28 de julio de 2006

Solo se drogan los mejores. El último, aunque a veces hay una lucha fiera para serlo, no suele drogarse para alcanzar la cabeza. Si acaso para ser el último, se droga. La droga altera el orden interno de los diez primeros, pero raramente permite nuevas incorporaciones al selecto pelotón. En la vida sucede lo mismo, aproximadamente. El uso de las drogas no modifica sustancialmente el orden social. Hace unos días entré en la ciudad de Gloucester. Con grandes dificultades. Hay parajes que escupen al viajero como si fuera agua sobrante. El caso de Gloucester es espectacular. Un acabado de pus para una geografía de hojaldre. Por la mañana había leído en Slater sobre el antiguo experimento de Bruce Alexander. El psicólogo estaba convencido de que la adicción a las drogas era cultural y se propuso demostrarlo. Con un ingenio admirable y enternecedor creó un parque de ratas. Es decir mejoró de una manera radical las condiciones de vida de las ratas confinadas en laboratorios sucios, malolientes, presidiarios. Eligió dos grupos: a uno lo puso en el cielo y a otro lo dejó en el infierno. Les ofreció la misma cantidad de droga y bajo idénticas pautas. Las ratas celestiales la rechazaron. Tenían una vida que vivir. Hermoso, pero probablemente falso. A mi juicio a ese experimento le faltó tiempo. Cierto: las había sacado de Gloucester. Pero a ninguna le había dado tiempo a pensar que podía ser la más rápida del pelotón.

En Gloucester pasé poco tiempo. Buena parte esperando que levaran un monstruoso puente de hierro para poder cruzar el canal. Apenas salí a estirar las piernas. Pero entonces no lo recordaba. Se trataba de uno de los libros más angostos por los que había pasado en mi vida, pero no lo recordaba. Gloucester es el jardín de la casa de los horrores y la ciudad del libro de Gordon Burn. Yo olvido, pero las ciudades no.

Comments are closed.

-->