28 de noviembre de 2005

Tres notas vascas (II)

Hay víctimas en el País Vasco que ya perfilan su propuesta. Está bien, aceptaremos. A cambio, ellos deberán renunciar a la independencia. Es decir, el precio político deberán pagarlo ellos. En el planteamiento hay una incertidumbre: qué quiere decir “aceptaremos”. Todavía es una incertidumbre sin despejar. Están pensando, como todo el mundo, en alguna solución para los terroristas presos. Pero nadie, entre ellos, se atreve a dar sus límites. Comprendo esta postura de las víctimas. De hecho responde a una de las principales preocupaciones entre la decencia vasca: que el futuro no legitime de algún modo el asesinato y la violencia y que se exponga, por escrito, no sólo cuán crueles, sino también cuán inútiles fueron aquellos años. Pero, a mi modo de ver, se trata de un grave error moral. Las víctimas no deben negociar nada vinculado con el perdón, el olvido o cualquiera de las retorcidas formas de la política. Cualquier negociación de ese tipo es una afrenta incurable. En realidad: es la peor de las equidistancias: entre víctimas y verdugos. Las víctimas sólo pueden decir aquello tan justo y tan exacto de Ana Iribar ante el cadáver de su marido, Gregorio Ordóñez: “Sólo deseo la muerte para el que ha matado a mi marido y espero que se muera”. Donde matar y morir expresan perfectamente el abismo ontológico entre víctimas y verdugos. Las víctimas deben dedicarse a cuestiones sencillas. Sencillas. Dinero. Asistencia. Memoria. Y el cumplimiento de algunas medidas de carácter higiénico, que puedan atentar contra alguna periferia de los derechos individuales, pero que se expliquen en razón de la excepcionalidad vasca. Quiero decir que un asesino no puede abrir un negocio en los bajos del edificio de su víctima. Olvido, perdón, pacto… Quiá. Esa vergüenza indeleble debe quedar estrictamente en nuestras manos. Se trata de lo mínimo que podemos hacer. Por las víctimas.

Este gobierno Zapatero, que está haciendo de lo que ha llamado memoria histórica uno de sus fundamentos, tiene ahora la ocasión magnífica de rodarse con algo más modesto. La memoria, simplemente. La memoria de las víctimas del terrorismo. Para que no cunda esa sospecha, tan habitual respecto a algunos valientes, muy libres y muy claros y muy áticos ante conflictos que suceden a miles de kilómetros de sus cabezas y muy prudentes, muy respetuosos y muy equidistantes ante las humillaciones próximas.

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