24 de noviembre de 2006

La tremenda fotografía de Ap que publica El País. Un baldío que atraviesan hombres en dirección a la la próxima matanza. Charcos y chatarra. La criminal invasión de Irak fue también un error. Aunque esta foto es tan hija de Sadam como la limpieza étnica de Bosnia lo fue de Tito.
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“Pero no deja de ser preocupante que las ideas restrictivas del lamentablemente asesinado Pym Fortuyn se hayan convertido ya en las dominantes”, dice el editorial de El País y su primer adverbio.
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Impresiona asomarse al debate sobre el concepto de nación en el Quebec. La impresión está asociada a la evidencia, profundamente antinacionalista, de que los debates se repiten, con iguales características, en todas partes. Si en España se debate el par nación política/nación cultural el embrollo quebequés opta por nación jurídica/nación sociológica. Como en España, también los críticos hablan allí de un debate puramente semántico, con el sentido puesto al servicio de la política. El primer ministro, el conservador Harper, acaba de proponer que el Parlamento reconozca al Quebec como nación. ¡Pero en un Quebec al Canadá tan unido como la realidad nacional andaluza a la madre España! Y la propuesta no es otra cosa que la réplica a una moción de los independentistas, dirigidos por Gilles Duceppe, que pretenden que el Parlamento acepte a la nación quebequesa, sin referencia alguna a la indisolubilidad canadiense.
Vislumbrando la derrota, como nuestro (más bien suyo) Ibarretxe, Duceppe subraya que ni gobiernos ni parlamentos torcerán, a la larga, la voluntad de los patriotas. Por si no faltaran paralelismos, el concepto nación se utiliza como un arma que va y viene desde el centro de un debate puramente partidista. El Partido Liberal celebra su congreso en diciembre y la aceptación de la definición nacional del Quebec es la más llamativa de las polémicas internas.
El debate produce la tristeza suplementaria de ver en el barro, y cada vez más hundidos, a dos hombres inteligentes. El primero Michael Ignatieff, brillante ensayista, autor de una hermosísima biografía de Isaiah Berlin y de un libro central sobre el terrorismo, que dejó su cátedra en Harvard para regresar a Canadá después de 30 años. Ignatieff apoya el reconocimiento nacional del Quebec, aunque dentro de la federación canadiense, y a la manera del primer ministro Harper. Todos los argumentos que le he leído son torpes, oportunistas, y están basados en la degeneración de las palabras que tanto combatió en El honor del guerrero. Su rival es Stéphane Dion, ex ministro, y autor de La política de la claridad, un libro resuelto y optimista contra la secesión canadiense. Si al principio (y fiel a ellos) Dion se opuso a cualquier fórmula de compromiso, ahora parece buscarla y algunos de sus portavoces señalan que tal vez acabe aceptando el concepto de nación sociológica, si le sirve para disputar a Ignatieff, con garantías de éxito, el liderazgo liberal. No se me ocurre nada más opuesto a la política de la claridad que ese abyecto funcionalismo de nación sociológica.
El caso prueba muchos rasgos bien conocidos sobre el letal debate nacionalista. Entre ellos, destacadísimo, su efecto sobre la inteligencia, del que Dios nos guarde.
(Coda: «La verdadera cuestión es saber cómo, por qué procedimientos, los quebequeses que no quieren la nación canadiense podrían retirársela a los quebequeses que quieren conservarla» (Stéphan Dion, La política de la claridad, Alianza 2005.)
Recodo
–Espasa, lo de Ignatieff no es tan sorprendente. –Usted dirá. –Berlin fue su maestro. Berlin fue altamente comprensivo con los idealistas alemanes y la nación cultural. –Berlin y el nacionalismo es una interpretación inacabable. –Nos caía bien, eso es todo. Por lo demás, ya sabe: el nacionalismo es la principal prueba del fuste torcido de la humanidad.




