7 de marzo de 2007

Ha tenido lugar
la muerte de Jean Baudrillard


¡A la calle!

Las manifestaciones de las derechas son vistas por la izquierda como una contradicción en sus términos, casi como un oxímoron. La derecha es elitista y alérgica al populismo. Por esa razón, cuando les mandan a cubrir una manifestación en el barrio de Salamanca, las becarias burguesas suelen destacar la peluquería, las perlas y las pieles de las señoronas manifestantes. Por la extrañeza, sin duda. La misma que les impide aludir en Vallecas a las sudaderas, las wambas y las mochilas apedazadas del mujerío sindical.La derecha es también una gran celebrante del orden y entre las mejores expresiones del orden político está la de mantener unas calles vacías, limpias y atravesadas por ciudadanos probos que van y vienen del trabajo. Dado que la derecha ha ocupado tradicionalmente el poder se ha visto como muy inquietante su presencia en las calles. Es síntoma de mala salud democrática que el poder convoque manifestaciones. Aunque sea disimulando.

Por otro lado hay una torva lectura subconsciente en las manifestaciones derechistas. Cuando la izquierda toma las calles apela a sí misma y a la pura pasión y fuerza que pueda desencadenar el propio acto; pero cuando lo hace la derecha la manifestación es percibida como invocación a una autoridad superior, sea el Papa de Roma o el Ejército español, pero siempre una autoridad al margen del mecanismo democrático. Las infelices palabras de un dirigente socialista vasco cristalizaban perfectamente este sentimiento cuando acusaban al PP de exigir en las calles una intervención militar.

Todo eso forma parte, obviamente, del discurso de la izquierda sobre la movilización callejera y es una versión más de su irreprimible superioridad moral y de su plácida doble vida. La derecha, quieta en casa durante la Transición y que sólo ha echado luego discretas y devotas canitas al aire, siempre en defensa de la vida… prenatal, ha empezado a utilizar el callejeo como instrumento de propaganda. Más que instrumentos de presión, las manifestaciones son maneras de tomar la fortaleza mediática antes, durante y después de su celebración. Su objetivo es cuantitativo, pero también cualitativo: nada haría más feliz al PP que poder mostrar el trofeo de una cara nueva «no asimilada» en la primera fila del sábado. Tengo mis dudas de que lo consigan y de que el callejeo acabe beneficiándoles. Pero no me impresionan los grititos histéricos de la izquierda. Sólo reproducen (¡la calle es mía!) la sentencia habitual de la autoridad.

(Coda: «La gente como masa o conjunto tiene muy a menudo una inteligencia inferior a la de sus partes integrantes. De no ser así, la palabra demagogia no tendría ningún sentido» (Christopher Hitchens, Cartas a un joven disidente, Anagrama, 2003.)

(Recodo)

–Espasa, no estoy de acuerdo con Hitchens.
–Lógico, no es usted joven ni disidente
–No hablará por usted
–Yo… me mantengo.
–Se conserva… En su jugo… Al avío: Hitchens es un optimista.
–Eso es cierto.
–Presupone la masa. Pero la degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder….
–¡Diccionario!
–Intertexto… Esa degeneración, digo, no necesita a la masa. Los halagos también surten efecto uno a uno, y cara a cara. La masa suma pero no multiplica.
–Asombroso.
–Quiá, ¡la calle es mía!, Espasa.



Time (cover) Cortesía de Teresa Giménez

 Correspondencias /Eugenia Codina

Querido Arcadi:

No sé si te ha llegado la noticia de la discusión que se ha iniciado en Holanda sobre el tema de los políticos en puestos gubernamentales con dos nacionalidades. La semana pasada se invistió el nuevo gobierno de coalición: socialistas, demócratacristianos (una fusión de partidos de origen católico y protestante) y un partido minoritario de origen cristiano, exclusivamente protestante (¿me sigues?). Dos de los secretarios de estado del partido socialista (PvdA) son Ahmed Aboutaleb y Nebahat Alabayrak. Los dos están en posesión del pasaporte holandès y del marroquí y el turco, respectivamente. El partido de la oposición por antonomasia, el PVV (Partido por la libertad) de Geert Wilders, ha presentado una moción de censura a estos secretarios de estado durante la sesión de investidura del nuevo gobierno. El PVV considera inadmisible que se pueda gobernar en Holanda teniendo otra nacionalidad, y posiblemente, una discutible lealtad en momentos de duda y presión. La reacción de la izquierda ha sido fulminante, ya que el tener dos nacionalidades encajaba hasta ahora muy bien con el relativismo cultural. Muchos votantes y políticos de izquierda consideran la duda una ofensa. En este caso, Wilders ha cogido la clase política por sorpresa ya que este era un tema que se ha dado durante años por sentado, así que no hay respuestas ya preparadas. Hay que improvisar. La reacción de la opinión pública ha sido moderada aunque la mayoría encuentra que la pregunta de Wilders es legítima. Hasta ahora no es había planteado la cuestión porque no había habido secretarios de estado secretarios de estadocon dos nacionalidades, parlamentarios bastantes. Ahmed Aboutaleb, quien por cierto, es muy buen político, ha sido concejal de educación durante varios años en Amsterdam sin que se planteara nunca la cuestión. Mi opinión de ciudadana que vive desde hace muchos años en este paísal que quiero profundamente, es que la postura de Wilders, que refleja conservadurismo cultural no es tan ofensiva como la reacción del propio presidente del gobierno. Jan-Peter Balkende dijo como reacción a Wilders: ¨Ojalá estuvieran TODOS tan integrados como Albayrak y Aboutaleb”, dando a entender con estas palabras que NO son holandeses, sino que son emigrantes ” bien” integrados. En realidad, está diciendo que hagan lo que hagan no son holandeses porque siempre serán peculiares. Este paternalismo es peor que el ataque frontal de Wilders que trata a los dos políticos como contrincantes al mismo nivel. Aboutaleb ha sido un político que no se ha caracterizado por su paternalismo precisamente. Fue el primero que propuso no dar prestación de desempleo a las mujeres que llevaran burka. Su argumento era que ningún empresario emplearía a una mujer con burka y que, por lo tanto, el estado no tenía que pagar si no había voluntad de integrarse al mercado laboral. Esta medida la está considerando también los cristiano-demócratas, pero en realidad la iniciativa salió de un holandés bien “integrado”¨ de izquierdas. Yo diría: es que Aboutaleb no estaba para pamplinas. Sabe distinguir hasta donde termina el respeto a una cultura y dónde empieza el respeto al individuo. En esto último han fallado gran parte de los políticos y los votantes de izquierdas de este país. En esta actitud paternalista que ha sido el caldo de cultivo del relativismo cutlural se encuentra, paradójicamente, la esencia de la identidad holandesa. El sociólogo Dick Pels acaba de escribir un libro sobre el nacionalismo en Holanda ¨Een zwak voor Nederland” que se traduciría libremente como ” Una debilidad por Holanda”. En su libro afirma que el holandés no es patriotero sino que su identidad es o “soft”, sin grandes símbolos, sin activismo lingüístico, sin gran apego a las tradiciones. Este carácter comedido, pragmático y relativizante de los holandeses es lo que ha llevado a dejar el tema del nacionalismo de lado en el panorama político del país. Esto aclararía porque los holandeses consideran que las otras nacionalidades son tan suaves como la suya. Una visión un tanto ingenua que ha fomentado el respeto a las peculiaridades de los demás, sin profundizar en la respetabilidad de dichas peculiaridades. Pim Fortuyn fue el primero en poner la lupa en el tema de los valores que realmente definían a Holanda. Wilders es más extremista y romo en su defensa de los valores liberales occidentales que impregnan el país, aunque sea suavemente. Dick Pels no va desencaminado en su teoría sobre el nacionalismo soft (siempre pienso en los relojes de Dalí, pero en plan nacionalista), pero lo que él no aclara es como se traduce esto a la práctica. Porque en la práctica el nacionalismo se acaba traduciendo en un pasaporte. La pregunta sigue siendo legítima y la clase política holandesa no la puede ignorar, ¿qué hacer con secretarios de estado que tienen el pasaporte de otro país? Porque aunque las teorías de Wilders sean descabelladas son plausibles. Si Albayrak niega el genocidio armenio (tal como establece la línea de su partido, el PvdA) puede ser arrestada en Turquía dónde está prohibido por la ley criticar a la nación turca. Los que lo tienen peor en este terreno son los socialistas porque hagan lo que hagan los van a criticar. Tienen que defender a sus secretarios de estado aunque irriten a gran parte de los votantes, y si los retiran, sus votantes lo van a ver como una muestra de debilidad. Y no estamos ni en la primera semana del nuevo gobierno. La cosa promete.

Abrazos
 Correspondencias /Melò Cucurbitaciet
Querido Arcadi:

Leo en el Nickjournal que está usted en Vigo, atareado, supongo, saludando a tantos amigos. Bien, era para comentarle la crítica a la biografía de Ramonet que leo en el último número de Revista de Libros; en ella se dice, tras una frase sobre lo mucho que habla y habla Castro:

“Ramonet llega a incluir, a modo de respuestas espontáneas, fragmentos de viejos discursos, como quedó al descubierto cuando El País publicó un extracto del último capítulo.
No hay que escandalizarse: después de todo, el propósito del autor no es otro que servir a la causa…”

Ejem, firma la crítica Maite Rico. ¿Quién es Maite Rico?: “Maite Rico es periodista” (esto seguro que lo sabe).

Un abrazo, de un agradecido lector

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