23 de febrero de 2006

Confieso que lo único que no me gusta de esta colección de crónicas de José Luis Martín Prieto sobre el Juicio del 23 de febrero es no haberlas hecho yo. Para ser claros, me consume la doble envidia de querer saber escribir como él y de haber podido asistir al Juicio contra los militares rebeldes. Juicio que la maestría de su pluma supo contar a los lectores de El País. Como consuelo me queda al fin la efímera satisfacción de haber sido el director responsable de que haya ido él a la sesiones de Campamento. Eso me permitirá suponer algún día que yo también he tenido una parte de responsabilidad, por pequeña y oscura que sea, en que la literatura política de este país no se haya perdido la que considero una de las mejores sagas de artículos de toda la historia del periodismo español.

Satisfecha ya mi personal petulancia con esta confesión de parte, y añadiendo que no tengo ningún propósito de enmienda y pienso seguir siendo impenitente envidioso de las cualidades, y hasta de los defectos, de Martín Prieto, puedo quizás enhebrar dos brevísimas consideraciones, lo mismo sobre el tema del libro que hoy tiene el lector en sus manos, que sobre su autor.

A Martín Prieto le llamamos, no sé si cariñosamente, el “Emepé” en la redacción de El País. La costumbre viene dada por la manía americanizante de designar a los personajes, organismos y cosas por sus iniciales. Pero en el caso del M.P. o “Emepé” adquiere connotaciones propias interesantes de analizar y sutilmente necesarias de entender si se quiere comprender también su obra. “Emepé” es un término que ha llegado a convertirse en la descripción de algo diferenciado y polivalente, mezcla de chino avecindado en Madrid, genio creador y periodista bohemio. Lo de chino lo digo porque así le vio, aunque sin coleta, José Luis Verdes en los dibujos que acompañaron a las crónicas del juicio en el periódico, y porque, además, M.P. encierra en sí mismo no pocas de las características de la cultura oriental: mirándole por fuera es a veces como un termo, del que se puede saber agitándolo si está más o menos lleno, pero nunca se averiguará —si no se abre— la temperatura del líquido que encierra. No sabes nunca si “Emepé” te va a sonreír o a llorar, si va a volcar sobre ti una bondad casi infinita que se empeña en ocultar bajo los cristales de sus gafas, o toda la agresividad contenida de la que es capaz y que nace de un sentimiento de la vida tan trágico que Unamuno lo hubiera reclamado para si. Por eso, al “Emepé” se le puede alternativamente odiar y querer hasta la muerte. Yo he preferido quererle, porque me resulta más cómodo y porque además los años me han ayudado a discernir que el odio es sólo amor no correspondido, y una de las pocas lealtades y amistades que todavía no me han fallado nunca ha sido la suya. O sea que ya se puede comprender que soy un admirador nada imparcial, aunque nada fanático, de lo suyo. Eso me ha ayudado a descubrir que en medio de su aparente desequilibrio atormentado y genialoide existe una posibilidad de ponderación y análisis muy poco frecuente en el género humano, y así resulta que a la postre “Emepé” acude al tiento de temas tan vidriosos como el Ejército con una capacidad de entendimiento y respeto de la realidad y con un tal criterio sobre las cosas, que le ha hecho ser respetado y admirado hasta por quienes disienten de él. Todo ello tiene algo, o mucho, que ver con la capacidad de liderazgo y de maestría, de docencia vital, que él ejerce desde el disfraz tosco de una incompostura nada conveniente para triunfar en esta vida. En la cuestión militar, “Emepé” ha tenido además, desde siempre, una especial cualificación, muy poco conocida incluso por los que durante años han trabajado a su lado. Permanente desertor del sueño, este individuo de boina barojiana y mentalidad iconoclasta resulta luego ser un experto en temas estratégicos, a base de emplear las horas que no duerme en aprender los movimientos de los carros blindados en las batallas de las Ardenas o el despliegue de fuerzas en torno a la línea Maginot. No estoy seguro de que su insomnio haya sido tanto que sea incluso experto en misiles nucleares de cabeza múltiple, entre otras cosas, porque tiene un inaprensible anhelo de distinción –en el sentido elegante de la palabra- que le hace optar siempre por lo antiguo. Pero hasta en eso hemos tenido suerte para la ocasión de este volumen, pues el ligero alcanfor de sus estudios castrenses liga a las mil maravillas con la pátina decimonónica del Ejército protagonista en la vista del 23-F. Así que, para terminar este retrato apresurado, diré que tal vez para algunos haya sido toda una revelación la punzante y comedida prosa con que el cronista de turno narró para los lectores de El País las sesiones del Juicio, pero no para mí. Literaria, técnica y éticamente, no había muchos que pudieran exhibir el bagaje de preparación con que el “Emepé” llegaba a campamento. Aguantó así, como muy pocos, la asistencia diaria y muchas veces tediosa a las sesiones del Tribunal. Y lo único que me preocupa hoy es que esto se le suba ahora a la cabeza, o que mi envidia se acreciente tanto que sienta yo la tentación de moderar su orgullo.

La segunda reflexión es sobre el tema del libro en sí: el Juicio que llevó a la cárcel por treinta años al teniente general Milano del Boxee y al teniente coronel Tejero como responsables de un delito consumado de rebelión militar. En otros sitios y en otras circunstancias ya he tenido ocasión de expresarme sobre tales cuestiones. Y no es del interés del lector, ni sería propio de la cortesía de un simple prologuista, tratar ahora de enmendar o rectificar la plana a lo que el autor del libro narra. Basta con decir por mi parte que creo, firmemente, que el problema militar que tiene planteado este país puede estar en puertas de solución si los españoles sabemos aprovechas la experiencia del pasado e instrumentar un pacto de poderes que evite en adelante el permanente temor de la sociedad al Ejército y el permanente intento del Ejército de gobernar a la sociedad. Este pacto de poderes debe y tiene que tener un límite inapelable, que es la Constitución, y por eso no se trata tan sólo ni primordialmente de cumplir con la máxima de que el poder militar se somete al civil, cosa tan incuestionable desde un punto de vista democrático que no merece mayor apologética. Se trataría más bien de hacer un esfuerzo prolongado y serio por la integración objetiva de nuestras fuerzas armadas en los esquemas de modernidad y diálogo que la sociedad civil española ha adquirido. Los ejércitos me parecen un mal menor necesario para garantizar el bien superior de la convivencia pacífica. Esta teoría, aceptada supongo por una gran generalidad de personas, se matizó en la práctica por la acumulación considerable de poder por parte de quienes monopolizan las armas. Las sociedades democráticas, a través no sólo de esquemas jurídicos sino de una larga historia de equilibrios, pactos, luchas y desencantos, han logrado garantizar la casi imposibilidad de que esta acumulación de poder sirva para imponerse al resto de los poderes sociales. Quiero decir que el Ejército de cualquier país occidental tiene fuerza y oportunidades sobradas para dar un golpe de Estado con tantas o más capacidades de éxito que en las sociedades subdesarrolladas. Pero la estructura social misma a la que el Ejército pertenece impide que en las sociedades democráticas esto se produzca y lo facilita y empuja en los países menos desarrollados cultural y políticamente. La contradicción española se vierte entre dos conceptos: una sociedad evolucionada y unas Fuerzas Armadas todavía ancladas en el pasado en muchos de sus aspectos. La confrontación sería fatal para ambos. El diálogo y el pacto son la única y deseable salida. Por difícil que parezca. Y supongo y espero que testimonios como el que hoy se publica en este libro sirvan precisamente para ello.

Juan Luis Cebrián
Madrid, julio de 1982

Este es el prólogo (estupendo) que le puso Cebrián a uno de los grandes libros de periodismo del siglo XX, Técnica de un golpe de Estado, de José Luis Martín Prieto. Vergüenza que no se reedite, mientras se publican novedosas octavillas.

El Informe sobre la programación de la Corporació Catalana de Ràdio i Televisió que publicaron ayer El País y El Periódico es un documento histórico. No tiene ninguna importancia que se haya hecho público para intentar el sabotaje del acercamiento entre socialistas y convergentes. Ni que el gobierno tripartito haya dado hasta ahora muy pocas pruebas de su voluntad de limpiar y ventilar las oficinas pujolistas, en especial ese Archivo Central del Departamento de Presidencia donde el documento reposaba y que, probablemente, debe de guardar pruebas de un calado semejante. Lo importante es hasta qué punto prueba la aseveración tarradellista sobre el pujolismo como dictadura blanca. En primer lugar, el léxico: quintacolumnista, col·aboracionista, botifler. Un léxico de guerra y de patria. No el léxico dispuesto para los enemigos, sino para los traidores. Un léxico de las pozas del franquismo, que prueba que su redactor lo vivió y lo aprendió: de un periodista se dice que es “gat vell” y que va propagando “el seu verí”. Un léxico estalinista, al mismo tiempo: “Tant de bo s’hagués fet una bona purga per poder accedir a un treball en aquesta casa, ja que ara no hauríem de lamentar les errades que llavors es van cometre i que ara són irreparables”. “Una bona purga”, dice casi babeando el/la redactor/a del informe. Por cierto, apuesto a que lo escribió mano de mujer. No sólo porque son más malas. Este párrafo sobre la joven (entonces) Anna Lafau tiene acre perfume de mujer: “Molt jove i amb una falta de personalitat manifesta. De fet es deixa influir per les persones que té al seu costat i com a TV3 hi ha tants elements subversius…” Todavía en el léxico: el informe se lamenta que un invitado al programa se expresara en “andaluz.” ¿Es necesario analizar hasta qué punto es racista y clasista esta denominación, y cómo el problema no es, no ha sido nunca, el castellano, un castellano limpio y bien trabado y bien dicho, ante el cual se les abrirían, se les abren, indubitablemente, impeninablemente, ayer, hoy y por los siglos de los siglos, las carnes? Por último, el delirio orwelliano: un hombre que había declinado el santoral catalán en todas las posturas imaginables es el quintacolumnista, el colaboracionista y el traidor.

Comments are closed.

-->