31 de marzo de 2006

Oigo cómo Santiago González desguaza en la radio la fibra poética del sucedido. Cierto e inmenso. Y es que adscrito en fondo y forma a la majadería, y de manera completamente impropia, el presidente del Congreso tradujo al catalán lo que Tarrés cantó siempre en castellano.

Rajoy, en su discurso: «Vileza, maldad, falta de principios, antojo de gobernantes, lío interminable, desbarajuste, criatura de dos señores, espectáculo de frivolidad, indolencia y oportunismo pedestre, una de las páginas menos edificantes, triste rosario de artimañas, intrigas, nocturnidad y deslealtades, embrollo, uno de los peores textos que han salido de esta casa, ley mal hecha, indigente, defectuosa, enredo que no resuelve nada con eficacia, semillero de conflictos jurídicos, incomprensible, galimatías, inconstitucional, texto empapado de inconstitucionalidad, desvarío discriminatorio, grotesco, producto elástico, flexible, impreciso, ambiguo, marrullero, galimatías jurídico, legislación metomentodo, mal texto jurídico, injusto, discriminatorio, intervencionista, partidista, frágil, golpe de mano ventajista, abuso, extralimitación, frívolo, irresponsable, irregular…». Pericay le aplaude. Discrepo de Pericay. Para su desgarcia tengo alaidos imbatibles. Explicaba Camba que Boder, un investigador norteamericano, que “después de analizar minuciosamente millares y millares de papeluchos”, había llegado a la conclusión de que los escritores, con la edad, perdían adjetivos como se pierde el pelo. Entre los ejemplos, destacaba el de Emerson que “usaba en su juventud cincuenta y nueve adjetivos por cada cien verbos y, en la vejez, no usaba más que treinta y siete”. A Rajoy le habría bastado con una floresta escogida de frases estatutarias. En vez de la mariposa eligió la chincheta.

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