27 de enero de 2007
“El diario Gara publicaba ayer una gran fotografía del magistrado Alfonso Guevara, acompañada de la lista de magistrados que han apoyado el fallo de la Audiencia. En estas circunstancias, la información sólo puede ser interpretada como una implícita amenaza.
Habría que recordar a la izquierda abertzale y a los nacionalistas que quien ha asesinado a 800 personas es ETA, que pretende ahora convertir lo negro en blanco y hacer pasar al verdugo por víctima.”

¿El Gara, dice este párrafo del editorial de El Mundo? Yo lo vi aquí. Así. Una gran foto aussi. Acompañada de un texto que debiera ser materia obligatoria de estudio y petición.
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Vuelve a repetir. El background no era imprescindible. De hecho es un riesgo que el periodismo de este género no debería correr jamás. Ahora bien si uno escribe un párrafo como éste (“El magistrado vuelve a repetir lo que ya dijo en agosto de 2002 y confirmó su sustituto Fernando Grande-Marlaska en enero de 2006, que en el sumario “se imputan hechos concretos basados en indicios racionales de responsabilidad penal que acreditan la posible comisión de los hechos y delito (integración en organización terrorista) recogidos en los autos”.”) ha de tener la dignidad de completarlo con alguno de éstos.
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Un tendal en Varsovia
Querido J:
El día que murió Kapuscinski conocí a uno de sus maestros terrenales. Llegó a casa el libro En la España roja de Ksawery Pruszynski que, como es natural, ha editado Alba. Es un hombre del que hay muy pocas referencias en España. Adam Michnik, que también lo tiene como maestro, citó su libro en la entrega del premio Cerecedo y una nota de la Wikipedia sobre el Hotel Florida de Madrid lo sitúa entre sus huéspedes durante la guerra, al lado de Hemingway, Dos Passos, Matthews y el último en evacuarlo, que fue O. D. Gallagher. En el prólogo del libro, que firman Kataryzna Olszewska y Sergio Trigán, se dice que Kapuscinski aprendió de su viejo colega la necesidad de proyectar sobre los hechos la cultura: “Una mirada —dicen los prologuistas—cargada de paralelismos históricos, de claves culturales, literarias, artísticas, sociológicas y filosóficas”. No sé si lo aprendió de él, y si sólo de él. Pero en cualquier caso ésa fue una de las grandezas del maestro Kapuscinski: recordar al periodismo que el analfabeto no ve.
Recuerdo con inusual nitidez cómo llegó el gran Kapus a España. Lo trajo Herralde, que nos educó, a finales de los ochenta, después de que sus libros recorrieran las mesas de algunos agentes literarios internacionales que el editor enumera en su útil y reciente Por orden alfabético. Supongo, por lo que cuenta, que en su decisión de publicarlo influyeron también los reportajes que había escrito para la Granta de Bill Buford. Primero editó El Sha, en 1988, y un año después El Emperador, invirtiendo el orden cronológico de la escritura. El sobresalto fue tremendo: nunca pensamos que el periodismo pudiese alcanzar semejante belleza. Hasta aquel momento la belleza era una mina explotada, en régimen de monopolio, por la ficción. Es cierto que habíamos leído algunos textos periodísticos embellecidos, casi todos ellos pertenecientes al llamado nuevo periodismo. Pero la belleza siempre implicaba un corrimiento de tierras: cuanto más bellos menos periodísticos. Sin embargo la narración sobre el hombre que en una habitación de hotel desplegaba el álbum de la dictadura del Sha, fotos, grabaciones, textos e iba adhiriéndolo lentamente y para siempre en nuestra conciencia; o bien sobre el que de noche, por los suburbios de Addis Abeba, iba en busca del servidor del Negus que limpiaba los zapatos de los embajadores durante la presentación de sus cartas credenciales en palacio (y es que el perrito del Negus se les meaba) en esas narraciones, digo, la belleza no era decoración sobrevenida, sino que formaba parte indisoluble de la verdad. Había otro asunto, que ya estaba en Orwell, pero que era muy infrecuente: la primera persona como garantía de ¡la objetividad! El periodismo tradicional desprecia la primera persona, porque siempre prefiere que hable el mayestático, ese Dios: se entiende porque a Dios no pueden pedírsele explicaciones sobre sus mentiras. En el periodismo de neones, el new journalism de Capote, Wolfe o de Thompson, la primera persona solía utilizarse para los caprichos y las mentirijillas. En ambos casos la primera persona era una evasión. Otro decorativismo. Por el contrario, nunca entonces, leyendo a Kapuscinski, me asaltó la temible pregunta desactivadora, ¿y esto cómo lo sabe?, de toda narración veraz: en buena parte fue por el uso inteligente y cabal del yo.
Esos dos primeros libros traducidos al español son muy importantes. Y durante algún tiempo El Emperador era mi favorito entre todos los que Anagrama fue traduciendo de él, que si no me descuento han llegado ya a diez. Hoy, sin embargo, creo que su libro cumbre es Imperio. En realidad hay entre los dos algo más que una identificación cualitativa. El Emperador fue leído en su tiempo como una alegoría de la autocracia soviética. Imperio es el relato libre, ya sin obligaciones alegóricas, de su demolición. En ese libro terrible fragua, a mi modo de ver, el método Kapuscinski, donde acción, conocimiento y memoria nutren una escritura precisa y delicada como un viejo reloj de manecillas. Y que como esos relojes y toda gran escritura, se oye.
Hasta la publicación de Ébano, en el año 2000, Kapuscinski fue poco conocido en España. Herralde, que no es amigo de confesiones de semejante naturaleza, me contaba que había vendido 700 ejemplares de El Emperador. A pesar de eso siguió publicándolo y acabó recogiendo los frutos. Lo realmente extraordinario y significativo es que la popularidad de Kapuscinski no vino asociada a ningún libro en especial. Coincidió, eso sí, con la traducción de Ébano, pero no creo que fuese a causa de Ébano, ni de ninguno de sus libros anteriores, todos mejores que éste. La popularidad fue el resultado de su conversión en un opinador global, ceñido a algunos temas no demasiado discutibles: la paz, la igualdad y la bondad. Sin duda tenía dotes naturales. Era un hombre muy afable y había visto mucha injusticia y mucha violencia desde aquella noche en que soldados del Ejército Rojo entraron a culatazos en su casa de Pinsk (ayer Polonia, hoy Bielorrusia), buscando sin éxito a su padre: se hubieran llevado a la madre en venganza de no mediar los gritos, manotazos y mordiscos con que la hermana pequeña la defendió, tantos que el oficial hubiera tenido que matarla, pero dijo a sus soldados ¡Pashlí!, vámonos. La vida y el oficio le habían dado dotes, y estaba también su hermosa mirada de buen tipo, y su cordialidad de corazón. La última vez lo vi en Barcelona, en un réquiem literario llamado Kosmópolis. Me pareció estar viendo, y lo peor, oyendo, a Karol Wojtyla, cercado por un grupito de jóvenes y alegres pioneros que gritaran en una suerte de polaco, ¡Doneu-me forces senyor! Para entonces ya había publicado ese anodino breviario del periodista correcto, Los cínicos no sirven para este oficio, repleto de lugares comunes y de ¡embellecedores cromados! Aunque eso aún fue antes de que en los fragmentos que componían El mundo de hoy se incluyera este párrafo desinformado e inmoral sobre la matanza del 11 de marzo en Madrid: “Con las elecciones a las puertas, ese comando, hasta entonces completamente desconocido, a la vez que mostraba al mundo que ‘todos estamos en guerra’ envió una señal a la sociedad española que al cabo de tres días debía elegir a sus gobernantes. La señal fue comprendida”.
Pero qué importa ese acomodamiento final, porque de un acomodamiento se trata. Las lecciones tensas y decisivas, que tanto nos ayudaron, habían sido ya dictadas. Por lo demás la muerte le alcanzó como es preciso, partiendo por la mitad muchos proyectos, entre los que destacaba su viaje a Oceanía para seguir a Malinowski en parecidos términos a lo que hizo con Heródoto, o los innumerables retales (acumulados en muchos años) que tenía que coser en su libro sobre América Latina. Cualquier vida grande se interrumpe y no se acaba. Me figuro que esto acabarán de explicarlo los tendales de pequeñas notas aún húmedas de vida que atravesaban su elegante estudio de Varsovia. Así era, al menos, una mañana de agosto en que me resumió sus investigaciones:
—Mi principal trabajo, y el más obsesivo, ha sido el de buscar una escritura que sirviera para describir lo real.
Y que en consecuencia llevara, para decirlo con Seifert, toda la belleza del mundo.
Sigue con salud.
A.
(Recodo)
–Espasa, ¿ya ha leído la crónica de Pruszynski?
–No, sólo el prólogo y otras chapas.
–Lea el capítulo sobre Cataluña. Es un error muy interesante. Además se titula “Finis Cataloniae?”
–¡Vaya!
–Exacto. Como el artículo de Sentís
–¿También con interrogante?
–También con interrogante.
–¿Y?
–Coinciden. En el fondo coinciden. Porque aunque no lo dijera en su famoso (y tan manipulado) artículo Sentís también consideraba que los murcianos iban a acabar con Cataluña.
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Correspondencias / Ana Nuño
Querido:
Tremendo asunto el que hemos presenciado esta semana. Me refiero a De Juana Chaos y el programado y calculado caos orquestado por unos y otros a su propósito (que, en este caso, no es lo mismo que decir a propósito suyo).
Por cierto: he recorrido toda la prensa, digital y otherwise, y perdido mucho tiempo escrutando tertulias televisivas y radiofónicas, y resulta que nadie ha comentado algo que a cualquier quiddam le parecerá obvio. En el llamado proceso de paz, desde que lo lanzó públicamente el ejecutivo español obteniendo carta blanca en las Cortes para oficializarlo (es decir, desde marzo del año pasado), el episodio De Juana es el primero –repito: el primero– que intencionadamente ha buscado construirse una escenografía, que ha querido dejar rastro bajo la luz y en presencia de taquígrafos. Hasta antes del atentado en Barajas, todo eran innuendos y sobreentendidos. No había negociación, sino (re)petición a ETA de que con violencia no habría “paz”; esto, ad nauseam, es lo que nos han servido de entrante, plato principal, postres, coñac y puros desde La Moncloa, y desde Rubalcaba hasta López Garrido, pasando por Mª Teresa y Pepiño.
De repente, 15 días después del bombazo y los dos muertos “accidentales” (doblemente accidentales. por ecuatorianos y porque sólo a los pobres –Diccionario de Autoridades actualizado: emigrantes recién llegados y con poco dinero– se les ocurre “echar una cabezadita” en el coche), el Fiscal general (es decir, el Presidente del Gobierno) y los opinadores duchos en irse por las ramas y ramonedas nos invitan a una cena desde un palco escénico. A un espectáculo del viejo Folies Bergère o el Lido de París.
Qué raro, ¿no? ¿Acaso no será que “la izquierda abertzale” le ha dicho a Zapatero, oye, que te toca retratarte? Como los buenos jugadores de póker: ya nos hemos divertido un rato bluffeando, ahora quiero verte el juego que tienes.
El caso es que no caeré en lo fácil con lo de esta semana: la metáfora. Por ejemplo, en evocar a Prometeo encadenado, pendiente del destino de su hígado expuesto a fecha prefijada a dolorosa hecatombe y penosa reconstitución. Para aplicársela, por ejemplo, al Estado de Derecho (así, con las mayúsculas mayestáticas a las que tan afecta es la Derecha). No me pagan por soltar tropos en las tertulias radiofónicas, y aunque me pagaran. Un tropo es un tropo es un tropo. Y el Estado de Derecho es la madre de los tropos, al menos en este país.
Voy a permitirme, eso sí, una breve reflexión sobre la condena a perder la libertad (la Condena, pues). Y sus corolarios retórico-poéticos: la muerte-en-vida, la vida-en-la-muerte, sobre los que ya narrativizó todo lo que pudo el opiómano genial que fue Coleridge (vid., The Ballad of the Ancient Mariner). Vaya por delante que no pretendo compadecerme de De Juana. Que aquí hay que decir siempre lo obvio: un dedito, dos deditos… así, hasta diez. Eso, con suerte, en caso de que te dejen llegar hasta el final del conteo.
Brevemente, pues, el caso de Robert Redeker. Un profesor de filosofía de instituto en Francia, redactor a sus horas en Les Temps Modernes, a cuya cabecita los guardianes de la “alianza de las civilizaciones” le han puesto precio. ¿El “atentado terrorista” cometido por este sujeto?: haber publicado el 19 de septiembre pasado, en Le Figaro, un comentario crítico sobre el Corán con el título: “Face aux intimidations islamistes, que doit faire le monde libre?”. Bastó con eso. La vida de este profesor de instituto se convirtió de repente en una pesadilla. Una fatua condenándolo a morir comenzó a circular no sólo en los sitios web de la galaxia islamista, sino que fue transmitida en las más importantes e influyentes mezquitas de Francia (en Lyon y en Estrasburgo): Robert Redeker ha infamado la palabra del Profeta y ha de ser ajusticiado.
Desde ese momento, Redeker se ha convertido en una sombra. Los servicios secretos del Estado francés (la DST, Direction de Surveillance du Territoire, el FBI francés) han decidido que conviene protegerlo (Salman Rushdie vivió algo parecido en su día). Ha tenido que cambiar de residencia, inscribir a sus hijos en otro colegio, y ahora dicta sus clases en otro instituto. Uno de sus hijos fue objeto de una agresión y también ha recibido amenazas de muerte. Así que no sólo Redeker ha pasado de ser profe en un instituto de provincias y colaborador en Les Temps Modernes a esconderse donde pueda, sino que su familia también está amenazada de violencias y muerte.
Lo que me interesa señalar ahora –y con esto concluyo este ya prolijo comentario– es que Redeker se ha atrevido a reincidir: acaba de publicar en Editions su Seuil un libro, Il faut tenter de vivre. Como todo lo que ha escrito Redeker, vale la pena leerlo. Sobre todo, porque en este libro detalla y comenta la “recepción” que su condena a muerte y la de su familia ha suscitado en Francia. Sí, cuenta Redeker, toda la intelectualidad está escandalizada; pero, al mismo tiempo, la intelectualidad agrega siempre, en sus comentarios, un “pero”. Ciertamente es inaceptable que se amenace a nadie (intelectual o no, ecuatoriano o no) por lo que piense, o sencillamente por encontrarse en el lugar inadecuado a la hora inadecuada. “Pero”… hay que comprender las razones del “otro”. Del asesino, del que amenaza con matarte porque pienses de una determinada manera (caso, diría yo, civilizado; caso francés) o sencillamente porque sea posible identificarte con el ADN proscrito (caso pre-civilizado, caso español –si estamos de acuerdo en que no hay nada más “España Negra” que las diversas supervivencias del matonismo español que hoy representan, ya en exclusiva, los diversos nacionalismos locales en este país–).
Aquí, mientras, degustamos el azucarillo del C(h)aos. A ver si nos vamos enterando: lo único que está vivo y da muestras de gran vitalidad es el viejo, sempiterno, muy europeo (es decir, altamente civilizado) espíritu de Munich. El que es capaz de rellenar folio tras folio y regalarnos con horas de digresiones, basándose sólo en dos palabras: “paz” y “pero”.
Ay, si Prometeo lo hubiera sabido, cuanta crisis hepática se habría ahorrado.
Un abrazo.




