12 de diciembre de 2005

El “ultraderechista” Pim Fortuyn, dice El País. El líder de “la extrema derecha” holandesa, repite. La manera usual de sacarse el muerto de encima. Basta raspar un poco en la remota actividad política y social holandesa para saber que Fortuyn no era, en modo alguno, un fascista. Ni siquiera un populista. Era un dandy ajeno a la regency, el equivalente a nuestro establishment y su autismo. En la asfixiante correctness holandesa, Fortuyn era una barroca extravagancia, partidaria de la felicidad. Fue coherente que lo matara un vegetariano, ya se verá que radical. Su lista se presentaba a las elecciones con pocas propuestas, muy concretas. Acabar con los atascos de tráfico, por ejemplo. O con los matrimonios de conveniencia de los inmigrantes, eso mismo sobre lo que va a legislar el ultraderechista gobierno de Francia. Lo que hizo Fortuyn, y lo que estuvo a punto de llevarle a ser primer ministro, fue poner en cuestión algunas presuntas verdades del canon sesentayochista, y hacerlo en el corazón de la antonomasia sixty. Pero, a mi juicio, lo más relevante de sus convicciones, y es una turbadora paradoja, fue que defendiera, hasta con fiereza, la libertad conquistada en Holanda y en Occidente. Llamarle ultraderechista es pisotear esa convicción y esa libertad. Lo realmente ultraderechista, y contra lo que Fortuyn luchó profundamente, es esta lengua con la que, descontado el ultraderechismo, se da hoy noticia del seguimiento al que fue sometido por los servicios secretos de su país. Los subrayados son muy míos. “Pero lo más interesante sería lo grabado sobre las escapadas [medítese de qué calor de hogar se escapaba Fortuyn] íntimas del ultraderechista Pim Fortuyn. El que fuera fundador del partido que lleva aún su nombre, Lista Pim Fortuyn, asesinado en 2002 por un ecologista radical, no ocultaba su homosexualidad. Es más, la aireaba en las tertulias televisivas para subrayar que las sociedades tolerantes podían asumir a los gays. Según De Vries, si bien la inclinación sexual del fallecido era pública, los servicios de espionaje poseían “datos muy comprometedores de sus encuentros con jovencitos marroquíes”. La única extrema derecha vigente: la neolengua y el doblepensar.

A veces uno es injusto con los suyos. Y hay que hacer notar, con esperanza, el evidente progreso moral de la juventud catalana cuando escribe “psicópata lerrouxista” sin considerarlo pleonasmo.

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