16 de mayo de 2006
El otro día. Escribiendo un artículo sobre la ciudad de Madrid y su circunstancia. Me choqué con un adjetivo de Pla. “Un líquido estatal”, había escrito respecto a la pasión madrileña por el café con leche. Un adjetivo formidable. Asociaba el café con leche con el funcionariado. De un golpe seco. Eso pensé. Por la noche llamó Pericay…
—Ese adjetivo…
—Una joya, ¿no?
—Sí, magnífico. Oye… ¿qué edición leíste?
—La de la obra completa de Madrid. Un dietari. Yo mismo lo traduje.
—Ya. Es que me parece que ese artículo del café con leche sale en El advenimiento de la República. Ahora lo miraré. ¿La familia bien?
La noticia era estupenda. El advenimiento… era del año 1933, primera edición, y la narración de Madrid, Un dietari (1966), que era de donde yo había obtenido la cita, estaba ilusoriamente fechada en 1921.
Pericay escribió en seguida. La cita era idéntica, en un libro y en otro. En la primera edición de El advenimiento… Pla la fechaba el 13 de julio de 1931 y en Madrid… el 9 de mayo de 1921. En fin, el patchwork de Pla era vistoso, pero ni siquiera sorprendente. Lo sorprendente era lo que Pericay añadía: “Bien, hay un cambio que puede que sí merezca que te detengas un momento. El “líquid estatal” que has encontrado en el volumen de la obra completa (1966) era, en la edición de El advenimiento… de 1933 “líquid nacional”.
El impresionante Pericay acababa: “¿Un cambio debido a Pla? Me extrañaría mucho.”
En cuanto a mí, sucede que alabo demasiado las metáforas.
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Lo mejor que se ha escrito sobre la vida bajo el tripartito catalán:
“A menudo, por la noche, cuando uno está cansado del trabajo y las fatigas del día pero siente reparo ante la idea de irse a dormir sin más ni más, mata el tiempo delante del televisor, haciendo zapping. Abotargado ve desfilar por la pantalla fragmentos de películas malas, anuncios chillones, eventos deportivos de segunda mano, documentales de bichos, programas indefinibles que agonizan ante una audiencia escasa en medio de un falso guirigay y una fingida efervescencia. Luego apaga el televisor y se retira. No se siente culpable por haber holgazaneado, pero se lleva a la cama un regusto amargo, como si aquel mejunje fuera un reflejo de su propia vida, abierta a horizontes de los que no le llega nada. Y ya está. Bona nit (buenas noches).”
Eduardo Mendoza (El País, 15 de mayo del 2006)




