14 de diciembre de 2006
Asociación de la Prensa de Madrid
Informe Anual sobre la profesión periodística (2006)
La verdad en el self service
La práctica ha empezado a corregirse, pero aún es visible en muchos medios. Consiste en cubrir una manifestación y redactar el siguiente lead: “Diez mil manifestantes, según los organizadores, y cuatro mil según la policía municipal asistieron ayer a la manifestación convocada en salva sea esa parte para protestar por la eliminación de los pasos cebra, decretada por el ayuntamiento de la ciudad.” Es un ejemplo elemental pero metaforiza la irresponsabilización del periodismo. Respecto al número de asistentes a la manifestación en el bulevar, la consigna del periodismo a los ciudadanos es clara: “Saquen ustedes la media.”
Hay una versión más sofisticada del procedimiento y que puede datarse en el tiempo y en el espacio. La última huelga general convocada en España (el 20 de junio del 2002, mientras gobernaba el Partido Popular) provocó un paisaje mediático inolvidable. Los periódicos y los informativos audiovisuales se dedicaron a recoger (y casi siempre con la habitual y pintoresca infografía), las versiones sobre el seguimiento de la huelga que proporcionaron el gobierno y los sindicatos. De cada comunidad autónoma se levantaban dos falos: el de los sindicatos era mayúsculo y el del gobierno apenas un cacahuete. Aún hoy se desconoce hasta qué punto la huelga fue general en España. Sin embargo, lo más interesante sucedió a los pocos días, y en pleno desconcierto numérico: los principales periódicos publicaron con gran relieve tipográfico los resultados de diversas encuestas que habían encargado y que llevaban una pregunta central: “¿Cree [sic] usted que hubo huelga el pasado 20 de junio? Es decir: primero se localizaba la verdad en un punto equidistante de dos extremos, ¡y a cargo del contribuyente!; luego se renunciaba a ella. El creer sustituía al saber. Y la estadística al reto epistemológico del periodismo.
Más allá de lo llamativos que puedan resultar estos dos ejemplos lo cierto es que son útiles para metaforizar el principal problema del periodismo español. Este problema podría enunciarse del modo siguiente: “En cuanto a la verdad, sírvase usted mismo.”
No creo que sea necesario subrayar (aunque para decirlo con total sinceridad, tampoco estoy demasiado seguro) las diversas agresiones a la razón que subyacen en este enunciado. La más elemental, la confusión entre hechos y opiniones, denunciada con particular belleza y virulencia por Hanna Arendt en su Viaje a Alemania. También la ya citada superstición topológica de creer que la verdad se halla en un punto equidistante de dos mentiras. Cualquiera de estas perversiones obedece a un fondo escéptico que ha cuajado con gran facilidad en la cultura española. El relativismo posmoderno encontró un gran aliado en la Dictadura y la desconfianza general que diseminó entre los ciudadanos. A mi juicio, las dos principales herencias del franquismo, mucho más vinculadas entre sí de lo que parece, son la inutilidad del esfuerzo y el desprecio por la verdad. Ambas están vivamente representadas en nuestro periodismo.
El trato de la verdad como materia opinable está también relacionado con otra característica del periodismo español. No se trata de un rasgo autóctono; pero creo que en pocos lugares como en España las opiniones se conciben como fortalezas donde cualquier presunto caballo de Troya es puesto en fuga. Hace algún tiempo viví, en este sentido, una experiencia muy pedagógica. Por azares coincidí en dos días diferentes de la misma semana, y en la ciudad de Madrid, con dos periodistas en apariencia muy dispares. Uno era Lluís Bassets, director adjunto de El País y encargado de sus páginas de opinión, y el otro Federico Jiménez Losantos, responsable del programa matinal de la Cadena Cope, y columnista de El Mundo. No consigo recordar por qué acabé hablando con cada uno de ellos de lo mismo: es decir, del medio como rígida cosmovisión, como trinchera de opiniones. Uno y otro coincidían de manera admirable, de una manera fatal y calcada: el pluralismo mejor en el kiosco. Ambos pensaban que en el kiosco o en el dial, frente a diversas ofertas nítidamente diferenciadas, ya sacaría el ciudadano la media.
Este punto de vista retrotrae el discurso periodístico a los años de la prensa de partido y contradice las formas lectoras digitales, repelentes al blindaje y caracterizadas por la incrustación. Pero más importante aún que verificar su anacronismo es analizar el singular estatuto que otorga a las opiniones. Las opiniones sufren muchos malentendidos en nuestra época. Uno de los más viciosos y dañinos es que todas valen lo mismo. Es decir, que tanto vale el relato creacionista del presidente Bush como la teoría del Big Bang. No es así, por supuesto, y valga señalar la sublime diferencia: el relato creacionista lleva siglos inmóvil e inmóvil seguirá a riesgo de perder su naturaleza. Al relato científico le pasa todo lo contrario: sólo él puede falsarse. O lo que es lo mismo: sólo él puede incorporar conocimiento. Este rasgo objetivo de las opiniones es lo que la exigencia de credencial ideológica (antes que falsar) falsea. Las opiniones tienen valor al margen de las convicciones del que las encarna: el valor viene dado por el mecanismo argumental y estético con que son expuestas y por su capacidad de establecerse como “hechos en precario”. Cuando un medio de comunicación prima la cualidad adhesiva de las opiniones por encima de su calidad técnica está empobreciéndose; pero sobre todo está lanzando un mensaje intelectual y moralmente muy peligroso: el de que, en realidad, todas las opiniones son adhesiones y que sólo se trata de elegir por qué lado de la cinta pegan.
La operación de privar a las opiniones de su mecanismo racional y enfatizar su vertiente puramente emocional, axiomática (como si todas las opiniones fueran del tipo: “adoro el color verde”) sólo es el primer paso de una operación de mucha mayor envergadura, pero lógicamente prevista: quitársela a los hechos. Respecto de los hechos hay que recordar que raramente se presentan de cuerpo entero ante el hombre. La abrumadora mayoría de las veces, se trate del tsunami asiático o la matanza de Madrid, el ciudadano decide ante ellos por indicios, vestigios, fragmentos indirectos, a los que sólo el mecanismo racional proporciona autoridad. Podría decirse que por debajo de la percepción de un hecho cierto hay para cada hombre un inmenso caudal de opiniones fundadas. Entre ellas, por apropiado ejemplo, la de que los periódicos no mienten. No creo que sea difícil comprender lo que sucede cuando las opiniones se apoderan del espacio público en razón de su capacidad agitadora, emocional, adhesiva, y no en razón de su solidez racional: los hechos acaban teniendo los pies de barro. Y, en consecuencia, no ha de extrañar que se propongan distintas versiones de los mismos. ¡Cada cual tiene su hecho… y es respetable!
Es así, bajo la influencia de este muy perverso y desmoralizador mecanismo como se han instalado dos falsas versiones nucleares de los hechos del 11 de marzo, el más dramático de la reciente historia española. Una dice que hubo una conspiración para derribar al gobierno Aznar: Y la otra que ese mismo gobierno mintió al país entre los días 11 y 14 de marzo. Ningún dato las avala. Es más: los datos avalan lo contrario : pero debajo de cada una de esas versiones hay un cúmulo de opiniones deshuesadas de cualquier aspiración razonable. Para comprobar hasta qué punto han roído esas opiniones fantasmagóricas el núcleo veraz, debe citarse una anécdota. Que es, como todas las buenas anécdotas, pura categoría. Aún hoy hay disparidad entre el número de muertos en el atentado. (Espero que no se diga que es una disparidad leve, porque, al fin y al cabo, no viene de un muerto.) Hay medios que cifran en 191 los muertos y otros en 192. En el inmediato pasado el Rey de España y el presidente del Gobierno llegaron a utilizar en discursos oficiales la cifra de 192. No: en el atentado de Atocha murieron 191 personas. Yo no las conté, ciertamente. No recogí sus restos ni los enterré. Pero sé que son 191 muertos, porque aún aspiro a distinguir entre opiniones. La disparidad se debe, en algunos comentaristas avisados (que no son todos, ni mucho menos) a la inclusión entre las víctimas del Geo muerto en Leganés. Es una adición injustificable y casi estúpida: entre otras no leves razones, porque esa lógica obligaría a incluir a los miembros del comando islamista. Pero si lo hacen saber (prueben) les responderán:
—Ah, bien, ¿191 dice? Bueno, bueno, ésa será su opinión.




