28 de febrero de 2006
La equiparación del presidente Zapatero entre las víctimas de la guerra civil y las del terrorismo etarra ha descendido al pueblo: Escribe el señor Alberto Jiménez Arias, en la sección de Cartas de El País: “Con todo el respeto y la solidaridad con el dolor causado por la barbarie etarra, quisiera humildemente añadir la siguiente pregunta al debate: si las víctimas de la dictadura franquista y su entorno —familiares, asociaciones, partidos políticos, periodistas…— hubieran mostrado la misma actitud que el otro día vimos y oímos en las calles de Madrid, ¿hubiera sido posible la transición a nuestra democracia?”
Yo creo que hay que encarar abiertamente esta equiparación. Por ejemplo: me parece digno de alabanza que el señor Jiménez compare los torturadores franquistas con los terroristas. No estoy seguro de que sea su intención, pero me parece digno de estudio. Y mucho más aún las consecuencias, digamos políticas. Aunque bien es verdad que por agotamiento bio-lógico, la dictadura de Franco se saldó con su derrota total y absoluta, y, en consecuencia, la democracia se implantó sin resquicios y sin concesiones. Desde que se hicieron el harakiri, aquellos procuradores. Que se lo hagan.
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Viendo Capote. De pronto caigo en la gran novedad. Desde luego no fue la imposición de la retórica de la verosimilitud en un modelo veraz; ni el desleímiento de las fronteras… puaf esa mandanga. Fue el espectáculo de un personaje abrumador actuando en un remoto agujero de polvo en medio de nada. Holcomb y los Clutter. Desde luego no fue Capote el primer escritor/personaje moderno. Hemingway lo superaba. Pero éste cazaba leones y guerras civiles. El éxito de Capote estuvo siempre en su comportamiento abusador.
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Basado en el principio de actualización compulsiva.


