26 de julio de 2006

El título original debió haberse respetado. “Opening Skinner’s Box” es un título mucho más bueno que “Cuerdos entre locos”, este imprescindible reportaje de Lauren Slater que acaba de publicar la editorial Alba. Comprendo que la alusión a las cajas de Skinner pueda resultar incomprensible para algunos lectores, pero nunca es tarde para aprender. Además “Cuerdos entre locos” es una metáfora vacía y “Opening…” está llena. Está llena del principio fundamental de este libro, y del debate obsesivo que trae en jaque a los hombres de buena voluntad, esto es, hasta qué punto la naturaleza dicta el destino. La señora Slater tiene ciertos momentos de cursilería, pero yo la leía apaciguado porque iba y venía de los Costwolds o de los valles black & white, y además la señora Slater tiene la educación suficiente como para advertir al lector de que está haciéndolo, es decir, que está suponiendo, imaginando o recreando, que son los tres gerundios donde se le presenta la enfermedad, como suele suceder en la faction. Los diez reportajes, cada uno de ellos dedicado a un célebre experimento psicológico del siglo XX, tienen un gran valor. Pero si tuviera que elegir, y lo hiciera por las razones emocionales que tanto emocionan a la autora, eligiría el de Elisabeth Loftus, la depositaria del falso recuerdo. No creo que nadie haya haya hablado seriamente de Loftus en España, salvo Fernando Peregrín en un artículo de Claves, y esta ráfaga tan vívida del libro de Slater contribuirá a su conocimiento. En el reportaje hay, además, un neologismo extraordinario, de una gran utilidad. Anecdata. Sirve de perlas para cualquier teoría conspirativa y, en especial, para las redactadas sobre el 191M. ¿Datos, dice? No, sólo anécdotas. Durante cinco días no hice más que leer y pensar en este libro y viajar por carreteras secundarias a través del lento corazón de Inglaterra. Algún día se producirá una revolución en Inglaterra, que poco tendrá que envidiar a la de Ironbridge. Sucederá cuando se recorten los altos setos que velan el paisaje y se descubra una belleza que sube y que impregna como el vapor. Mientras tanto era la escritura de Slater la que avanzaba como una vena por el más grande y hermético viaje del siglo.

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