21 de febrero de 2006
En alarmado editorial El Mundo revisaba ayer las posibilidades de acuerdo entre los terroristas y el gobierno. Y examinaba, sobre todo, las posibilidades del presidente del Gobierno de salir con bien del envite. Gran incredulidad. La incredulidad podía compartirse, desde luego. Más difícil era compartir algunos de los argumentos que la justificaban. Porque uno de ellos era que el presidente Zapatero no podría hacer con Ternera y el resto de líderes etarras las maniobras envolventes, los engaños y picardías, que había practicado con el líder convergente Artur Mas. El editorial venía a decir que Ternera and friends eran mucho más duros y listos. Esta es también una de las razones del aire de victoria con que, por épocas, se mueven los terroristas en los medios. Debe de estar basado en el prestigio fálico de la pistola, que debe extenderse hasta las aúreas regiones cerebrales. Lo que menos puede pensarse de un terrorista etarra es que disponga de una inteligencia superior a la media. Y, aun menos, superior a la media de un político democrático. Aceptada la mediocridad de Mas y de tantos otros, sólo faltaría que la práctica terrorista fuera ahora el reducto de la inteligencia política. No hay nada que lo pruebe, desde luego. El oficio al que se dedican prueba lo contrario: y la obsesión, el dogmatismo y la ausencia de escrúpulos no son buenos aliados del juicio. Los terroristas pueden tener alguna inteligencia, pero siempre juzgada en base 3: inservible para nuestra aritmética convencional. Todo el prestigio intelectual de los etarras nace de su clandestinidad, de las escasas posibilidades de oírlos en el espacio público, ensordecido siempre por sus bombazos. Una razón de que el terrorista se decida a dejarlo es que al fin el mundo va a ver cómo es. No es ninguna metáfora: aparece, y no sólo entre líneas, en muchos relatos de exterroristas. He contado alguna vez la impresión que me llevé la primera vez que escuché a Otegi por la radio: hablaba como un enlace sindical suplente. Verle luego en La pelota vasca contribuyó decisivamente a que me hiciera una idea muy cabal de la profundidad de su pensamiento sobre las vacas, los montes, internet y el aprendizaje de la lengua inglesa. El problema de Zapatero no es engañarlos. Es desarmarlos. El órgano de su inteligencia, gracias a un fallo evolutivo.




