29 de julio de 2006

Un puñado de audaces asalariados invadió ayer las pistas del aeropuerto de El Prat, puso en riesgo la seguridad aérea europea y causó innobles trastornos a decenas de miles de viajeros, ayer, día de la gran escapada general. Y lo peor: que yo estaba entre los viajeros. La culpa es del gobierno. No llovió, pero la culpa es del porco gobierno. Es más, específicamente del señor presidente, sólo ya carne de elogio de la prensa extranjera. Es sabido que el señor presidente, cuando no gesticula malgobierna. Una inutilidad completa, excepto para refrendar que los homosexuales caso quieren o para facilitar que los porteros de fincas urbanas retiren de sus fachadas, sin nervios, las plaquitas con yugo del ministerio de la Vivienda. Lo demás, sea la opa de E.on, la reforma de los Estatutos o el precio de la vivienda, se aparta de la gesticulación y, por tanto, de su ínfimas posibilidades. Pero lo peor no es su incompetencia, compartida al fin y al cabo (Sonsoles, amor, me doy cuenta de que hay tantos españoles que podrían ser presidentes del gobierno) por muchos miles de habitantes del país más beocio de Europa. Es el estado de barra libre decretado. Es aquello de las palabras (el sentido) al servicio de la política y no viceversa. Es el kefir y el yogur. Es la plena legitimidad de todas las opiniones. ¿Qué movió ayer a la turba demagógica a hollar un suelo sagrado (sagrado: sagrado por la física, las matemáticas y otras circunstancias no opinables como el derecho a la vida), que impone al viajero un temor eucarístico cuando lo observa desde la cabina deslizante? ¿Qué fue, en fin, lo que llevó a la turba en volandas a cruzar el límite?: no otra cosa que las paronomasias del señor presidente del gobierno. El río subterráneo que va del exorcismo patxiarnaldo a la invasión del Prat.

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