con la ruina de todo aquello que fue el primer diario de mi vida se empezaron a explicar historias muy raras. Alguien dejó caer una noche, como en la milonga de Jacinto Chiclana, que Doménech poco antes del alba, con el diario en el bolsillo, salía del edificio de la calle Lauria, montaba en su motocicleta y se llegaba hasta lo más alto de la calle Balmes. Una vez allí se desplomaba hasta el puerto, bordeando los ciento cincuenta kilómetros a la hora, que al parecer era lo máximo que daba el ingenio fiero y abrillantado que aparcaba en la acera del periódico. Una vez en el puerto, echaba una ojeada a las aguas, subía a la moto, alcanzaba otra vez lo alto de Balmes y volvía a rodar. El ir y venir terminaba cuando los coches del trabajo se ponían en marcha y comenzaban a llenar las calles: Doménech dormía hasta bien entrada la mañana.

Antes de todo eso, el procurador Tarragona hacía su visita. Se acomodaba en un sillón del cubículo y empezaba a hablarle a Doménech de asuntos variados. Doménech iba haciendo: tomaba café, echaba un vistazo a las fotocopias de las páginas que llegaban y apretaba, muy compulsivamente, un timbre que tenía a mano. El timbre servía para que se le llevaran las páginas corregidas, para que trajeran más café y tabaco o para que entrara alguien. A veces, raramente, el timbre servía para que me llamaran. Doménech en esos encuentros no solía darme buenas noticias ni sobre mi futuro, ni sobre mi trabajo, ni sobre la vida, ni sobre el periodismo. Sin embargo, a medida que el tiempo fue pasando iba teniéndome un poco más de respeto y yo notaba cómo su autoridad y su cuota de desprecio se aflojaban. Siempre he creído que la amabilidad en los trabajos, la amabilidad para conmigo, y ya no hablemos de los ascensos o de los elogios no meramente estratégicos, han sido inequívocas señales de alerta: algo debe de ir muy mal cuando piensan de mí lo que piensan. El goteo de la experiencia lo prueba: una promoción mía anticipaba las horas bajas del periódico, que llegaban inexorablemente a las pocas semanas. Una noche que me llamó, ya en las épocas de mayor confianza, Doménech me indicó con la cabeza el sillón de su asiduo visitante: el procurador Tarragona dormía, dormía de una forma entregada, sólida, casi obscena. El director miraba al viejo y sonreía hasta con ternura. Lo despertamos y yo lo acompañé hasta el ascensor. Estaba de pie, iba andando y yo podría jurar, sin embargo, que aquel hombre seguía dormido. En la puerta, lo esperaba el chófer: lo metió en el coche como un saco y ni se inmutó cuando yo le pedí con la mirada un poco de consideración para con el amo. Algunas otras noches más encontré al procurador Tarragona dormido en el despacho: pasada la primera sorpresa, seguía tratando con Doménech de lo que hubiera que tratar.

El procurador Tarragona era un mueble dormido. Venía a echar la cabezada al último diario de la ciudad, al más desvalido, el que cerraría antes. No tenía a donde ir. Yo tampoco y por eso estaba allí. (…) La última cabezada… El viejo que dormía era lo que quedaba del franquismo catalán. Nadie se ha molestado en reconstruir a ese hombre y a tantos hombres como él, que lo bailaron bien, el mambo, reyezuelos. En aquel tiempo, cuando yo veía al procurador Tarragona dormido tenía una intuición. Sospechaba que era preciso despertarle y que hablara. Que hablara dándole algo a cambio; memoria póstuma, hasta una rehabilitación, una cruz de dragón y de hierro, si era preciso. Tal vez se hubiese avenido. Pero entonces yo no tenía estudios. Era entonces cuando intentaba leer la biografía del señor Joan Comorera, hasta que me aburrí. Más tarde vi lo que había hecho el gigante Ryszard Kapuscinski con El Emperador. Kapuscinski es un periodista polaco muy culto, muy bueno y muy valiente. ?Cómo actúa? Es fácil: acude a los lugares cuando las cámaras han levantado el campo. Cuando acaba el espectáculo y empieza el periodismo. Los buenos periodistas, los periodistas de verdad, no los decoradores a domicilio, se llevan mal con el acontecimiento. Durante el acontecimiento todo está tomado. Están los cordones de seguridad, las credenciales, los fotógrafos, la televisión y un ánimo blindado para que todo salga bien. He ido a muchos: incluso las fuentes más generosas y amigables me han visto en medio de los salones como quien ve a un pájaro de mal agüero. A los más supersticiosos les he visto tocar madera y fingir que nunca me habían conocido. No hay nada que hacer allí y sobre todo no hay nada que escribir allí. Es cuando los carpinteros están montando el estrado o cuando las mujeres de la limpieza limpian el sudor que han dejado sobre las mesas las manos nerviosas de los poderosos, es entonces cuando hay que presentarse. La verdad no puede buscarse en las llamas: quema, deslumbra. Hay que buscarla en el rescoldo¬. Allí trabaja el gran Kapus. Se presentó en Etiopía cuando el Negus había muerto. Era la única forma de saber quién había sido el Negus y cuál había sido su mundo. Se presentó y fue buscando a los servidores, a los servidores más minúsculos del Negus, al hombrecillo que pasaba la bayeta por el salón de recepciones cuando el perrito del Negus mojaba con su pipito los bajos de los pantalones de los invitados. Era la única forma de saber. Fue allí y encontró a ese hombre y encontró a muchos hombres como él y con todo eso escribió el libro de periodismo más grande que he leído. Construyó un libro sobre el emperador Haile Selassie a partir del polvo y la viruta de quienes lo sirvieron.

Cuando veía al procurador Tarragona en su sopor, yo no podía pensar en hacer un libro como ése. Años más tarde sí pensé que podría hacerlo: nunca me ha faltado el ánimo. Pensé que para empezar lo primordial eran dos cosas: saber si en los ríos de Lleida, si en efecto en los altos ríos de Lleida le ponían a Franco los peces fáciles en el anzuelo y localizar, si eso fuera cierto, al hombre que al alba, poco antes de que Franco se desperezara, vaciaba en el río una saca de salmones vivos y hambrientos. Era una manera de empezar como otra cualquiera.

No sólo lo pensé: años más tarde, en el 92, tuve una experiencia real. Llamó un hombre y dijo que quería verme. Fuimos Jaume Boix y yo a la cita, porque su interés estaba relacionado con la biografía de Juan Antonio Samaranch que habíamos escrito los dos. Nos encontramos en el Sandor, que siempre fue el territorio de Samaranch y que era también el suyo. Liquidamos de inmediato el asunto que le interesaba. Empezó a hablar. De pronto, no se sabe bien por qué un hombre empieza a hablar con cualquiera. Nosotros estábamos ahí. Dijo que en el setenta y seis, una mañana temprano, él y otros se dedicaron a sacar papeles de la antigua Secretaría General del Movimiento, en la calle Mallorca, donde hoy está la delegación del Gobierno. Las órdenes venían de Martin Villa y más cerca de Sánchez Terán, que era entonces el gobernador civil de Barcelona. Cargaron un camión con los papeles, los llevaron a un horno medio abandonado del Pueblo Nuevo y fueron echando paletadas de papel en el horno hasta que acabaron. La historia no era del todo desconocida: el propio Sánchez Terán explica en sus memorias que hubo que eliminar esos papeles en beneficio de la reconciliación nacional. Y se felicita por ello. No: lo importante de la historia no estaba en la novedad, aunque ese hombre estaba contando detalles nuevos con los cuales Boix y yo acabamos haciendo un reportaje. No: lo importante era que el hombre que había quemado los papeles estaba allí, delante nuestro, y que había sido un servidor.

Todavía no he escrito esa historia. Ni Jaume ni yo la hemos escrito. Los servidores habrán ido muriendo. Cada vez va a ser más difícil escribirla. Eduardo Tarragona dormita en un sillón. Yo no sé nada todavía de lo que lleva dentro. Trabajo en un diario muy viejo, que agoniza. Me han pagado una nómina en billetes de doscientas y un aventurero va a querer clavarse unas tijeras en el corazón. Se trata de un crepúsculo muy interesante. Sólo falta que aparezcan los periodistas: Manuel Vela Jiménez, el sportman, que viene del club; o que Julio Manegat se empeñe en que el pájaro de papel que guarda en su jaula –la jaula y el pájaro están en su mesa de trabajo y él se pasa las horas mirándolos– cante por fin esta tarde; o que Enrique Badosa escriba un poema perfecto y luego se limpie las manos. Sin embargo, cualquier crepúsculo lleva una promesa de luz. Un joven apuesto está preguntando por el director en la recepción.

 

Contra Catalunya, Arcadi Espada, Flor del Viento, 1997

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(El Cultural, entrevista de Nuria Azancot)

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