31 de agosto de 2006

El desconcierto de los medios respecto a la joven Kampusch es apoteósico. Ahora dicen, por boca de un amigo de la familia, que se la veía feliz. Feliz. La inmoralidad de utilizar dimensiones humanas en la cuántica realidad de la tortura. Qué vergüenza. Aunque comprendo su drama. Un criminal secuestra y viola (rapta) a una niña. No sólo eso. Contradiciendo la conducta habitual de sus pares no la mata, sino que la hace suya. Hasta el punto de que la niña crece en un ambiente inédito, que sólo por analogía limitada podría calificarse de incestuoso. De este pozo sin fondo el pobre periodismo (¡muestre, imbécil, no declare!) sale diciendo feliz.

Correspondencias/“Piensa que un número significativo de los casos de “síndrome de Estocolmo” [sic] que han podido ser seguidos han fallecido de cáncer a una edad temprana. Parece que ante una amenaza vital tan llamativa el sistema endocrino se dispara y se suspende el sistema inmunitario. Sería la traducción a la clínica de la hipótesis psicobiológica de manejo del estrés (hipótesis evolucionista) que me parece lo más fiable que hay escrito. No parece que sea amor, no. Juanjo Jambrina”

Amante como soy de los privilegios, no se me ocurriría negárselos ni al mismísimo presidente del Gobierno.

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