23 de marzo de 2007

“Había un problema y se ha solucionado”
(José María Aznar)

“La contradicción ha sido superada”
(Jesús de Polanco)

(Para Hermann Tersch)

“El movimiento dialéctico camina así por contradicciones que son superadas. A toda afirmación (tesis) le sigue su negación (antítesis), siendo esta contradicción superada en un tercer momento, que es la negación de la negación (síntesis). Este tercer momento supone un paso adelante en el que los dos momentos anteriores son conservados, pero ya superada su contradicción, reconciliados. Un famoso ejemplo de este movimiento, que influirá poderosamente en K. Marx, es la dialéctica del amo y el esclavo, extraído de la “Fenomenología del Espíritu”. Dos hombres luchan el uno contra el otro. Uno de ellos está lleno de valor y acepta arriesgar su vida en el combate, mostrando con ello que es un hombre libre. El otro, que prefiere la vida a la libertad, se somete. El vencedor conserva la vida de su prisionero como testimonio de su victoria. Así nace el esclavo. El amo obliga al esclavo a trabajar, mientras que él goza de los placeres de la vida. Se protege de los rigores del mundo interponiendo entre él y el mundo a su esclavo. El amo, cuya superioridad se lee en la mirada sumisa del esclavo, es libre, mientras que el siervo se ve despojado de los frutos de su trabajo y reducido a una sumisión absoluta. Sin embargo, esta situación se invierte dialécticamente, puesto que la posición del amo oculta una contradicción interna: el amo no es amo más que por la existencia del esclavo, que condiciona la suya. El amo no es amo más que porque es reconocido como tal por la conciencia del esclavo, pero este reconocimiento carece de valor, pues no procede de un hombre libre. Además el amo vive del trabajo de su esclavo; es, en cierto modo, esclavo de su esclavo. Interponiendo a éste entre él y el mundo, pierde contacto con la realidad. Por su parte, el esclavo encuentra una nueva forma de libertad a través del trabajo. Éste le lleva a desarrollar su conciencia personal y a vencer a la naturaleza. Transformado por las penalidades y por su trabajo mismo, el esclavo enseña a su amo la verdadera libertad, que es el dominio de sí mismo.”

Soy lo prohibido

Camino de Sevilla, y pensando en su caso. Me ayuda un viejo y magnífico papel de Chaves Nogales, La ruta perdida, de 1926. El papel cita un apotegma alemán, de un enviado especial a la ciudad. “Sevilla es un paraíso para literatos. Dedica al placer quinientas tabernas y a la inteligencia sólo una librería.”. Chaves, sevillano inteligente, se muestra de acuerdo. Dolido, pero de acuerdo. El apotegma, sin embargo, tiene una lectura razonable, contrairónica y alegre. En realidad los literatos necesitan más tabernas que librerías. Librerías les basta una siempre que esté bien surtida, es decir, que tenga todos sus libros. Chaves escribía así en plena dictadura de Primo de Rivera. Tiene otro artículo, igualmente bueno, El Colapso de Sevilla, donde describe la ciudad de la República en términos gramscianos: lo nuevo que no ha nacido y lo viejo que no acaba de morir. Para decirlo en sus palabras: “sindicalistas con pistola y señoritos con rifle.” La República fue demasiado breve para que lo sevillí experimentase cambios. Y el franquismo fraguó.

Supongo que Chaves no escribiría nada muy diferente del escaparate sevillano actual. La diferencia, sin embargo, es que la ciudad lleva muchos años asumiendo su condición tabernera (es un decir). De algo hay que vivir, y uno no ve inconvenientes en esta especialización. También París es la ciudad del amor, y su Tgv sirve de perlas para llegar a tiempo al rendez-vous. El problema de Sevilla no es vivir del cadre d’ambiance. Es la renovación del material poético y sensorial, su cruz. Hasta el día del auto de fe Sevilla ha vivido, dos puntos. Del Toro. Del Vino. De la Hembra, De la Gitanería. Del Amor. Del Moro. Y de España. Todo prohibido. Hoy, todo prohibido. “Soy lo prohibido”, dice Sevilla a juego con aquella inverosímil criatura flamenca que fue Bambino. Ninguno de los ítems necesita explicación añadida; se entienden perfectamente. Sólo el Moro, tal vez. El Moro vivía en Sevilla como en un cuadro de Fortuny. Arrellanado y entre celosías, juguete literario. Hoy dicta, en virtud del ecumenismo. Y se teme su influencia sobre el consumo. Al fin y al cabo El Jamón es lo único que sobrevive del antiguo abanico de placeres.

El caso de Sevilla. No creo que tenga fácil parangón. Una ciudad que vivía de la representación y cuyo muestrario ha entrado en barrena. ¿Qué hacer? ¿Bastará con la boda de los dos modistos, Vittorio y Luchino? Y, sobre todo: ¿deberá echarse Sevilla al agua…? ¿Quinientos spas y la tradicional librería?

Caso amargo y bárbaro.

(Coda: Como somos un pueblo viejo y trabajado este alejamiento de la vida culta de Europa es casi imperceptible. Conservamos un remedo de espiritualidad. Pero lo cierto es que de la vida intelectual no nos queda ya más que lo que les resta, ya al final, a las religiones viejas: las liturgias. Manuel Chaves Nogales, “La ruta perdida”, Mediodía, junio 1926.)

(Recodo)
–Espasa, Yo también vengo de Sevilla
–Vaya, y yo sin verle.
–Me amago, Espasa, me amago. Oigame…
–Cuente.
–Que los pasos ensayan, cada noche. Que los he visto. ¡Ensayando Espasa, ensayando en la calle cada noche. uuuuuuuuuuuu……oooooooooooooooo! ¡Una Santa Semana de un año!

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