27 de septiembre de 2006

Este texto de Robb sobre los años de Caravaggio en Roma.

“A partir de ese momento de 1595 todos los acontecimientos de la vida romana de M giran en torno a ese punto. Durante los diez o doce años siguientes nada ocurriría a una distancia mayor de cinco minutos a pie. El epicentro era esa pequeña plaza con la iglesia francesa de San Luigi y el gran palacio Madama de los Medici separado de ella por un estrecho callejón. Durante los cinco siguientes el palacio Madama sería el hogar de M, su universidad y refugio en momentos de peligro. Y ésa fue la iglesia donde —cinco años más tarde— transformó el arte europeo con su primera obra pública y también donde recibió el primer rechazo humillante. Bajando el estrecho callejón se llega pronto al vasto y promiscuo espacio de la plaza Navona, que para M fue escenario de encargos, otros asuntos, encuentros amistosos, ataques violentos y arrestos policiales. Volviéndole la espalda y dejando atrás la iglesia y el palacio Madama tenemos delante la fachada del palacio Giustiniani, residencia del banquero Vincenzo Giustiniani, el hombre más rico de Roma, que estaba a punto de convertirse en el comprador más inteligente y comprometido de la obra de M. Uno de sus servidores fue quien hirió a M. De esa plaza sale a la izquierda la calle Bella Scrofa, escenario de muchos actos violentos en los que participó M, que llevaba poco más allá al campo Marzio, donde después el pintor alquiló una casa, donde vivían los Cesari, donde estaban las canchas y se produjo la pelea callejera terrible y fatal que puso fin a su vida romana. Más adelante, la misma calle llevaba al otro gran espacio público de la plaza del Popolo. En un breve radio alrededor de plaza San Luigi estaban las iglesias que guardarían sus grandes cuadros públicos y los palacios de los otros mecenas y protectores que tuvo entre los grandes de Roma: los Crescenzi, los Mattei, los Colonna. El futuro palacio Borghese estaba a tres minutos de distancia. Era imposible prever los acontecimientos que vendrían, pero desde su llegada al palacio Madama ya estaba determinada la matriz de la vida de M en Roma.

Y así fue conocido por el cardenal Del Monte, el cual por gustar de la pintura lo alojó en su casa. Y ya teniendo mesa y mesada, adquirió ánimo y confianza y pintó para el cardenal un concierto de varios muchachos tomados del natural y muy bien. También pintó a un muchacho tocando el laúd y todo parecía muy vivo y verdadero: había un jarrón con flores lleno de agua, y se percibía de modo extraordinario el reflejo de una ventana y otras cosas de la sala en el agua. Y sobre esas flores había rocío fresco fingido con la más exquisita diligencia. Y eso, a decir del mismo M, era el cuadro más hermoso que había hecho.

Al recordar los primeros y modestos éxitos del joven M como protegido de Del Monte, Giovanni Baglione parece sinceramente entusiasmado, un admirador generoso. No muestra nada del resentimiento y rencor que exhibirá algunos párrafos más adelante al describir el primer triunfo público de M. Como artista de cámara que pintaba obras privadas para su protector, M no representaba ninguna amenaza para el Baglione que apuntaba a las grandes encomiendas de la Iglesia en la abierta competencia del arte romano. Cuando M salió del palacio Madama para participar en la carrera, todo cambió, incluyendo los sentimientos de Baglione hacia su arte. Pero hubo algo más. En el recuento de los años con Del Monte, Baglione recordaba a un M distinto del posterior pintor. El esbozo convincente, por conciso, del joven pintor que, liberado del acoso del hambre y la precariedad, se deleitaba en la creciente destreza de sus hermosas pinturas de jóvenes hermosos, era de una época —la segunda mitad de la década de 1590— en que M sólo era conocido por los cuadros que pintaba. Es posible que lo que aprendía en ese centro de la nueva cultura y las habilidades técnicas que desarrollaba como pintor lo absorbieran por entero. Es posible que durante los pocos años en que vivió con Mario en el palacio Madama, M fuera feliz. Su arte lo era. Evidentemente también Mario se había mudado con él. Francesco María Bourbon Del Monte tenía alrededor de cuarenta y cinco años y era un diplomático consumado. Sabía cubrir sus huellas. Era el confidente del archiduque de Toscana, Fernando I de Medici, y el representante de los Medici en Roma, y al parecer sus contemporáneos nunca penetraron más allá de la agradable superficie que presentaba al mundo.

«Del Monte es un caballero, un músico excelente, disfruta una broma, toma el mundo como viene, vive y deja vivir, y es amigo de algunos literatos», dice un vago informe anónimo de 1603. Otro, de 1599, describía sus «maneras afables y graciosas» y cómo había logrado ganarse al papa Clemente II y a su sobrino el cardenal Pietro «por su modo agradable», pese a la desventaja que representaba su vinculación con los Medici. Del Monte vivía con discreción en el centro del poder en Roma y, en general, conseguía ganarse la simpatía de todo el mundo. Manejaba un gran poder, aunque al igual que el dinero del que vivía con gran estilo, nunca fue suyo en realidad. Representaba los intereses políticos y culturales de los Medici en Roma con gran inteligencia y eficacia, y durante todos esos años cultivó con vehemencia su propio jardín privado de estudios avanzados en arte, música y ciencia, facilitando las transiciones entre intereses públicos y privados con una intensa actividad de fiestas y chismes. En esa época de criterios estrechos y represión ideológica, todos los intelectuales tenían que andar con mucho cuidado, y en particular los que estaban dentro de la propia Iglesia.

Como experto en arte, Del Monte tuvo la agudeza necesaria para reconocer, de manera instantánea, el potencial pictórico de la inusitada forma que el joven M había filtrado en Los tramposos, un retrato brutalmente realista de los bajos fondos, a través de la luminosa delicadeza veneciana. Había percibido cierta vibración erótica en las primeras obras de M, aunque lo que sobrevino hace pensar que no en toda su extensión. No fue sólo la pintura. La lealtad personal que el exquisito intermediario mostró por muchos años a ese protegido taciturno y peleón, incluso cuando la presencia de M llegó a ser muy comprometedora, implica que en la relación había algo más que el reconocimiento del genio por parte de Del Monte: el cardenal estaba fascinado por la disposición de M a llevar su arte hasta el límite. En ese ambiente cerrado, tener cerca a M debía de ser muy estimulante, como una bocanada de aire fresco. Por supuesto, no hay nada documentado.”
La insuficiencia del libro es manifiesta. Pruebe a leerse con Google



Con el laudista.



O los tramposos.



Leo este libro con una gran lentitud. Casi perversa. No me importaría ir y venir toda la noche. Sólo se habla del libro digital en razón de triviales cuestiones técnicas. ¿Por qué nadie edita digitalmente?

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