22 de febrero de 2007
He localizado este artículo del año 1967, en Mundo Joven (la fotocopia es defectuosa y no puedo ver con claridad el mes ni el número), aquella revista opusdeísta de nuestros hermanos mayores. Creo que es de actualidad. Y prueba que entre los franquistas (eso sí, los más yeyés), también había buenos sentimientos y buenas intenciones.
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En 1950, en el que sería su mejor disco y en el tema Voir un ami pleurer, Henri Salvador hacía recuento de lo peor de la vida e introducía unos versos premonitorios: “Bien sûr ces villes épuisés/ par ces enfants de cinquante ans/ notre impuissance à les aider…”. Han transcurrido casi 20 años desde aquella canción y nuestras ciudades aparecen todavía más agotadas, nuestros adolescentes aún más envejecidos. Y, lo más grave, nuestra impotencia para ayudarles se ha consolidado.
Es cierto, el mundo libre (por generalizar) tiene un problema en el consumo desaforado de alcohol a que se entrega desde muy temprano su juventud. No ocurre sólo en España. Cuando en Gran Bretaña se permitió la ampliación del horario de apertura de los pubs, periódicos, radios y hasta las televisiones dedicaron no pocos monográficos al estudio superficial del problema. Conservo en la memoria imágenes lacerantes de chicas borrachas dando tumbos por las aceras. Y no estoy segura de que no rija aún, para el centro de Londres, un toque de queda para jóvenes que les impide acercarse a partir de determinada hora. Problema y represión. ¿Soluciones? Amos, anda.
Con idéntico escepticismo he seguido la discusión que aquí ha provocado el intento del ministro Romeo Gorría por sacar adelante la ley antialcohol. ¿Qué ley podrá impedir que nuestros adolescentes intenten aplacar el mal de su tiempo, el de no recibir respuestas a sus preguntas, y de, la mayoría de las veces, sufrirlo en suburbios para los que el futuro resulta impredecible? En esta sociedad despiadada y uncida al éxito rápido creemos que basta con construir muros, pero sería mejor cuidar del césped. Conozco a chicos que pasaron por el alcohol y que hoy están estupendos y sólo toman vino bueno una vez por semana, acompañando una nutritiva comida. Pero también al otro lado del telón de acero hay un problema. Sus jóvenes, sin perspectivas para el porvenir, encuentran cada día más apetecible inscribirse en las filas del fanatismo marxista. Y lo hacen tan sobrios como nuestro ministro Romeo Gorría. De modo que quizá hayamos de convenir que ni el alcohol ni Marx tienen la culpa. Mejoremos “notre impuissance à les aider”. ¿Quizá mirándoles a los ojos, para ver qué les pasa?
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Este video es por completo inenarrable. Pero, al margen, cabría indagar por qué la Diputación de Castellón patrocina a la empresa privada Marina d’Or.
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Correspondencias /Manuel Arias Maldonado
Estimado Arcadi:
Espero que sepas disculpar una familiaridad, acaso impropia, que nace de la lectura diaria y no del trato personal. Me he animado a escribir unas líneas a la vista de tu fructífera visita a Berlín, ciudad que no conocí hasta hace dos años y medio, pero que desde entonces he podido frecuentar con cierta asiduidad. Seré breve. Me parece que no se ha insistido lo bastante en la extrañeza que produce una ciudad donde todo es espacio libre: solares vacíos, bloques sin vecinos, avenidas desiertas. Todo tiene el aire irreal del Mabuse que Fritz Lang rodó al volver a Alemania, en 1960. Yo diría que la ciudad posee una cualidad abstracta, como si fuese un concepto -algo, por lo demás, muy alemán. Sin embargo, esa peculiaridad, que obedece al hecho de que durante la existencia de la RDA Berlín era difícilmente una ciudad atractiva, va acompañada de otra, aún más significativa en el orden metafórico: Berlín es, ahora mismo, una ciudad sin padres. Literal y alegóricamente. No se ven familias, ni abuelos: sólo hay jóvenes. Y por lo general, desocupados u ocupados en multitud de fiestas y conciertos. No es un capricho de observador: la estadística confirma que sólo el 40% de la población activa trabaja en Berlín. Así como todo hippie tiene a un padre detrás, seguramente Baviera paga esta desidia colectiva. De hecho, la estética predominante, antes bohemia que moderna, hace parecer a cualquier viandante un artista -como poco, poeta o graffitero. Lo cual, en una ciudad marcada por la Historia, es cuando menos paradójico. Resulta de aquí una pregunta legítima: ¿es Berlín una ciudad posmoderna, malgré loui? Su culto al pasado parecería contradecirlo, porque más bien remite a aquella sentencia paulina sobre la eternidad ultraterrena: “Todos estamos aún aquí”. Hay monumentos, memoriales, signos. Pero en la calle, dentro de esa fascinante abstracción colectiva donde reinan los fantasmas, uno encuentra vida, juventud, juego. Acaso, en fin, también la posmodernidad se ha hecho mayor.
No he sido tan breve; mis disculpas.


