26 de enero de 2007
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Pena de vida
No le deseo la muerte a De Juana. Entre otras, por las sólidas razones que aportaba Richard Dawkins para oponerse a la ejecución de Sadam, y que se resumían en la plausibilidad de poder hacer prácticas con el Mal. En realidad, trato de no interrumpir el paso a nada que se mueva, si no es necesario para mi supervivencia. De ahí que me parezcan tan sorprendentes algunos entusiasmos sobre la eutanasia. La alternativa eutanásica al Sampedro o la Madeleine impedidos es nada. Esa nada que se escamotea cuando a la desaparición del cuerpo fracasado parece sobrevenirle la gloria. La gloria eutanásica, que por el momento y hasta que no se generalice la práctica es también gloria mediática póstuma. No obstante, pareciéndome la vida un asunto francamente respetable, no acabo de entender las razones que invoca el Estado para alimentar a De Juana contra su voluntad. Y mucho menos las de la Asociación de Víctimas del Terrorismo que impele al Estado a alimentarlo «para no convertirlo en un mártir»: no veo qué razones (y qué ley) hay para privar al terrorista de su derecho al martirio. No me convencen las alegaciones del Estado, en el sentido de que el preso está bajo su tutela y su deber es protegerlo, si no se protege al tiempo su derecho a la muerte, que, en el fondo, sólo supone la primacía de la libertad sobre la vida.
Por lo demás, en el derecho a la muerte están resumidas muchas otras claves del asunto sobre las que no suele repararse. Se asume, por ejemplo, que el terrorista ha dispuesto su huelga de hambre a causa de una condena que le parece injusta. Así es en parte, pero no sólo. La huelga de hambre es producto de esa condena, de muchos asesinatos y de casi dos décadas de cárcel. No es difícil comprender que un hombre que lleve todo eso sobre la espalda decida extinguirse y decida dar un contenido final de rebeldía política a su extinción. Está en su derecho a preferir la nada a De Juana Chaos. Creo que los jueces de la Audiencia que ayer se negaron a aligerar las condiciones de su privación de libertad, contrariando al fiscal, obraron correctamente. Detrás de esa huelga de hambre no está sólo lo que el implicado y sus aliados políticos proclaman sobre ella, es decir, la reacción a una sentencia judicial. La petición fiscal establecía un vínculo dislocado entre huelga y sentencia, y la huelga del preso es inseparable de su pena de vida y su futuro incierto, como lo sería en el caso de cualquier otro preso en situación comparable.
El resto sólo es política. Precio político, concretamente, aunque afecte a la negociación sobre los presos. El precio político, que deben pagar los gobiernos y no los jueces, se ve muy bien cuando se piensa que el chantaje real no es la muerte de De Juana, sino los accidentes trágicos.
(Coda: «El servicio al Estado no exonera a ningún funcionario de ninguna burocracia, ni a ningún ingeniero de laboratorio alguno de su responsabilidad como individuo». Alain Finkielkraut, La memoria vana.)
(Recodo)
–Espasa, debo decirle que he resuelto el viejo dilema entre la libertad y la vida.
–Es extraordinario.
–Sin duda. Apunte: uno elige la vida cuando se trata de la propia y la libertad cuando es la de los otros.
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Idea excelente: asignatura con blog
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Correspondencias / José María Albert de Paco
Sabe ya que hubo una época en que adjetivé la democracia, por burguesa, y junto con mis camaradas trotskistas de la LCR (IV Internacional) me encadené en raros consulados, corté el paseo de Gracia en solidaridad con Palestina y lancé cubos de pintura contra un buque de la VI Flota. La evocación de ciertas hazañas, ay, aún me conmueve. Nos manifestábamos cada tanto en la plaza Universidad y, ya ramblas abajo, con la solapa engalanada de pegatinas, vociferábamos consignas contra el Estado y, en general, contra todos los barcos balleneros que en el mundo eran. Cuando acechaba la policía, yo mismo gustaba de gritar: “Ésos de marrón, de qué empresa son, que no les afecta la reconversión”. (Estaba hecho, para qué engañarme, un verdadero polvorilla.) Otro de los hits de la época era el “Feu, feu, feu, la mili per correu”, que en mi peculiar escalafón de cantos regionales andaba parejo al “Alerta, alerta, alerta que camina, la lucha guerrillera por América Latina”. Al hilo de esta quincalla, confieso que no sentía estremecimiento mayor que el que me embargaba en cualquier acto consagrado a la revolución nicaragüense. El discurso de los ponentes, por lo común, era magro y confuso. Con todo, el racial Himno del Frente Sandinista del perjumen Carlos Mejía compensaba el desaguisado: “[…] rojinegra bandera nos cobija, ¡patria libre vencer o morir!”. Tras el último “morir” (en el himno, creo, moríamos tres veces) yo mismo atacaba los primeros versos de Comandante Carlos Fonseca (ta-ya-cán ven-ce-dor de la muer-te…): sobrevenía entonces la cuarta y, con ella, el trance colectivo. Ni que decir tiene que, cuando estos actos concluían, solíamos avituallarnos convenientemente hasta que los bares echaban el cierre. Recordará que, por aquel entonces, uno de los lemas que guiaba la praxis de la izquierda (también, también la de la izquierda parlamentaria) era “Lluita i marxa”. La derecha solía divertirse en bandidajes discotequeros: insignias en el ojal y mamporros a lo “no mires a mi novia”. La ultraderecha abofeteaba maricones a las puertas de la discoteca Martins o sacudía a punks (cautivos, borrachos y desarmados) en la infecta plaza del Sol. En 1986, ésa era la relación aproximada entre juventud, ocio y política. Apuro el trago: la política, entre los jóvenes revolucionarios de la izquierda, fue antes coerción que conversación. Y camión o melón antes que imaginación.
Esbozado el cuadro, va la firma: éramos jóvenes antisistema y alternábamos a Ivá y a Lenin. El Jueves y El Estado y la Revolución. Éramos antisistema y ese “éramos” es, tal vez, el único resto de objetividad que cabe rescatar entre aquel sectario “nosotros”. Entiéndase: jamás oí, ni siquiera en las zambras mas aciagas, algo así como “me siento trotskista” o “me siento flex”. Patéticos, sí, mas veraces. Tanto como quien muere de veras en lugar de creer morir. Fuimos insumisos y quien dio un paso al frente por ardor antiguerrero dio en el trullo, la trena, el chabolo. No abundo en el heroísmo, no, lejos de mí ese cáliz. Tan sólo constato que la diferencia entre ser y sentirse suele ser una palabra como cárcel. Algo, en cualquier caso, lo suficientemente grave y comprometedor (tal vez físicamente, pero sobre todo moralmente) como para orillar el ser para acabar en la nada.
Sentirse antisistema… Y actriz despechada, si pudiera. En cierto modo, semejante delirio no es más que otra vuelta de tuerca en la semántica del sentirse castrista, sandinista o menottista. Así y todo, el sentimentalismo antisistema presenta una formidable novedad: el tercer mundo ya no es el único tapete de ese pavoroso stratego. Hoy, la indigencia de la izquierda también se manifiesta en los (días de) asuntos propios y al Caribe se suman los okupas. El kilómetro sentimental ha muerto y cualquier oasis es admisible; cualquiera, incluso el charco más cercano, a cambio de no acometer el esfuerzo de describir la realidad, de anotar el mundo. ¿La izquierda actual? Champán en cantimplora. Y un coche oficial que apesta a sándalo.
Un abrazo


