26 de diciembre de 2005

Sartori/ La equiparación de políticos y periodistas. Aquejados del mismo mal: la sobreexposición mediática. “He conocido a muchos políticos, inteligentes y buenos, que treinta años después están quemados. No aguantan. Desde luego, el oficio de político es, objetivamente, muy duro; lo que pasa es que antes no había tanta televisión ni ellos tenían la manía de dar una entrevista cada día. Esta exposición a los medios, esta obligación que se crean de estar cada día delante de las cámaras, es lo que hace que al final estén quemados, que no les funcione ya la cabeza.” Tengo mis dudas. Dudas sobre el planteamiento general. Cada dos años, y alternándose Le Point, L’Express, Le Nouvel Observateur, Francia se pregunta Où sont les grands hommes? La melancolía me parece de perlas; siempre y cuando incluyan a Hitler y Stalin, y a Mussolini incluso, en el grupo. Les grands hommes. Entre 1914 y 1945 les grands hommes dejaron en el campo sesenta millones de muertos. Se les añora. Pero dudas, también, sobre el planteamiento particular. Los medios son una gimnasia excelente para los políticos. Está el género concreto de la entrevista. Se dice, desde el chisposo González Ruano, que es un género paradójico: el que la hace y el que la cobra no son la misma persona. Es gracioso. Pero, aunque la haga, la entrevista debe pagarla siempre el entrevistado. Se trata de un excelente banco de pruebas para las ideas. Se afinan unas y despuntan otras. A poco que el entrevistador se abstenga de hacer las preguntas inteligentes y se limite a balizar el discurso de su interlocutor, se pueden obtener beneficios intelectuales de las entrevistas. Incluso los puede obtener el entrevistador. Aunque tendría que escuchar.

Ignatieff 1/. Europa está perdiendo la batalla espiritual contra los islamistas. Los inmigrantes no ven a los suyos en la cúpula del poder y se refugian en sus ciudades imaginarias donde reina la paz y el confort de la violencia. Europa no sólo tiene que darles trabajo, sino también ideales. El reproche fundamental es que Europa les cura el hambre pero frena su integración en la élite. Un reproche prematuro. Las élites son animales lentos y la gran inmigración islámica en Europa muy reciente. Lo que seguramente teme plantearse Ignatieff, un liberal inteligente, es si las élites europeas debn practicar con los recién llegados una política de discriminación positiva. No digo que no. Si se hace con las lenguas y con las mujeres, ¿por qué no habría de hacerse con los negros?

Ignatieff 2/. De todos modos sorprende comprobar que nadie aluda nunca (como explicación entre explicaciones del terrorismo islámico) a la constatación cultural más dramática de los inmigrantes: la evidencia de que en Europa no hay dios.

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