27 de julio de 2006
El ministro de Justicia dice que el pobre Txapote es “totalmente irrecuperable”. Vaya. Qué reprobable falta de fe en las posibilidades de la reeducación penitenciaria. Desde luego, es una frase mucho más propia de Interior que de Justicia. El ministro añadió: “Los terroristas con las manos manchadas con crímenes horrendos van a pagar sus penas enteramente y sin remisión”. Totalmente irrecuperable, dice el ministro. No aclara el porqué. Es cierto que el chaval no ha tenido una buena conducta en el juicio. Que no ha reconocido la autoridad del tribunal y rebeldías así. Pero, en fin, nada distinto de lo que han hecho decenas de personas vascas que en un momento u otro se vieron obligadas a empuñar las armas, y a las que los tribunales no quieren ahora reconocer su sacrificio ni la excepcionalidad del momento histórico que los hizo ser así, como a Jeannette. Txapote ha sido un poco desobediente, cierto. Y tal vez el ministro, puesto en esta hora nueva de España, esperaba otra actitud. Incluso fantaseó con la posibilidad de que el muchacho pidiera perdón por sus crímenes. Comprendo su decepción. Tendría un gran impacto benéfico para la alianza de civilizaciones vascoespañola que un criminal hiciera esto uno cualquiera de estos días. Pero, hasta donde alcanza mi memoria, ninguno lo ha hecho. No veo ninguna excepcionalidad. La excepcionalidad de Txapote es sólo lo que el ministro esperaba de él. De las palabras del señor López Aguilar me llama la atención también el sintagma “crimen horrendo”. Ya sé que son cosas que se dicen. Pero todos estamos algo erizados y asusta, que vachaché, la posibilidad de que una política de redención de penas distinga entre crímenes y crímenes horrendos. Además, permítanme: ¿por qué horrendo el crimen de Fernando Múgica? Un tiro en la nuca, seco, limpio… ¿Horrendo? Si ese crimen es horrendo es que no hay crímenes horrendos. Y los hay. Rodolfo Serrano, que acaba de publicar un cariñoso libro sobre el oficio, recuerda a un redactor al que su jefe aleccionaba diciéndole que todos los crimenes eran atroces. ¿Cómo que no hay crímenes atroces? ¿Es lo mismo un tiro que serrarla por la cintura?. Ok, ok, Lopez. Lee a Serrano que no hace daño a nadie y es má bueno que el pan. ¿Acaso Txapote serró a algunas de sus víctimas por la cintura? No exageremos. No exageremos, ministro.
Me largo a Wilton Court, donde todo es más inteligente y más sincero. Leo en el jardín a mi psicóloga Slater. Llovió la noche anterior y el jardín es ya un perfecto jardín inglés. Bebo sidra de la zona, muy fría. La tiran como la cerveza. Algo más acida que la asturiana y menos perfumada que la normanda. Picoteo unos pistachos incinerados al dudoso gusto de Herefordshire. Estoy con el experimento de Milgram. Es evidente: si le dieron caña al torturado, si un alto tanto por ciento de conejillos apretaron hasta el fondo el pedal de las descargas, fue por obedecer a la autoridad. Claro, ministro. Es la autoridad. La de los reclutas del 23-F (conozco a uno que lee novelas de aventuras sólo porque obedeció) o la autoridad de la patria. Ministro, las cosas hay que empezar a enfocarlas por aquí y dejarse de lirismos.
O en caso contrario decir: “Los criminales van a pagar sus penas enteramente y sin remisión”. Ante esta belleza sintética, cualquier adjetivo es horrendo.
•
Correspondencias/ “Mujer, 62 años, rasgos latinos. Llegada esta mañana al Institut d’Atenció a la Dona, calle Vallmajor 34, en Barcelona, después de las engorrosas gestiones telefónicas a que obliga el Servei Català de la Salut si alguna femina mediterranensis quiere hacerse la prueba citológica. No costará mucho imaginar las ceremonias del pudor que trae consigo toda consulta ginecológica, empeoradas en este caso por un doctor hosco, cuya primera ocurrencia (¿ritual andorrano?) es intentar obligar a la paciente, que confiesa no tener pareja estable, a hacerse una prueba de SIDA. Tiene lugar un curioso diálogo de sordos. Al declarar la paciente que prefiere hablar en español, el doctor, con los ojos desorbitados, se metamorfosea en comisario lingüístico. “¿Cómo es que no habla usted catalán, si lleva aquí cuatro años?” El resto de la sesión transcurre entre el malhumor del comisario, la vergüenza de la paciente y la mirada perpleja de la enfermera. En diez minutos, y por culpa del dichoso dialecto, la mamografía extraviada y la prueba citológica pendiente se han convertido en un pretexto. Muy preocupado por este caso al parecer excepcional de mala salud lingüística, el Dr. Jordi Xandri Canals frunce el ceño, vocifera y mueve los brazos como un autómata. ¿En qué edición catalana habrá leído el juramento hipocrático? A juzgar por sus años, puede que incluso lo haya leído en griego. Me encantaría comentar estos casos donde la Filología se entrecruza con la Sanidad con un señor al parecer muy conocido en su especialidad, eminente intelectual y patriota de debó. Ya puedo saborear nuestras glosas del “Fedro” platónico, la erudita disquisición sobre la “lengua buena” regada tal vez con un buen caldo del Priorat. Pero no me sobra el tiempo. Por lo pronto, me voy ahora mismo al juzgado de guardia a ponerle una denuncia por discriminación.”
Ernesto Hernández-Busto




