31 de enero de 2007

La intimidación nacionalista

Casi 23 años antes de que el presidente Ibarretxe echara a sus masas contra los jueces lo hizo Jordi Pujol, gran estadista o español del año, que de ambas maneras puede y debe ser recordado. La tarde del 30 de mayo de 1984 unos cuantos miles de personas se apostaron en el camino que va del Parlament de Cataluña a la sede de la Generalitat exigiendo inmunidad para el presidente recién investido. La manifestación era el punto culminante de una campaña de movilización del nacionalismo ante la querella presentada contra Pujol y otros directivos de Banca Catalana por apropiación indebida. La intimidación generalizada (de la que la manifestación fue sólo su versión pública) acabó con el fiscal general Luis Burón y no digamos con el apesadumbrado juez instructor Ignacio de Lecea; dejó prácticamente inútiles a los fiscales Mena y Villarejo, incapaces de dar puntada con hilo ante cualquier asunto que se pusiera ante sus ojos, y entre los asuntos hubo magnitudes como la del juez Estevill; ahormó al periodismo catalán, por si fuese necesario, e hizo mudos y/o serviles a políticos, escritores, artistas y pintureros locales con la excepción honrosísima del ponente constitucional Jordi Solé Tura.

Pero, por suerte, aún había un gobierno en España y el ministro Tomás de la Quadra advertía a Pujol, a los pocos días del aquelarre, que ése no era el camino. La situación contrasta con la de hoy. No por parte de los nacionalistas, desde luego. Los nacionalistas consideran que los jueces son extranjeros y que actúan fuera de su jurisdicción cuando intervienen en los negocios patrióticos. Cuando intervienen quiere decir cuando les perjudican sus decisiones. Ibarretxe, los venerables Garaikoetxea y Ardanza, y los que les siguieron en la calle sólo creen en la democracia vasca, es decir, en una democracia adjetivada. Pero el problema fundamental no es éste. El problema es el contraste que ofrecen las palabras de ayer del ministro De la Quadra y las del presidente Zapatero de hoy, cuando dice que las decisiones judiciales pueden ser criticadas. No podemos esperar que el presidente comprenda la diferencia entre una opinión y una acción, ni entre la crítica y el hostigamiento. Tampoco que advierta la quiebra fundamental que se produce cuando un ejecutivo denosta la decisión judicial y extiende sobre los jueces una sombra deslegitimadora a la que cualquier ciudadano podrá triunfalmente adherirse. Pero entre lo que no podemos esperar prima esta imposibilidad: la de que actúe, en fondo y forma, como la máxima autoridad democrática del Estado.

Coda: “Creo que ése es un camino equivocado’, añadió De la Quadra, “y no debe seguirlo nadie y mucho menos el presidente de una comunidad autónoma. Interferir la acción de la justicia sería entrar en un mal camino, entrar en ese camino del insulto y de la descalificación carentes de todo sentido”. (El País, 2 de junio de 1984).

(Recodo)
–Espasa, ése no era el título
–¿Cómo dice?
–Le pasé por detrás. Vi otro título. Una cosa rara que me llamó la atención y que ahora no recuerdo bien.
–Aceituna zapatera.
–¡Eso es! No sé qué quiere decir, pero sonaba ideal.
–Es cosa de diccionario. Trasteaba y di con eso. Al parecer es la aceituna que ha perdido el color y está a punto de pudrirse.
–¡Vaya! Le veo optimista.
–Yo también me veo así.
–¿Y qué pasó?
–No me gusta jugar con los nombres. Es de lo único que no tiene la culpa.
–Esteticien.
–Y luego el reparo: en el fondo un columnista debería ponerse de pie cuando entra el presidente del Gobierno.
–No lo hiciera. Este se quedaría atónito.

  Correspondencias /Marqués de Cubaslibres

Querido Arcadi, ha sido interesante observar cómo desde la primera semana de aplicación del “carnet por puntos”, los políticos responsables han pretendido hacer creer a la ciudadanía que dicha aplicación salva vidas. Basta teclear en Google “el carnet por puntos salva vidas” para comprobar la magnitud de la campaña, la cual se recrudeció a principios de año cuando se tuvieron los datos de fallecidos en accidentes de tráfico en el 2006. El hecho que en este año hubiera 316 muertos menos que en 2005 se consideró un efecto directo del tan citado carnet.

Pero una cosa son los deseos de los políticos y otra la fría realidad de los datos. De acuerdo a ellos, a los datos me refiero, durante 2006 se ha producido exactamente la evolución en las cifras de muertos esperada, en una tendencia de descenso que se inició ya en 1990. De hecho, durante este periodo (1990-2006) se ha producido una tendencia de descenso estadísticamente muy significativa (p<0,0000001), con una media de 13,6 casos (es decir, muertos) menos por millón de vehículos cada año.

Podemos pues concluir, que en el año 2006 no se ha detectado ninguna modificación en la tendencia de disminución de fallecidos que viene ocurriendo en años anteriores.

Es más, analizando los tres últimos años: 2004 y 2005 en los que no existía el carnet por puntos y el 2006 en el que se puso en marcha, el correcto análisis estadístico es contundente: no sólo se observa esa tendencia de descenso altamente significativa (concretamente en los tres últimos años de 14,5 muertos menos por millón de vehículos y por año), sino que esta tendencia es, además, lineal, es decir, que no se desvía de una recta. Lo que en palabras más entendibles significa, que la disminución observada en 2006 con respecto a 2005 es idéntica a la ocurrida entre este año y 2004.

Por ello, debemos esperar a los datos del año 2007, para poder verificar, si es que se puede, que ha habido un factor nuevo, en este caso, el carnet por puntos, que desvíe significativamente “hacia abajo”, la disminución que ya se viene observando desde hace años.

Esto es lo que se puede afirmar por el momento mientras no haya más datos. Todo lo demás es pura “sofistería”.

Fuerte abrazo.

El artículo preferido por los lectores en la edición de ayer de Le Monde. Es meditable. El artículo y los lectores de Le Monde.
Pourquoi je choisis Nicolas Sarkozy, par André Glucksmann
LE MONDE | 29.01.07 ©

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