25 de agosto de 2006

Una triste y degenerada búsqueda de identidad me llevó en 1979 a hacer un largo viaje en autobús por Andalucía. Estaba ya mi corrazón a punto, a punto de caramelo estaba, cuando bajé del carricoche en un pueblo de la Sierra de Cádiz. El cielo azul, el verano, corría el viento, y aún faltaban veintiocho años para el día de hoy. Di una vuelta y llegué a una plaza, puro sintagma de la sombra. Pero todos los troncos de los nobles plátanos aullaban pintados de blanco y verde. Así acabó el caramelo andaluz y hay que agradecer que fuera rápido. Aunque no indoloro. Anduve el resto del viaje, golpeándome por las paredes y buscando consuelo. En Mairena del Alcor, de madrugada, sentado en el escalón de un tablao, ayudé al maestro a cantar unos romances. El desconcuelo no quita lo valiente. Mi amigo Antonio España no daba crédito a lo que estaba viendo y sólo tenía fija en la mente la idea de matarme. En Sevilla pasé mucho rato, muchísimo, un rato enorme, escuchando sin abrir la boca a Luis Caballero, que había traído una prima rioplatense a la cena, de medidas y corazón exactos para aquel 79. Sin embargo, lo que me devolvió la vida arrancada fue el potajito de garbanzos, acelgas, morro y oreja de cerdo que a las siete en punto de una mañana me fue servido en Utrera por las hermanas Fernanda y Bernarda. Desde medianoche llevaba la criatura pidiéndole a Fernanda que cantara el fandango, pestañas negra i risás, aquel gitano las tenia, pestaña negra i risá, paso por la vera mía y a mi me embrujó su mirar, ay como no me miraria i ai ai ia. Mi amigo España ya no sufría, porque desde los romances a dúo de Mairena había evitado ante las gentes la evidencia de cualquier parentesco. Aunque justo es decirlo, al clarear siempre se comportaba conmigo cual compasivo Fray Escoba. Comía el potaje y la miraba a la primera luz del campo. Fernanda era lo que cantaba. Hubiese pasado siete siglos a su vera negra y hoy escribiría lo mismo. Cuando el artista es excepcional el encaje entre el verso y la vida conmociona. Cuando el artista es imaginario, también. Lo peor es el arte presunto y descubirlo a la luz de una vida mostrenca.

Esto no es una necro de Fernanda de Utrera, sino de mí, por derecho. La muerte es una acumulación de necrologías. Respecto a ella la oí cantar por último una noche en Barcelona bajo los neones de la Caixa. Esas estupideces de la neocultura. Iba con dos señoritas y llorábamos los tres, con mucho comedimiento y una pena mu grande y mu tonta porque todo hubiese pasado ya.

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