30 de enero de 2007
Retales
(I)
“Hechos como las bombas que ayer estallaron en el País Vasco, atribuidas a ETA, contribuyen a aumentar la alerta en el Gobierno y las dudas sobre las posibilidades reales de abrir un proceso de paz, cuya decisión está ahora en manos de la banda terrorista. A ella corresponde responder con el anuncio de una cese definitivo. “El asesinato de una persona por la banda pondría en marcha inmediatamente el proceso de ilegalización del Partido Comunista de las Tierras Vascas si esta formación no lo condenara claramente”, señalan fuentes gubernamentales.” (El País, 16 de mayo 2005)
•
(II)

¿La primera vez? En absoluto. En 1984 el presidente Jordi Pujol también sacó las masas (más o menos) porque se veía acosado por los fiscales Mena y Villarejo, que habían interpuesto una querella por su gestión en Banca Catalana. Fue al término de esa manifestación ridícula e inolvidable cuando Pujol pronunció desde el balcón de la plaza de Sant Jaume la frase/tipo del nacionalismo: “El Gobierno central ha hecho una jugada indigna.”
•
El áspero y extraordinario final del extraordinario libro de Sebreli: “La vanguardia sólo reconoce y reivindica lo fortuito, el desorden, la inestabilidad, el absurdo, la destrucción; lo clásico no ignora el azar, pero tampoco la necesidad; no niega lo irracional sino que lo contiene y lo supera; confía en hacer de lo fugaz algo imperecedero, del caos un cosmos, y a pesar del absurdo, encontrar un sentido del ser. La vanguardia no sólo quiere destruir lo clásico sino que, por su misma lógica interna, por su culto a la novedad que pronto debe ser desplazada por otra más nueva, está condenada a autodestruirse. Si algo perdura de la vanguardia no es por sí misma sino, irónicamente, a través de la tradición clásica que la recupera en su trayecto histórico, porque también el error forma parte de la verdad y al negarlo lo conserva en cierto modo; el carácter constructivo triunfa, de esa manera, sobre la pura destrucción.”
•
Correspondencias /Incorrecto
“Recuerdo con inusual nitidez cómo llegó el gran Kapus a España. Lo trajo Herralde, que nos educó, a finales de los ochenta, después de que sus libros recorrieran las mesas de algunos agentes literarios internacionales que el editor enumera en su útil y reciente Por orden alfabético. Supongo, por lo que cuenta, que en su decisión de publicarlo influyeron también los reportajes que había escrito para la Granta de Bill Buford. Primero editó El Sha, en 1988, y un año después El Emperador, invirtiendo el orden cronológico de la escritura” (Arcadi Espada, El Mundo, 27 de enero).
Bueno, a veces nos olvidamos de los editores hispanoamericanos. No es por menospreciar a Herralde, pero no descubrió nada ni tradujo antes que en México.




