28 de diciembre de 2006

Topo con un recodo de esta historia. Concretamente de este párrafo. El recodo:
“— ¿Está usted segura de que se llama Moscardó y no Mascaró?
— Segurísima.
— Bueno. Moscardó. Yo no dudo ni un momento del valor de este militar, como no dudo tampoco del valor de ningún militar de nuestro ejército, sea cual fuere el lado donde le haya venido en gana tomar las armas, en el leal o en el faccioso. Que los militares españoles son bravos nadie lo ha puesto en duda nunca. Pero quiero decirle a usted una cosa: ese coronel Moscardó, presionado por los milicianos que había en Toledo, se refugió en el Alcázar. Allí tenía este jefe nada menos que mil trescientos hombres de guerra entre guardias civiles, oficiales, cadetes y falangistas; allí tenía todas las armas que quería, desde la pistola automática hasta la ametralladora igualmente automática; allí tenía cerca de doscientos caballos para comer carne todos los días durante luengos años; allí tenía finalmente harina para panificar sin límites. Y en la calle, dígame usted, Eduvigis, en la calle, ¿qué tenía el coronel Moscardó? En la calle, en cuanto pusiera el pie en la calle, el coronel Moscardó tenía la muerte. ¡Ah! Si una persona sabe que al salir a la calle le van a pegar dos tiros lo prudente en esa persona será no salir a la calle. El instinto de conservación no ordena otra cosa. Cualquier individuo que se hubiese encontrado en la situación de Moscardó habría hecho lo mismo que Moscardó. ¿Quién no? En el peor de los casos resistir era prolongar la vida unos cuantos meses. Pero es más, Eduvigis: cuando el comandante Rojo”, también militar de carrera, amigo de Moscardó, visitó a éste en nombre del Gobierno de la República para ofrecerle condiciones de rendición, estas condiciones sólo garantizaban la vida y la libertad a las mujeres y a los niños que había allí. Él y los demás varones adultos serían llevados a los tribunales militares… Es, pues, natural, es sensato, es consecuente, es humano, es animalmente instintivo (pero no es heroico) que Moscardó dijera que no, que Moscardó optara por vivir unos meses más. Lo heroico habría sido lo siguiente: que Rojo le hubiera dicho a Moscardó que el Gobierno le concedía a él y a los suyos una amnistía sin peros y que Moscardó la hubiese rechazado en redondo y hubiese continuado la resistencia. También habría sido heroico si Moscardó se hubiese echado a la calle a pelear y a morir. No asomarnos a una ventana porque sabemos que nos van a pegar un tiro en cuanto nos asomemos no es hazaña de héroe sino prudencia dictada por el sentido común. Mascaró, digo, Moscardó fue prudente desde el punto y hora que hizo lo que debía hacer para salvar el pellejo, esto lo admito sin rebozo; heroico no lo fue de ninguna de las maneras.
Calléme. Calléme porque di por demolida de una vez para siempre la leyenda del Alcázar.”
Pero, sobre todo, encuentro a Esteban Salazar Chapela, y un libro extraordinario: En aquella Valencia. Del periodista malagueño había pocos datos hasta que empezó a ocuparse la profesora Francisca Montiel, autora de una tesis sobre Salazar. Montiel ha anotado también, con gran oficio, el libro sobre Valencia, capital republicana y ha escrito la introducción de una antología de textos de Salazar que se publicará dentro de unos meses. Respecto al desconocimiento general sobre Salazar no hay que romperse demasiado la cabeza: era periodista, escribía sin retórica, ridiculizaba a Franco llamándole cuco, ¡cuco!, y describía la retaguardia republicana como una orgía de whisky y Lucky Strike. Carne de paredón y si no, de olvido.


