25 de junio de 2006
En la playa de Gijón, con la marea baja y una luz de crustáceo, me acuerdo de A. Cogía el tren en Barcelona, pasaba la noche, y llegaba aquí por la mañana temprano. Se instalaba en un hotel medio, confortable y céntrico, donde acabaron conociéndolo. Se hacía pasar por un viajante bien constituido, pero lo cierto es que no tenía nada que hacer. Había llegado aquí sin premeditación, por mediación de una mujer ya metida en la edad, a la que había conocido en alguna conversación internaútica. Sé poco de lo que eran sus movimientos concretos en la ciudad, aunque tengo algún rastro: bolsas de azucarillos, facturas de restaurante, algún resguardo de algo que encargó. Sospecho que salía del hotel y se iba a tomar un cortado en alguna terraza. Nunca leyó periódicos, ni fue muy curioso, y por lo tanto se entretendría fumando. Volvería al hotel, dando un rodeo siempre moderado, y conectaría el ordenador portátil con el que viajaba y con el que aseguraba hacer operaciones financieras. Serían conexiones cortas, porque el hotel no tenía entonces adsl; revisaría el correo, tal vez algún chat. Saldría a comer, a algún lugar cercano y ya familiar, y diría cualquier cosa, no tengo mucha hambre, por ejemplo. Por la tarde se echaría, más sobre la tele que sobre la cama, dormitaría, jugaría con el portátil otra vez, tomaría una ducha lenta y se arreglaría para salir con la mujer. Ella trabajaba en un hospital, con un largo y riguroso horario. Quizá también guardias. Tal vez algún día dormirían juntos. Los dos fumaban mucho. Él le hablaría de invertir dinero y de cambiar de vida.A medianoche volvería al hotel, pretextando que le esperaba un día duro y visitas muy tempranas. Es probable que algún mediodía le diera una sopresa y se presentara en el servicio, sonriendo: ¿Tienes tiempo para que comamos un bocado juntos? Calculo que la vida de A. en Gijón, entre idas y vueltas a Barcelona (nunca pasaba más de quince días sin regresar) duraría un año y medio, quizá dos. Un día, ya acabados los ahorros del padre muerto, entró en su casa de Barcelona y ya no volvió a salir. Le enviaba a la mujer correos exculpatorios, que fueron haciéndose, cada vez más cortos y más distanciados. Al tiempo empezó a subirle por las piernas una lenta parálisis, que al principio juzgó, incluso, como muy saludable.




