30 de diciembre de 2006

22.35 La bomba explotó a las 9.00. El gobierno tardó cuatro horas y medio en informar que había un desaparecido. Estoy seguro de que los periódicos hablarán mañana sobre ese lapso, y las consecuencias generales para la llamada política informativa. Por lo demás, siguen desaparecidos. De momento, son dos.

20.50. Después de doce horas, y a la vista de las portadas digitales, y del ambiente general, pueden darse por plenamente desaparecidos los dos desaparecidos de la T-4. Si aparecen muertos ya será tarde para vincularlos a la propia bomba. Observo hechos sorprendentes para nuestro apasionado periodsimo. Por ejemplo: las tareas de rescate, el seguimiento de las tareas de rescate. ¿Hay tareas de rescate? ¿Hay escombros? ¿Hay previsión de cuándo acabarán o empezarán? ¿Dónde están los hijos, los padres, las hermanas, los amigos, a cada minuto dando testimonio? Es domingo, sin duda, y finales de Año, lo que incrementa la posibilidad de que los desaparecidos desaparezcan, desde luego. Pero estoy ya un poco nervioso, francamente.

18.35. Reaparece la (palabra) banda.

14.32. Del presidente del Gobierno, en su difícil comparecencia de la tarde, espero y espero que diga que el atentado demuestra que el Gobierno no ha entregado Navarra.

14.15. La tristeza y el desaliento que producen las repetidas afirmaciones de Rubalcaba: “yo no me lo esperaba”, “nadie se esperaba esto” (aunque hay discrepancias con el 64% de vascos estadísticos que sí parecían esperarlo) se incrementa por la polaridad del verbo esperar, que suele presagiar algo de carácter positivo. Así, no “se espera” la llegada de un ciclón en las próximas horas, sino que “se teme”. Es justo esa marca positiva de polaridad la que permite construcciones sobresaltadas del tipo: “No me esperaba esto de ti”. Es decir de alguien del que sólo esperaba buenas noticias, y en el que confiaba. Es esta confianza que le sale al verbo por las comisuras lo que dificulta la por otra parte imprescindible solidaridad con el ministro.

13.50. Dice Rubalcaba, en su pleno sentido del tiempo: “Si uno mira la prensa de ayer se dará cuenta hasta qué punto se hacen especulaciones.”

Los periódicos llegan esta mañana del horno realmente interesantes. Se prueba la importancia del factor “jornada”. Como aún existen los diarios de papel se aprecia perfectamente lo que un pedante llama, y va a ser ahora mismo, el corte epistemológico entre el día y la noche. El fenómeno sería mucho más difícil de apreciar contando sólo con los diarios digitales y la información/fluido, donde el dicho lo dicho dicho está se revela mucho más feble. Pero vayamos a los hechos. El País trae en portada una declaración de Zapatero: “En un año estaremos mejor que hoy”, afirma el líder socialista sobre ETA. Nótese el tambaleo del adverbio de tiempo. ¿Hoy por ayer?, como decían los antiguos. ¿Hoy por hoy?, como decía Gabilondo. ¿Hoy por mañana?, como dice la lógica implacable de los hechos. En páginas interiores el mismo diario dedica un interesante recuadro a un lapsus linguae de Zapatero, un accidente que sufre con mucha frecuencia, que empezó con su afección alérgica a las paronomasias y que evoluciona en un sentido grave. De este recuadro, y en su titular, sobresale un demoledor uso verbal: “El presidente confunde “accidentes” y “atentados”, escribe el diario de Luís Rodríguez Azpiolea. Lo extraño es que su editorial no reclame la inhabilitación inmediata del presidente del Gobierno, por incapacidad mental manifiesta. Leo, en efecto, y no sólo no la reclama sino que ni siquiera nombra el accidente. Los españoles prefieren un gobierno que llame accidente al atentado, antes que un gobierno que confunda accidente y atentado. Se lo digo yo, que soy español, plata de ley. Pero es la totalidad del recuadro lo que interesa al lector de papel: “¿Se está mejor cuando hay un alto el fuego permanente que cuando había bombas, como había hace un año? Sin duda. ¿Se está mejor que hace cuatro o cinco años, cuando además teníamos trágicos accidentes mortales? Sin duda. Es de sentido común, es una mínima apelación a la objetividad”, respondió Zapatero, cuando se le preguntó en qué se basaba para decir que la situación ha mejorado en relación con ETA. Pero el presidente cometió un lapsus y el Gobierno tuvo que aclarar por la tarde que “la interpretación correcta de las palabras de Zapatero, cuando habló de trágicos accidentes mortales, es la de trágicos atentados mortales”. La Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) se apresuró a acusarle de despreciar a las víctimas de ETA. Obsérvese cómo el diario de papel permite apeciar en qué se basaba. En la pieza central hay otro asunto interesante: “Recordó [Zapatero] cómo en su anterior comparecencia en La Moncloa, en febrero, en una rueda de prensa similar a la de ayer, vaticinó que pronto estaríamos en el “principio del fin de la violencia” y, un mes después, ETA declaró el alto el fuego”. Algo más abajo: “Es de sentido común afirmar que se está mejor cuando hay un alto el fuego permanente de ETA que cuando había bombas, como en las Navidades de hace un año.” Hace un año. Los diarios están viejos, se dice en el oficio cuando un hecho se instala en el no man’s land entre jornada y jornada. En esta jornada histórica se puede predecir la vejez: de un año. Hay un capítulo aparte: parece que el presidente Zapatero reclamó ayer objetividad: “Algún parámetro de objetividad tiene que haber en democracia y en este terreno la hay”. ¡Cierto! La objetividad es exactamente lo contrario de la famosa sentencia: “La política no está al servicio de las palabras sino las palabras al servicio de la política”. La objetividad. Los hechos que se perciben al margen de las convicciones. Y es que queremos un gobierno que no nos mienta. Hay, por último, un par de frases de papel que han adquirido de súbito una consistencia de hormigón: “El presidente ha perdido el sentido de la realidad”, declaró el portavoz del Partido Popular. O eso del 64 por ciento: son vascos que temen que Eta rompa el alto el fuego. Y el subtítulo: “La confianza en el fin del terrorismo cae 26 puntos en seis meses”.

Un día colosal, de proporciones épicas, para el análisis de las relaciones entre periodismo, política y realidad. Y de las relaciones entre presidente y accidente, vistas con la perspectiva analítica de la rima interna.

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