6 de enero de 2006

Las televisiones y la prensa burguesa muestran las imágenes de los asesinillos del cajero. Está muy bien, francamente bien que lo hagan. Las imágenes más tremendas de nuestro siglo, el anterior y el próximo, las habrán filmado cámaras fijas. Como ayer con las imágenes de James Bulger cabe preguntarse de nuevo por la objetividad y por las convicciones que tenían esas cámaras. Ya se lo preguntarán. La cuestión, ahora, es por qué la prensa burguesa se atreve con estos veinte segundos. La sonrisa del asesinillo es nítida y difícilmente olvidable, y dado lo que vendrá luego contiene lo que vendrá luego. ¿Entonces? ¿Por qué esa gratuita exhibición de crueldad, máxime cuando no hay ninguna novedad, ninguna aportación reseñable al conocimiento de los hechos? Cierto, es la verdad y el periodismo se dedica a la verdad, aunque venda. Pero, vamos a ver. ¿Hubiera publicado la prensa burguesa estas imágenes de haber incluido, en vez de la sosegante elipsis cinematográfica del incendio en el cajero, y los asesinillos abandonándolo, el cuerpo consumiéndose de la mujer vagabunda? No. ¿Por qué? ¿Por demasiado cruel? No. Por asco. O sea que llámenle así a la causa de su tantas veces ponderada morigeración. Asco. Les dan asco los muertos, pero no los criminales.

No tiene razón Asencio cuando escribe a propósito de Sokal y Social Text: “Descubrir un delito provocándolo no es descubrir, es provocar”. No la tiene porque el texto de Sokal no se hizo pasar por otro. Ahí sigue. Sin una segunda naturaleza. La importancia de la acción es que su protagonista no tuvo que fingir. Los procesos de intenciones no tienen ninguna importancia. Mucho menos habrían de tenerla para los que decretaron la muerte del autor, señalando que todo es (y sólo es) texto. Pero la frase de Asencio es espléndida para que la memoricen los niños, cuando su redactor jefe los envíe a disfrazarse de lagarterana o mora muza, con el cochambroso objetivo de convertir un fact en un factoide.

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