25 de julio de 2006

Un hombre vuelve a casa desde el Wye. La mesa aún conserva el recuerdo de los últimos pies que tomaron asiento. Aparta los vasos sucios, evita el cerco húmedo de los culos, sopla sobre las migajas y se hace al fin con un lugar. Le quedan las últimas páginas del libro de Laurence Slater y el propósito de no olvidar sin lucha la sinuosa felicidad del río. Pero debe cumplir. Lo hace con prudencia, como quien camina entre boñigas fresquísimas. Los resultados son inmediatos y espectaculares. Uno anuncia con pompa refitolera que ha contado con la ayuda de peritos y peritas, en dulce, y que la objetividad serena y tal y cual, y las primeras conclusiones de una serie de cuatro son editorialmente pasmosas: el 191M se diseñó para acabar con el gobierno Aznar, y vuelve, como un regüeldo, el informe noruego, internet, et, y que podían haber escogido otro día, si no. Con peritos. Y esa autoridad de vieja dama: 192 muertos, contando, por supuesto, (así lo escriben por supuesto) el geo de Leganés. En otro papel escribe un hombre de pueblo, y asegura que las víctimas directas siempre tienen razón, pero que las indirectas según. Y que por eso hay que distinguir entre el hermano de Buesa y la viuda de Buesa. De lo que vi y leí en una página impar de la sección de Internacional del papel no escribiré nada, porque no puedo. Pero sí del muchacho que se frotaba los ojos en la última preguntándose cómo es posible que unos niños secuestrados por su madre vuelvan a Israel con su padre, porque así lo dice la ley, vaya ley de los cojones, vuelve a frotárselos. El día que llegué a Ross hacía 95 años que no se alcanzaban en el pueblo los treinta y siete grados. Alcancé la puerta de Wilton Court como un peregrino muerto, después de tres horas de coche a la vieja usanza climatizadora. Abrí el diccionario y pedí una cerveza. Los pies se me hundían en un cráter de fuego. No sólo quemaban: es que había dos dedos de grueso de alfombra. Dijeron que iban a servirme la mejor cerveza que tenían, y empecé a sonreír. Ahí estaba. Me la eché a la boca. Quemaba. Fue mejor que este primer trago de periódicos.

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