5 de marzo de 2007

Normal 

Una refinada y maravillosa exposición en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Hammershøi y Dreyer. El primero es un Veermer del XIX, el segundo del XX. Lo que ofrece el montaje (Pigem arquitectos) sólo puede apreciarse frente a él. No es habitual: la inmensa mayoría de los montajes no valen el desplazamiento. Internet mejora cualquier propuesta. Pero este sutil laberinto de grises (eso es Hammershøi, eso es Dreyer, eso el realismo, eso el arte normal) no puede digitalizarse, porque sólo el dedo puede tocar esta luz.


Subnormal

El genetista Cavalli-Sforza declaró hace algunos días en una entrevista de El Mundo: “Por ejemplo, hay enfermedades mentales que pensamos que pueden tener un origen genético. Pero ocurre que una buena parte de la literatura y también de la ciencia está hecha de personas que son maniaco-depresivas. Si suprimiéramos ese gen nos perderíamos muchas buenas obras de teatro y muchos avances científicos.” Mi trato con los hombres de mundo ha sido, y aún es, básicamente literario-depresivo, y por lo tanto no estoy en disposición de confirmar si muchos avances científicos son fruto del gen equivocado. Pero, desde luego, sí he visto actuar al gen en muchos hombres de letras. Puede que, incluso, no sea un gen sino su pose, y su salvoconducto. El artículo mensual de Suso de Toro en El País expone hoy la anormalidad genética del escritor y, dado el caso, se solaza en ella. Es esta anormalidad, perfectamente ligada al ejercicio de la vanguardia, y por lo tanto relativamente moderna, lo que ha llevado la literatura a la insignificancia y, en los mejores ejemplos, a la práctica de una razón meramente bufonesca. ¿La loca de la casa? ¡Quiá, sólo la idiota!



(12 de abril 2006)

Atravieso media Francia para regresar a Sare desde el Ostapé. La luna y los búhos en el camino. Pienso en mi vida, como todas las noches. La nocturnidad me pone más miope, ergo al borde mismo de la metafísica. Se intercalan algunas escenas recientes, como la iglesia de San Juan Bautista, en San Juan de Luz. Maravillosa iglesia. Una corrala, donde sólo falta ver ropa tendida, y el canal de las tetas de las lavanderas y sus voces y canciones, y el niño con su pistolita meando desde el piso alto. Pero, al menos, cuelga del techo un barco de pesca, como parece corriente en los templos de la marinería. El Ostapé es un complejo hotelero, con restaurante, y para llegar a él hay que coger un sendero desde Bidarrai. El paisaje es hermoso y abierto. Las montañas me aprietan un poco y a veces las siento sobre el mismo esternón. Al llegar al Ostapé hay que dejar el coche en un parking. La cuestión es que se deja, y uno sale andando. ¿Hacia dónde, sin embargo? Los edificios quedan relativamente lejos, ladera arriba. Y uno piensa, sobre todo, en el retorno. Pero un cochecito de golf va bajando por la carretera. La muchacha habla un español de colores.

–Suban.

Así se garantiza el silencio en el lugar. La pulga eléctrica sube hasta el comedor y allí se queda apostada hasta la medianoche. Pato, cerdo, leche de oveja y un tubo de chocolate. No hay nada como la juventud. Ducasse siempre hizo una cocina feliz y aquí se nota su eco. Destacan unas crujientes rajas de pomelo, limones y manzanas, secas y levemente caramelizadas. Al Domaine de Brana, un vinillo de por aquí, más antiguo que los vascos, le cuesta ponerse a la temperatura idónea. Pero se crece en los últimos tragos.

La vuelta al parking es suavísima. Fresca, estupenda. Parece que el cochecito leré sea mi sueño, y a punto estoy de decirle a la muchacha que continúe el viaje. Las montañas, en manos del trasto, son de cartón. El movimiento sin ruido es algo extraordinario, sobrenatural. Además, llega el perfume de los lilás, que florecen en toda Francia, el primero, cada año, en la tumba de Brassens. Y algo de vainilla, aunque bien pudiera ser la del postre.

–Y los etarras no querían que se construyera esto.
–Eh?
–Estaban en contra. Decían que no iban a emplear gente de aquí. Como si yo no fuera de aquí.

Su voz es el único sonido, y se va moviendo y tropieza con lilás, vainillas, montañas de cartón y los trozos de manzana asada con mucha mantequilla que untaban el vibrante cerdo pirenaico.

–Eh? De veras?
–Sí, no querían. Luego, cuando vieron que iba a hacerse, le exigieron a Ducasse que pagara el.…
–¿El impuesto?
– Eso es. No pagó. Y pusieron una bomba en el edifico cuando aún estaba en obras. Pero Ducasse no paga.

Debo de llevar en la cara los rasgos del conflicto permanente. ¿Por qué le habla de todo eso, y de forma tan repentina, a un hombre que sólo piensa en manzanas asadas? Pero, aunque sin vino ni espíritus, subidos a un cochecito extraordinario, nos miramos y brindamos como si nos conociéramos de toda la noche.


(5 de marzo)


 Correspondencias /Enrique Lynch

Querido Arcadi, Mira esta noticia. Seguro que sacarás punta de ella. Llamo tu atención sobre dos hechos: uno, que ahora la patraña tiene coartada poética (no es plagio sino escribir haciendo sampling, ¡manda cojones!); dos, el tramposo es un periodista. Lo anecdótico es que todos los protagonistas del sainete, menos la pobre Laforet, sean argentinos, porque ya se sabe que donde hay patraña, seguro que hay argentinos involucrados. Abrazos

Comments are closed.

-->