30 de octubre de 2006
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Ayer, sobre las ocho y media de Tarrasa, Habib Dembélé hizo entrar en su estudio fotográfico a los miembros de una familia. Fueron pasando el niño, las niñas, los adolescentes, el hijo mayor, el padre, y él los recibía en su cuerpo con apenas un gesto y una inflexión en la voz, dando lugar a la más prodigiosa escena de actor (y están incluidas todas las de su Hamlet) que yo haya visto en un teatro.
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Hay algo que no funciona en absoluto en la crónica que Sol Gallego dedica hoy a Ciutadans en El País. Tratándose de una periodista inteligente y honrada aún funciona menos. Parece que alguien dijo en Bellvitge: “Que más quisieran en el País Vasco que poder dar un mítin como éste en mitad de un parque y sin policía a la vista”. Y la periodista añade: “Los impulsores de Ciutadans han sufrido varios incidentes en reuniones en medios universitarios, pero Rivera, al menos de momento, no ha tenido el menor problema para recorrer las calles de Barcelona con su rotundo mensaje antinacionalista”.
Lo primero que no funciona es el adjetivo rotundo. Lo segundo el adjetivo menor. Y aún funcionan menos si se les une en compromiso indisoluble. Lo tercero es la desnuda evidencia de una pregunta: ¿Y por qué habría de tener problemas Rivera? ¿Acaso no es ya un problema, y serio, que se dé como noticia la ausencia de problemas? El cuarto desajuste es fáctico: Rivera ha tenido problemas. A Rivera le han pintado dianas en la barriguita y en el occipital. Le han roto cristales y ruedas del autobús que lo lleva de aquí para allá. Y le interrumpieron la partida hace dos días unos cuantos energúmenos en Sant Cugat, aunque ciertamente Sant Cugat no es Barcelona, sino provincia. El quinto también es fáctico: los promotores de Ciutadans han tenido muchos problemas, y no sólo en los medios universitarios. Tengo a mano este informe sobre la campaña estatutaria: cabe añadir que la gran mayoría de los actos estuvieron fuertemente protegidos por la Policía. El último problema grave sucedió el 23 de septiembre cuando una militante del partido recibió el impacto de un mechero en el ojo por defender (en la calle) el derecho de Elvira Lindo a hablar en castellano.
Dado todos estos antecedentes, lo que menos funciona, sin embargo, es que Sol Gallego no se haga esta pregunta: ¿por qué, durante la campaña electoral, han disminuido en gravedad y frecuencia los problemas que cualquier antinacionalista tiene en Cataluña para expresar lo que piensa? ¿Por qué no se han repetido las agresiones de Martorell a miembros del Partido Popular? ¿Es que cree la periodista que un ataque de súbita bondad catalana ha paralizado el músculo de los muchachos? ¿Es que no sabe Sol cómo funciona un mando a distancia?
Hombre, hombre.


