24 de junio de 2006

El juez cree que Arnaldo Otegui es el dirigente de un partido político ilegal y que por lo tanto no puede realizar actos políticos. Es el único que lo cree en España. Pero también todos creían en las brujas en el siglo XII. Por fortuna el único que no lo cree tiene la energía y la capacidad de decisión para impedir los actos de Otegui. El previsto para el lunes en Barcelona es una prueba más de la general inmoralidad catalana. Lo organizaba un club llamado Tribuna de Barcelona, que paga mayoritariamente El Periódico de Cataluña, pero que reúne entre sus esponsors a un gran número de primeras empresas y a buena parte de la sociedad civil catalana. Que unos señores respetables se reúnan en público con un tipo que no ha abjurado de la lucha armada y que hasta el momento ha sido incapaz de redactar los estatutos de un partido democrático, con el líder de una organización que la Unión Europea tiene situado en las listas del terrorismo, dice de ellos algo parecido a lo del tipo. La teoría, manejada por la ignorancia, de que con este gesto la sociedad civil adelanta lo que será visible y legal en unos meses es falaz, especialmente si se la compara con los movimientos de la transición. Con aquel instante, por ejemplo, tan cargado de belleza en que Carmen Díez de Rivera y Sebastián Auger incorporaron al ilegal Carrillo al establishment. Nada tiene que ver. Carrillo había cumplido ya con todos los requisitos y era la sociedad la que debía cumplirlos ahora con él.

Por lo demás, lo peor de todo es el interés (ya empieza a ser fascinación) que Otegui convoca entre la semi burguesía catalana. Escuchar a Otegui, el rudo, el de aquella su utopía que patrocinaba, con los niños saliendo al monte, en vez de estudiar inglés u navegar por internet, así lo decía el pobre hombre. ¡Qué inmenso plan para un mediodía político escucharle mientras declina el Zutabe y mapea las provincias vascofrancesas y Navarra! Por lo menos hace décadas tenían queridas.

Comprendo, sigo así, que el señor presidente trate con los secuestradores de un tiempo español, ahora que han dicho que quieren negociar. Pero es incomprensible que el público deba prestar atención a sus payasadas en forma de dogmas. Esa atención es en sí misma política, y al presidente le gusta separar política y penitenciaría. No dudo que pueda tener interés informativo la situación de los arsenales, los apuros económicos de los extorsionadores en paro técnico o cualquier otro rasgo que dé cuenta del sórdido mundo delincuencial. Pero la doctrina debería ahorrársela el frente democrático, en el caso de que exista. Todo lo que Eta ha conseguido ha sido a fuerza de tiros. De ahí le viene el prestigio, el aliento, y lo único que de ellos puede interesar a un demócrata.

Pero esos ridículos burgueses catalanes en vez de interesarse por el Mal a pelo y tener al fin una experiencia, lo traen a casa, le dan comidita, y le hacen suaves reproches a ver si se vuelve bueno, parloteando.

Correspondencias/”Coño, coño, coño, don Arcadio. Como si nunca hubiéramos trabajado en este diario, coño, coño, coño. Hoy ya tienes a tu Patxo Unzueta*. Así me gusta, verte como siempre defendiendo la libertad y la justicia que EL PAÍS pisotea. Qué pena que no dirijas tus ataques a causas un poquito más allá. Tuyo affmo., Agustí Fancelli*.

*La columna “El honor de Maragall” se publicó ayer en las páginas de El País-Cataluña, con un día de retraso respecto a la edición general.
**Agustí Fancellí es redactor jefe de El País-Cataluña.

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