25 de febrero de 2007

El País informa de la extraordinaria historia de la foto del año. En el relato yacen estas líneas aún más extraordinarias: “Spencer Platt nunca supo quiénes eran las personas de la foto. Nunca pretendió juzgarlos”. El cómico Splatt. Nunca pretendió juzgarlos, pero su imagen sólo puede llevar este pie: “Turismo de guerra en el Líbano”. Y el contraste binario, tan habitual y conocido entre nosotros gracias al joven Bauluz, entre ruina y opulencia, entre indiferencia y drama. Splatt nunca supo quiénes eran. Quiá! De saberlo la foto iba al cesto. ¿Turistas? Libaneses guapos y jóvenes que paseaban entre su barrio en ruinas, alguno, por cierto, buscando su casa. Iban en un descapotable, dice la foto. El descapotable, en la foto, es aire y apenas un leve borde inferior, de color rojo. ¡Rojo! ¡Testarossa! Quiá! Un minicooper al que le quitaron la capota porque eran cinco, con calor. El coche era de Lana el Khlai, miembro de una Ong libanesa que ayudaba a los refugiados. Con ese coche había distribuido comida y medicinas. En fin: una foto putrefacta. Lo de menos es Splatt. El problema mayor es del World Press Photo, que, desvelado el pie de barro, mantiene el premio. Aunque lo comprendo: quitarle el premio a Splatt sería tanto como reconocer lo que siempre dijo Sontag, y muy bien: “Toda foto necesita un pie”. El trabajo de poner un pie. Saber quién era Lana el Khlai, por ejemplo. ¿No se llaman, y exigen ser llamados, fotoperiodistas? Hombre, hombre. Pasa una sombra, ellos hacen clic, ahora cientos de clics digitales y baratos, y se largan al hotel, a darse un buen baño. Sí, lo que desvela la foto winnner es turismo de guerra. El del fotógrafo.




