26 de noviembre de 2006
Murió el cadáver.
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La estupidez política de haber convocado seis manifestaciones contra la rendición está provocando un grave problema moral: las víctimas cada vez son menos.
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Al mando del Alcaraz ciego y loco las víctimas regresarán, por un camino inesperado, al sumidero del breve periodístico de los ochenta.
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En el tiempo estricto (3’’) en que una víctima dice ¡Zapatero mamarracho! deja de serlo. Eso sólo puedo decirlo yo. Una víctima está demasiado ocupada.
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De las crónicas deduzco que no hubo un solo grito contra los pastores. Por ejemplo: “Capellanes, ¡que os perdone Dios!” Y es raro, porque respecto a la rendición, son los que más y mejor han concretado.
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Después de tantos años, habré visto cantar a Tata Cedrón. Dar dos pasitos al frente, pellizcar la guitarra y empezar, muy bajito, con cosas de ladrones. Fue en la inhóspita Barcelona, en su inhóspito tanatorio, sala 3. Pero fue. La mayor parte del recital estuvo dedicado a Homero Manzi. Ha musicado, tangueado, un puñado de poemas inéditos que el hijo de Manzi le iba dando por la calle, como quien reparte estampas. Leves, populares, con la acostumbrada elegancia del poeta muerto joven. Manzi, contaba Cedrón, hizo poemas y otras muchas cosas: política y el plano de la ciudad de Buenos Aires, entre las más señaladas. Toda su poética quedó lista en los dos o tres años de estudiante en el Boedo Antiguo. Y Juana la Rubia, que tanto amó. Cedrón lo contaba anteanoche, con su voz de monstruo amigo.


