29 de junio de 2006

Nature

La selección semanal del Times que hace El País incluye un reportaje sobre la genética, precisamente titulado: “Cada vez más personas le echan la culpa a los genes”. Es muy socialdemócrata. Mucho más que escribir: “Cada vez más personas le dan las gracias a los genes”, que es lo que yo hago cada mañana, con humildad y modestia crecientes. La Gran Irresponsabilidad es ya genética. La diferencia es que las culpas de nurture eran meramente literarias y superficiales. Pero puede que la irresponsabilidad acabe teniendo una base científica. El impacto de esta posibilidad sobre los dos sistemas que organizan el mundo va a ser formidable. Los liberales deben ver qué hacen con la responsabilidad individual, piedra y piedra de su pedro. Y los socialdemócratas qué hacen con su curación mediante la palabra. Por suerte se trata de un asunto que sólo afecta a los países civilizados. Lo más llamativo y meditable del reportaje es que en un centro de tratamiento de las adicciones de Minessota las clases sobre genética se hayan convertido en “algo habitual.” O que la señora Dallas se niegue a que su marido se compre una moto. Razones: sus genes temerarios. “No sería una buena idea”, declara. Qué sobremesas maravillosas

Nurture

Se ha metido en la cena el espontáneo, por la bondad y el descuido de los promotores. El delicado poeta ya ha contado una primera historia de Tomelloso, cuando un joven se declaró a una moza parándola en la calle: “Tienes los ojos como dos sartenes y cada vez que te miro me se fríen los huevos”. Y ha seguido luego con el relato de dos cánceres sucesivos de vejiga. Expuesto el segundo, el espontáneo se levanta de la mesa, se echa mano ostensible, y desaparece diciendo, con voz que salpica el salmón noruego, la mojama argentina, el atún de Barbate, los aguacates de Almería, el jamón Joselito, el beef escocés, y el pan y el vino de Castilla, diciendo esto: “Hablando de… me voy a mear”.

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