24 de febrero de 2006
El mismo día que Pasqual Maragall exhibe en Nueva York su esperanza de que Cataluña sea una nación articulada, el Centro de Investigaciones Sociológicas da a conocer una encuesta. El 44 por ciento de los catalanes creen que Cataluña es una nación. Una cifra similar creen que Cataluña es una región y un 10 por ciento prefieren otro nombre que no se especifica. Es el momento de recordar el párrafo de la redacción preambular pactada por Zapatero y Mas: “El Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de ciudadanas y ciudadanos catalanes, ha definido, de forma ampliamente mayoritaria, a Cataluña como una nación.” 90%/44%. Los datos merecen alguna consideración suplementaria. En primer lugar el carácter extremadamente impresionable del cuerpo ciudadano, para utilizar metáforas orgánicas. Una encuesta publicada por el diario La Vanguardia a principios del año 2005, situaba en un 28% el porcentaje de catalanes que creían que Cataluña es una nación. En un año la “nación catalana” ha aumentado su consenso en más de un 50%, no habiendo mediado guerra, segadores, ni arrebato: sólo ruido. Aunque los resultados del Cis de 1998, 2001 y 2002 son más estables no impugnan la sospecha ante la volatilidad. Si yo fuera nacionalista me sentiría profundamente ofendido. Ni nación política, ni cívica, ni cultural: pura y brevemente de marketing. Luego: si en Cataluña ha habido un término históricamente maldito ha sido el de “región”, el neutro, limpio, y cartográfico concepto de región. Es hora de volver a él, con el 43 por ciento de los catalanes, y desdeñar palabras demediadas, como “comunidad autónoma”, “autonomía”, “nacionalidad”. Por último, y aunque ningún periódico que yo haya leído lo destaque: alrededor de un 70 por ciento de catalanes se sienten orgulloso. De ser españoles. Dios mío. ¡Cómo se pueden dar estas respuestas! Pero, sobre todo: ¡cómo se pueden hacer estas preguntas!


