30 de abril de 2006

Frente al embarcadero, en el Tambuche. Cada tanto se oye la sirena del Vaporcito. La comida se sirve a un ritmo perfecto. Primero, manzanilla Aurora, tirititrán. Luego, el singular Amontillado AB, amargo como la juventud. De tres viene un Palo Cortado de veras (nada de “Amorosos”), un vino que en algún momento se desvió, como el Neanderthal. El Bailén de Osborne lo sirven como está mandado: en copa balón. ¡Que se metan la retorta en el bolsillo de la bata blanca! Acabamos con platos de cuchara: un 1827, bueno. Pero sobre todo un Fernando de Castilla donde la pasa está recién vendimiada. A medias entró y se sentó una joven mujer, desproporcionada. Iría a la Feria, porque llevaba dos globos inmensos. En seguida se fingió en el ambiente una despreocupada naturalidad. Pero como no hablaba y bebía bitter, pasó pronto. A las seis nos levantamos, entramos en el vaporcito y nos acomodamos en la popa. Lo que me daba en la cara no sé si era sol de abril o palo cortado. En cualquier caso sólo necesitaba el Manchester Guardian y lo tenía. Un marinero se acercó, con gran amabilidad. Dijo que en el barco iba un muerto y la familia quería aventar las cenizas desde popa. Nos trasladaron arriba. El vaporcito arrancó sin que lo notara nadie y siguió el curso del Guadalete. La tarde anterior, en la cámara oscura de la Tavira, se veía toda la ciudad en un cuenco. De vez en cuando la encargada cogía una tarjeta de carton, levantaba a los paseantes del suelo, y, en seguida, buenamente, los dejaba deslizarse otra vez, vida abajo. Ahora estábamos en el río, y alguien manejaba la misma polka. Cuano entramos en Cádiz ya despejaba la salada claridad y se preparaban los fastos paganos del crepúsculo.

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