4 de enero de 2006

E. no es la única que compara Science con Social Text a propósito de Hwang y Sokal. Se precipita, irreflexiva, la dislocada alegría de los místicos. No parecen comprender la distinción entre una estafa y una zurra aleccionadora. Como suele, se ocultan a sí mismos los datos y entre ellos este principal, emparedado entre preguntas: ¿Fue la redacción de Social Text la que descubrió la farsa de Sokal? Es más: ¿la ha descubierto ya? ¿Ha sido Hwang, empujado únicamente por su voluntad aleccionadora, el que ha confesado la estafa? ¿O bien han sido sus propios colegas los que en Corea y en otras partes del mundo acabron revelando su delito? Por cierto, esta última palabra: ¿alguien duda de la imposibilidad de procesar a Sokal?: ¿y a Hwang? Pero lo decisivo es lo que se sigue: la estafa de Hwang facilitará la clonación de células. Así pasa con todos los problemas, delictivos o no, que surgen en el proceso del conocimiento. Ahora bien: tengo la impresión de que el carácter sexuado de e=mc2 (creo que va así) desvelado por Luce Irigaray va a agotarse en sí mismo. Mis amables místicas cometen una pequeña pero trascendental desviación en sus analogías. No deberían haber comparado a Hwang con Sokal, sino a Hwang con Irigaray, Baudri, Derri et al. Ese encuadre, que a pesar de todo no altera la superioridad práctica de la estafa científicamente construida sobre la estafa poéticamente deslizada, es mucho más pertinente.

Esta es la afirmación más extraordinaria de Carme Ruscalleda, en la histórica entrevista que hoy presenta El Mundo: “Por fin al cocinero se le pregunta qué piensa”.

Hasta los propios caravaggios parecen copias. (Museu Nacional d’Art de Catalunya. Último día: 15 de enero)

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