6 de marzo de 2007

Internet ha salvado la prensa escrita. Y empiezo así, por deformación profesional, poque lo que en realidad creo es que Internet ha salvado la escritura. Me río de Janeiro y sus apocalipsis de papiro, y me imagino fácilmente cuál sería el mundo de los adolescentes en estos diez últimos años si no hubiese aparecido al galope, pletórica y triunfante la escritura internáutica. Diez años de embrutecimiento televisivo, sin la corrección del pensamiento (y sin el músculo) que impone la navegación. ¡Oh, no! Ahora pronostican los lúgubres que internet acabará siendo un vertedero de videos. No pronostiquen: ya lo es. Pero hasta la búsqueda de lo más abyecto y banal necesita de la escritura, y de lo que hay detrás. Porque es irrelevante pensar con palabras o hacerlo con imágenes, en el caso de que sea ésta una distinción razonable: lo importante es que detrás de cada acción, de cada búsqueda, hay pensamiento. Y lo que distingue a internet de cualquier otro medio es la acción. Volviendo a la prensa escrita: su oportunidad es impresionante, mágica, por completo inesperada. Se vislumbra la perpetuación del negocio, a poco que dejen de hacer el marías y se abstengan de confundir la escritura con el papelucho.



 Correspondencias /Juan José Areta

Estimado Arcadi:

He leído una noticia que quizás le interese. Los magistrados de nuestro Alto Tribunal insisten en proteger, aunque sea por la vía de la inactividad, a sanadores, curanderos, magos, adivinos y futurólogos de toda especie. El argumento, en un mundo perfecto, sería irreprochable: no hay estafa cuando no hay engaño y ¿cómo le van a engañar a uno con la bola de cristal o el tarot o la cura del cáncer con la imposición de manos? ¡Vamos, eso no se lo cree nadie!
Lo malo del asunto es que se lo creen millones de personas. En concreto, en este caso, se lo creyeron una persona enferma de cáncer y sus hijos, y sabemos que se lo creyeron porque pagaron 18.000 € . El argumento del Tribunal alcanza la cumbre de la excelencia cuando se basa en el hecho de que la hija fuera administrativa de un Ayuntamiento y el hijo auxiliar de clínica “aunque trabajase en la construcción” y cuando, para excluir como elemento coadyuvante en el engaño el hecho del padecimiento, se utiliza el argumento de que “en el mundo intercomunicado en el que vivimos” todos podemos conocer en que consiste el padecimiento de un enfermo de cáncer, sin considerar que el enfermo que contrató a la curandera de marras no necesitaba acudir a la wikipedia para saber qué se siente o padece cuando se tiene cáncer.
Sin embargo, lo que no comprendo es cómo el Tribunal puede defender una tesis tan original y a la vez no solicitar la incapacitación inmediata del enfermo y de sus dos hijos. Es evidente que si se dejan engañar por tan burdas añagazas es porque carecen de la capacidad para desenvolverse por sí mismos en la vida civil. Además a ello le obliga el Código Civil, puesto que todo funcionario público que conozca por razón de su oficio de la posible incapacidad de una persona debe dar conocimiento al Juez competente, más aún si se trata de todo un magistrado del Tribunal Supremo. Supongo que no lo hacen porque deberían incapacitar a varias decenas de millones de españoles, muchos de ellos licenciados y funcionarios de todo tipo que, pese a sus estudios, no dudan en dar por buena toda suerte de supersticiones.
Así que nada. Por mi parte, un aplauso a los magistrados, que, en el fondo lo que dicen es que no se puede ser tan imbécil como para que te engañe un curandero, y que si le pagas debe ser porque tienes una afición insana por el dispendio. Porque claro, la alternativa es que estén pensando que si eres tan gilipollas que le das 18.000 euros a un sanador, pues te jodes.
Finalmente, llamo su atención sobre la maravillosa expresión que, según el diario, contiene la sentencia en la frase literal que sigue: “se considera que no existe estafa cuando el sujeto pasivo acude a médium, magos, poseedores de poderes ocultos, echadoras de cartas o de buenaventura o falsos adivinos”. Yo me pregunto cuáles serán los adivinos auténticos a los que se refiere implícitamente el Tribunal Supremo. Y me gustaría advertirles de que no sean tan estúpidos de caer en sus redes, no sea que luego les apliquemos su jurisprudencia.



En el excelente artículo de Juan Cueto se reafirman dos verdades incontrovertibles. La primera es que todo nació en Bocaccio. La segunda es que el intelectual irónico acaba siempre dando munición al enemigo.

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