25 de abril de 2006


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Un artículo de Ortega de diciembre de 1933: “La República, en efecto, no fue traída por nadie, sino que sobrevino espontáneamente en los españoles, en todos los españoles, inclusive en los monárquicos.” El artículo está recogido en la antología República, periodismo y literatura, de Javier González Palacio, antología útil, pero manqué. Sobrevino, advino. Pla tuvo el talento de titular su reportaje: “Madrid, l’adveniment de la República”. La palabra advenimiento surge constantemente en la crónica republicana. Ortega, Camba, Florez, Pla, Chaves, Corpus. ¿Quién la trajo? La palabra refuerza, desde la misma raíz de los hechos, el mito republicano, quiero decir la República como mito. Pericay me hace ver que, en la crónica planiana, advenimiento adviene por vez primera vez en palabras de Cambó. En una carta a Pla del 9 de mayo de 1931: “Es deplorable comprobar, desde el advenimiento de la República, la formidable superioridad de los castellanos, en materia de sentido político, en relación con los catalanes”.

El advenimiento y la fijación del mito guardan relación, sin embargo, con un factor importantísimo. La República supone la emulsión de la masa. Digo emulsión: la masa alegre y, por primera vez, fotografiada. No hay, en el imaginario español, un recuerdo iconográfico comparable. La emulsión, técnicamente, tiene algo de advenimiento. Pero es que, además, en el caso español es una palabra muy precisa desde el punto de vista diacrónico. El 14 de abril de 1931 la masa se apodera de la fotografía. Hasta ese momento su papel había sido fugaz y disperso. Digo disperso: objeto de la carga policial. Masa en desbandada.

Yo reconstruiría luego esos diálogos, de memoria, en mis cuadernos.

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