30 de septiembre de 2006

Las descripciones ahogan la lectura de Balzac. Incluso la de sus novelas más enérgicas, como Las Ilusiones perdidas . Mientras el autor pasa los dedos por las cornucopias el lector padece la misma desmoralización que cuando aprieta un link que existió y que ha desaparecido. Balzac not found.

Dos noticias

Querido J:

Hace 15 días salió el ciudadano Ahmed Tommouhi a la calle después de 5.424 días en la cárcel. Tanto el fiscal de la Audiencia de Barcelona como el Tribunal Supremo tenían «dudas razonables» de que Tommouhi fuera el autor de los graves delitos -violaciones- que se le imputaban. Tenían tantas dudas que recomendaron al Gobierno la tramitación del indulto. El Gobierno era entonces el del Partido Popular y no lo hizo. Luego vino el del Partido Socialista y tampoco lo hizo. En fin, tú ya conoces lo fundamental de esta historia sórdida y cruel. Sin embargo, quizá hayas olvidado que había otro hombre en ella, acusado de los mismos delitos. Se llamaba Abderrazak Mounib y murió a finales de abril del año 2000, en la cárcel donde llevaba, como entonces Tommouhi, nueve años. Murió un año después de que fiscales y jueces hubieran expuesto públicamente sus «dudas razonables». Mounib es el autor de la frase fundamental de este asunto: «Acepto los errores. ¿Pero algo que dura tanto es un error?».

Mira… El otro día se hacía en un periódico una insinuación significativa. Señalaba directamente al prejuicio. Venía a decir que los conservadores no habían puesto en libertad a Mounib y a Tommouhi por racismo y los socialistas por feminismo. Naturalmente, se trataba de una versión muy favorable para la izquierda. Viniendo de la izquierda, la injusticia siempre es hija del exceso; pero si viene de la derecha, es hija del mal. Y lo que pasa con los dos magrebíes pasa también con las dictaduras. Es probable que el prejuicio los condenase, frase atroz. Acepto el error, decía Mounib. Pero no hubiese durado tanto sin la aportación inmoral de la desidia. No sólo la obvia, de jueces, fiscales, policías y políticos. Hay un gremio en Cataluña cuya pasividad ante los asuntos civiles es luctuosa. Repaso la hemeroteca que el ejemplar ciudadano Manuel Borraz tiene en su web. Durante los 14 años de prisión ningún filósofo, novelista, poeta, esteta o dios menor creyó oportuno derramar una línea sobre el asunto. Ocupantes habituales y bien pagados de los periódicos, mendicantes fracasados tantas semanas del Tema (¡no tengo Tema!), jamás creyeron necesario formarse una opinión (y formarla) sobre el asunto. No es una excepción: tampoco, lo sabes bien, creyeron necesario alzar su voz, ni que fuese meliflua, ante la injusticia del caso del Raval. Su opacidad ante el realismo sólo presenta las salvedades de la distancia (¡paz en el mundo!) o de alguna forma alambicada de subvención.

La injusta prisión de los magrebíes ha sido también un problema de opinión pública; o más bien de su inexistencia. Hubo un momento, por cierto, en que la pasividad de la opinión alcanzó límites repugnantes. Hace algo más de un año, en un programa de la televisión pública, Al filo de la ley, se dramatizó el caso. Con leves retoques. Es verdad que al violador le llamaban Mounib. Es verdad que era acusado injustamente de violación. ¡Pero el ADN lo salvaba y volvía a su casa! ¿Crees que hay una manera más intensa de explicar lo que es la crueldad mediática? ¿Algún ejemplo más vivo de la degeneración de un oficio? Pues bien: de la salvajada sólo vi que se hacía eco Manuel Trallero, en el diario La Vanguardia.

El martes por la tarde fui a ver a la familia Mounib. A lo que queda de ella. Me costó encontrarlos, porque habían derribado el viejo edificio de la calle Metges, donde vivían, muy cerca del Mercado de Santa Catalina. La renovación de ese trozo de barrio es tal que ya no sé si existe la propia calle Metges. Lo cierto es que el Ayuntamiento trasladó a los Mounib a un edificio de nueva planta, al otro lado del Mercado. Hace poco tiempo. Tal vez un año o dos. Pero ya amenaza ruina, como quien dice. El vestíbulo está rebozado de grafitis. Juraría que vi rodar por el suelo esas bolas de polvo, matojos y borra, típicas del western, que algún nombre deben de llevar. Como no quedaba ningún buzón claro e indemne y no sabía el nombre del piso esperé hasta que llegó un padre joven con su hijo.

- Es el cuarto.

La viuda, Fátima, abrió la puerta. Apenas una rendija, al principio.

- ¿Es usted la viuda del señor Mounib?

- Sí, ¿qué desea?

- Escribir algo sobre lo que pasó con su marido.

Enseguida abrió del todo. En el salón, tumbado estaba uno de los hijos, de 19 años, viendo la televisión. Se incorporó, algo se incorporó. La viuda me invitó a sentarme.

- ¿Cómo han pasado estos años?

- Mal. Cuando metieron en la cárcel a mi marido yo tenía cuatro hijos, el más pequeño de tres años. Ha costado mucho.

- ¿De qué ha vivido?

-De trabajos por aquí y por allá. Ahora ayudo en el mercado. Cuando mi hijo mayor empezó a trabajar fue un poco más de ayuda.

- ¿Le ha ayudado el Gobierno?

Fátima sonrió casi con dulzura, y de pronto pareció mucho más joven, como si el gesto hubiese abierto una costra y debajo se viera la carne buena.

- Nunca. Hasta me quitó el Pirmi.

El llamado Pirmi es el escalón inferior de la asistencia. De él viven los que no tienen nada en absoluto. Pirmi y contenedores; éste es el plan de desarrollo de algunas vidas urbanas.

Llega el hijo mayor, Abdelouahb, con su novia de Larache.

- ¿Nunca ayudaron a su madre?

- Ni el Pirmi -repite, sin haberlo oído.

Es decir, la sentencia del ciudadano Abderrazak Mounib: ¿puede durar tanto un error? Un hombre pasa nueve años en la cárcel acusado injustamente de un crimen. Fiscales y jueces piden el indulto. El hombre muere en la cárcel, víctima del corazón y la diabetes, antes de que el Gobierno resuelva. Y el Estado es incapaz de encontrar un mecanismo compensatorio que alivie la situación de su familia. Un mecanismo que registre, al menos, las dudas razonables. Una extensión del Pirmi. Una irregularidad tramitada. Algo, ¡coño!, cualquier gesto que demuestre que el Estado no es una máquina ciega, sorda y muda. Alguna administración. ¿Acaso no hay tantas? Algún principio, adjunto al de subsidiariedad. Detrás de un error judicial se acostumbra a ver a un hombre en su celda, hundido y cabizbajo. Ésa es la imagen del signo lingüístico llamado error judicial. Pero un error judicial es un alud, y en este salón están algunos de los que quedaron atrapados.

Abdelouahb recuerda la mañana que él y su madre llegaron a la cárcel a llevarse el cadáver. No sabían a qué iban. Sólo que habían llamado para que se presentaran con urgencia. Era mucha porque les pagaban el taxi. Cuando llegaron a la explanada de la cárcel estaban los periodistas con su armatoste y su estrépito. Antes de bajar del coche, la madre le dijo. «Esto sólo puede ser por nosotros. Y si es por nosotros sólo quiere decir que tu padre ha muerto». Un funcionario los llevó hasta el despacho del director. Así habló el director al hijo.

- Tengo que darte dos noticias. Una buena y otra mala.

- Pues deme la mala.

- Tu padre ha muerto.

Abdelouahb dice que nunca le dijeron cuál era la buena. Pero yo creo que sí. Yo casi creo comprender al funcionario. Al fin y al cabo estaba allí tratando de vender la muerte de un inocente. Tu padre ha muerto era la buena.

Sigue con salud

A.

Releo el artículo de hoy, con la intención de elaborar su versión digital. No es posible, al margen de la posibilidad de establecer unos cuantos links documentales, más o menos obvios. El artículo incluye un pequeño trabajo al aire libre en casa de la familia Mounib. De haber ido con algún ingenio digital (es decir, de haberlo planteado como un trabajo pluricelular) toda la última parte del texto podría haberse convertido en imagen y sonido. Por supuesto del texto no se podría prescindir; pero sólo como un andamiaje que se retira cuando acaba la obra. Todo lo que pueda grabarse no merece la pena ser descrito. En primera instancia, literatura es la organización de esas grabaciones. Luego, una plancha caliente que se pasa sobre la vida, entendida la vida como tinta simpática. La escritura digital tiene una particularidad: todo lo que produce se lee, sea palabras, imágenes o sonidos. Esto lo distingue radicalmente de la televisión, donde todo, incluidas las palabras, se ven o se oyen (voz en off). Su sintaxis es mucho más compleja que la que ha producido hasta la fecha la televisión. La televisión no ha pasado del corte binario: testimonio, planos de ambiente, testimonio, plano de ambiente, testimonio.

Lamento no tener la grabación del hijo de Mounib cuando me explicaba las dos noticias. Fantaseo con el efecto de un you tube al que hubiese aplicado el texto final: Tu padre ha muerto era la buena. Fantaseo, aunque inseguro.

Luego está el problema del trabajo, del bricolage. Lleva mucho tiempo ser sutil.

Y la preocupación de que el link proceda como un grosero abrelatas de metáforas.

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