5 de diciembre de 2006
Un gobierno vegetal
Dado que los beneficios económicos de las empresas de comida rápida no dejan de bajar, se entiende que el Gobierno socialista español haya querido echarles una mano. Lo están haciendo muy bien. Hasta la aparición de Elena Salgado y amigas la comida rápida lindaba con el hacinamiento moral: ya se está convirtiendo en un acto de libertad. Más irrisorios son aún los esfuerzos de las feministas concretas. Han criticado el tipo de hombre cavernícola que se desliza de los modelos publicitarios de la nueva campaña de Burger King. Estas mujeres tan razonables no han entendido todavía que la publicidad (desde hace años muy de vuelta ya de sí misma) no vende tipos de hombre, modelos de conducta, sino tipos de sueños. Y como sueños, fragmentarios, efímeros e imposibles de confundir con la realidad.
Nadie elige ser un cavernícola para pedir un crédito, arropar a los niños o lavarse la dentadura, es decir, para encarar las tareas de la vida. Pero hay momentos para jugar (soñar) a cavernícolas. A ellos se dirige la publicidad del Burger, ésta que las feministas concretas ensalzan día a día y que va acabar llevándome (en mi global desmoronamiento) a entrar cualquier noche, y por vez primera, en una fonducha King. Las torpes feministas concretas parecen desconocer, además, que el asunto de la carne no es simple, y que la campaña hamburguesa tiene un punto de anclaje en necesidades humanas perfectamente descritas (Marvin Harris, por ejemplo, y su impagable Bueno para comer). Entre estas necesidades, aunque las concretas lo desconozcan, está morder; ese diente en exigencia de carne que, después de algunos días sin probarla, se afila en los hombres y las mujeres que atienden a su naturaleza.

Si la ministra Salgado quiere hacer algo por los ciudadanos, sobre todo por los jóvenes, que lea Fast Food, de Eric Schlosser, y lo aplique. A salvo de algunos excesos, es un seco reportaje sobre el negocio. Inútilmente buscará la ministra pavadas culturales. (Bueno una: la hermosa cita de Robert Lowell: «Un salvaje servilismo se desliza con la grasa». Aunque la grasa original y surreal del poema, ¡maravillas de Google!, provenga de pez del acuario de Boston.) Por lo demás, es un preciso y tremendo reportaje sobre las condiciones laborales de las vacas y de los hombres y una completa exhibición de esos empresarios a los que tanto les da hacerlo bien o mal, y a los que en consecuencia hay que obligarles a hacerlo bien. Análisis de grasas, metros cuadrados, presencia de bacterias, contratos de explotación: lo que debe hacer un Gobierno. Todo lo demás no son más que argumentos para la rebelión contra este Gobierno en fondo y forma vegetal.
(Coda: “Cuando transcurren dos o tres días sin carne, las mujeres se reúnen, se adornan con abalorios y pinturas faciales y acorralan, uno por uno, a cada varón de la aldea. Suavemente, tiran de su camisa o de su cinturón y le cantan una canción: Te enviamos al bosque: tráenos carne.” Marvis Harris, Bueno para comer)
(Recodo)
—Espasa, ¿recuerda lo que decía el difunto Montalbán sobre la lucha final?
—Agrupémonos todos.
—No, cuando no bromeaba.
—La lucha final será entre comunistas y excomunistas
—Caramba.
—Memoria y barajar.
—Pues bien, se equivocó: la lucha final va a ser entre machos y hembras.
—Pero eso fue el principio.
—La historia se escribe en cua de peix. Por cierto: las escaramuzas serias van a empezar en Francia.
—Albada del mundo.
—Hummm… Más bien entre chien et loup. Con Francia nunca se sabe si es albada o crepúsculo.
—¿Y bien?
—Ségolène et Nicholas.
—Veo que se toma confianzas.
—No: es parte de la tesis. Van a ser las primeras elecciones claramente sexuales. La ideología ha muerto y ya sólo cuenta el sexo. Macho y hembra, puramente
—Sugerente.
—Pero veo que le macho Nicholas blandea, últimamente.
—Quiá, sólo es parte del cortejo.




