27 de diciembre de 2005
Al final de un largo invierno leí el Painter, que con ese artículo (propio de diva) le llamábamos. Durante el año anterior habían caído uno detrás de otro, metódicamente, los volúmenes de la Recherche, en las inciertas traducciones de Salinas y Berges. Cuando acabé la biografía me dije, con mi habitual temperamento, que escribir la Recherche había valido la pena: ¡honor y larga vida a Proust, que había hecho posible su Painter! Mi fascinación por la biografía se había desencadenado a partir de las últimas e inolvidables palabras del prólogo: “También he recordado, tras un lapso de veintidós años, a R.B., y la profunda pregunta que ella me formuló: “¿Quién es Swann?”. Yo acaba de leer la Recherche y era también mi pregunta. Acabé muy rápidamente, demasiado rápidamente, tanto era el placer, los dos volúmenes de la biografía, en la edición de Alianza. Comprobé por vez primera cómo una vida declinaba en literatura, y hoy creo, como entonces, que no hay observación literaria más fascinante. Painter me pareció un hombre de cualidades sobrehumanas. Lo que ha dejado dicho, exactamente, una Sylvia Townsend Warner en la necrología de The Independent: “A kind of infra-red intelligence, invisible but powerful”. Infrarrojos, la luz del biógrafo. Con el Painter aprendí también el sentido profundo de la expresión, hoy aire de eslogan parfumer, “la aventura de una vida”. El biógrafo había conseguido dar fe de las vueltas de un hombre por su habitación, sin más sobresaltos que sus visitas a la portería o a los salones, arriesgándose por el París bajo cero. Esto había sido todo. Y, sin embargo, la tensión de su escritura era frecuentemente insoportable. El descubrimiento de la sonata de Vinteuil. Painter ha muerto el 8, en Sussex. Hasta hoy no trae un diario español pálida noticia de quién fue. Ni rastro en los diarios franceses. Escasísimo en los blogs. Internet no ve más allá de sus narices.
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Estas cifras (y esta esperanza) de Tertsch: “Si consideramos que el término Occidente aun es denominador común para Europa y Norteamérica es evidente que la grieta cultural crece. Cuenta Der Spiegel que mientras en Alemania sólo un 16% cree que Dios hizo al hombre tal como se describe en la Biblia, en EE UU es un 53% el que no le cree nada a Darwin. Y si en América sólo el 12% rechaza toda intervención de un ser divino en la existencia del mundo y la evolución del ser humano, en Alemania es el 46%. Lo cierto es que en la sociedad americana existe una actitud de negación a la ciencia, a Darwin, que causaría estragos al país y a sus intereses, si no conviviera con unas élites cuya visión del mundo es idéntica a la mayoritaria en Europa y cuyas decisiones se imponen desde la II Guerra Mundial en la investigación y la política internacional. Esperemos que siga siendo así.”


